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Vengan a trabajar a mi viña – Dom 25º durante el año

 

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El evangelio de hoy nos invita a llenarnos de admiración ante la bondad del Padre y su amor por todos los hombres.  Nos quiere a todos trabajando en su viña; incluso a los que han perdido el tiempo en su vida y llegan, casi, demasiado tarde.


En primer lugar el evangelio de hoy nos invita a llenarnos de admiración ante la bondad del Padre y su amor por todos los hombres. En efecto, los quiere a todos trabajando en su viña; incluso a los que han perdido el tiempo en su vida y llegan, casi, demasiado tarde. Y esta bondad no atenta contra la justicia, aunque la supera. La justicia mira el mérito y paga a cada unos según sus obras. La bondad está más atenta a la necesidad del hombre por lo que le concede aún lo que no se merece, lo que no se ha ganado.

Jesús con esta parábola nos revela el rostro misericordioso del Padre, al igual que en la del hijo pródigo (cf. Lc 15). En este sentido todos necesitamos de la bondad y misericordia de Dios. Esta fue justamente la enseñanza que Dios transmitió por medio de los profetas, por ejemplo por medio del segundo Isaías que leemos hoy, y que sólo la aprendieron los de corazón humilde, “los pobres de Yavé”. A través de la dura prueba del exilio ellos aprendieron que lo único absoluto es Dios, Su Bondad y Su Fidelidad. También aprendieron a reconocer que nuestros méritos y nuestros mismos pecados son relativos. Los primeros son insuficientes para alcanzar a Dios, y los segundos no bastan para impedir la obra de Dios. Nuestra dependencia de Él es total. Estamos “a merced de su gracia”. Sólo Dios es Dios, el sólo término de nuestra fe, objeto de nuestro amor y motivo de nuestra esperanza. Y por ello hay que aceptar que sus caminos no son tal y como los imaginamos pues Él obra al modo divino y nosotros pensamos y calculamos al modo humano (primera lectura).

En segundo lugar el evangelio nos llama la atención sobre el peligro latente del “ojo malo”, el que tiene una mirada estrecha sobre el obrar de Dios queriendo confinarlo a sus propios criterios o esquemas mentales. Ante esto la primera lectura nos recuerda cuan lejos están nuestros pensamientos y criterios de los pensamientos y criterios de Dios. De aquí la necesidad de la conversión como cambio de mentalidad, de búsqueda apasionada de Dios para comulgar con su mirada, con sus valoraciones. A su vez el “ojo malo” refleja un corazón dominado por una mezcla de avaricia y envidia. Es bueno repasar algunas cosas que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre la envidia (nros. 2538-2540):

“La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. San Agustín veía en la envidia el ‘pecado diabólico por excelencia’ (catech. 4,8). ‘De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad’ (S. Gregorio Magno, mor. 31, 45). La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad. “¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado -se dirá – porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros” (S. Juan Crisóstomo, hom. in Rom. 7, 3).

En tercer lugar el evangelio de hoy deja muy en claro que “Dios llama a todos y llama a todas las horas. Hay una llamada universal a trabajar en la viña del Señor ¡también para los laicos!”[1]. El Papa Juan Pablo II en Christifidelis laicis se inspiró en esta parábola para referirse a la llamada de los fieles laicos a participar activamente en la misión de la Iglesia: “Los fieles pertenecen a ese pueblo de Dios que está prefigurado por los obreros de la viña… Id también vosotros a mi viña. La llamada no se dirige solo a los pastores, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, sino que se extiende a todos. También los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor. Lo recuerda San Gregorio Magno quien, predicando al pueblo, comenta de este modo la parábola de los obreros de la viña: “Fijaos en vuestro modo de vivir, queridísimos hermanos, y comprobad si ya sois obreros del Señor. Examine cada uno lo que hace y considere si trabaja en la viña del Señor”… No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera en la viña del Señor. El “dueño de casa” repite con más fuerza su invitación: “Id vosotros también a mi viña” (nros.1-3).

Este compromiso apostólico del laico ha sido reafirmado con fuerza en Aparecida:

“Hoy, toda la Iglesia en América Latina y El Caribe quiere ponerse en estado de misión. La evangelización del continente, nos decía el papa Juan Pablo II, no puede realizarse hoy sin la colaboración de los fieles laicos. Ellos han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad. Esto exige, de parte de los pastores, una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el “ser” y el “hacer” del laico en la Iglesia, quien por su bautismo y su confirmación, es discípulo y misionero de Jesucristo. En otras palabras, es necesario que el laico sea tenido muy en cuenta con un espíritu de comunión y participación” (D. A. nº 213).

Sobre la vocación y participación de los laicos en la misión de la Iglesia dice el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “Cuando más necesitamos un dinamismo misionero que lleve sal y luz al mundo, muchos laicos sienten el temor de que alguien les invite a realizar alguna tarea apostólica, y tratan de escapar de cualquier compromiso que les pueda quitar su tiempo libre. Hoy se ha vuelto muy difícil, por ejemplo, conseguir catequistas capacitados para las parroquias y que perseveren en la tarea durante varios años. Pero algo semejante sucede con los sacerdotes, que cuidan con obsesión su tiempo personal. Esto frecuentemente se debe a que las personas necesitan imperiosamente preservar sus espacios de autonomía, como si una tarea evangelizadora fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecundos. Algunos se resisten a probar hasta el fondo el gusto de la misión y quedan sumidos en una acedia paralizante” (n° 81).

“Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones. Si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad. La formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante” (n° 102).

[1] R. Cantalamessa, Echad las redes. Reflexiones sobre los Evangelios. Ciclo A (EDICEP; Madrid 2003) 311.

 

Reflexión del P. Damián Nannini

Para quien pueda leer un poco más

Comentario bíblico del mismo padre Nannini:

Primera lectura (Is 55,6-9)

El capítulo 55 de Isaías cierra la segunda parte de su profecía conocida como deuteroisaías. Se trata de un oráculo de restauración que anuncia el regreso de los deportados a Jerusalén. Por su parte, la unidad literaria de Is 55,6-11 comienza con una invitación del profeta a buscar a Dios, a volverse a Él, pues está dispuesto a perdonar a quien se convierte (55,6-7). Luego siguen dos afirmaciones teológicas fuertes que, al parecer, buscan responder a las objeciones o resistencias internas de los exiliados israelitas: “Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo se alza por encima de la tierra, así sobrepasan mis caminos y mis pensamientos a los caminos y a los pensamientos de ustedes” (55,8-9). Para comprender mejor estar expresiones debemos tener en cuenta que después de tantos años de exilio la fe los israelitas se había enfriado y ahora se resistían a aceptar la novedad del perdón Divino e, incluso, piden señales para creer (cf. Is 40,27; 45,11; 49,14-16). A esto hay que sumarle que se presenta a Ciro, rey de persa, como el ungido del Señor e instrumento suyo para liberar a su pueblo (cf. 41,2; 44,28; 45,1-4; 48,12-15). Es muy posible que este anuncio de ser liberados por un gentil, un pagano como Ciro, haya generado resistencia entre los exiliados. En el fondo esta resistencia supone querer poner límites al obrar de Dios rechazando todo aquello que no entra en los propios esquemas mentales. Por eso el Señor, a través del profeta, les recuerda el abismo que separa nuestra pobre comprensión de la realidad de los designios del Señor y de sus caminos.

Segunda lectura (Flp 1,20-26) 

Este texto pone particularmente de manifiesto la tensión escatológica de la fe en Cristo de Pablo por cuanto, si bien la experiencia de su conversión o vocación fue muy fuerte, este encuentro con Cristo no es todavía lo pleno y definitivo. El Señor, que se le apareció camino a Damasco, es Jesús Resucitado que está junto al Padre. Desde allí vendrá y Pablo vive esperándolo. Y como se demora, entonces Pablo suspira por alcanzarlo después de su muerte. Vale decir que la experiencia de Damasco lo abrió a una esperanza viva, a un ardiente deseo de estar con Cristo. Ahora bien, al mismo tiempo siente fuertemente su ardor misionero, su pasión por la evangelización y su responsabilidad paterna sobre la comunidad de Filipos fundada por él mismo. De aquí su lucha o división interior entre su deseo de estar con Cristo, que es lo mejor, y la necesidad de seguir acompañando a los Filipenses en su crecimiento en la fe. Al final su certeza es que “el cielo puede esperar”.

 

Evangelio (Mt 19, 30-20,16)

Jesús cuenta una historia que ilustra lo que es el Reino de los cielos y en la cual describe una situación que debiera ser familiar a sus oyentes. En efecto, era común por aquella época que los propietarios de haciendas contrataran en la plaza a los operarios por el día o jornal, de aquí la denominación de jornaleros. Según el relato un propietario, de madrugada, cierra un acuerdo laboral con los jornaleros: un denario por el día para que vayan a trabajar en su viña. Vuelve a ir a la plaza a media mañana (hora de tercia) y contrata a otro grupo; pero no se especifica el monto del pago, sólo les dice que les pagará lo que sea justo. Al parecer hasta aquí esta actitud del propietario no sorprendería a los oyentes. Lo llamativo es que vuelve a salir dos veces más, a mediodía y a media tarde (horas sexta y nona), para contratar más operarios. Y mucho más extraña es la última salida, al caer de la tarde (hora undécima) cuando casi ya no hay luz para seguir trabajando. Sin embargo, el propietario los manda igualmente a trabajar a su viña.

Con la clara intención de crear suspenso narrativo, nos dice la parábola que el propietario mandó que se pague el jornal comenzando por los últimos y terminando por los primeros. Entonces los que trabajaron sólo una hora cobran lo correspondiente al día completo. Era de esperar, según la lógica humana de la retribución, que los primeros en ser contratados y que trabajaron todo el día reciban, proporcionalmente, un salario mayor. Sin embargo reciben lo acordado: un denario. Esto origina la murmuración y la queja de los mismos. El propietario se defiende diciendo que no ha sido injusto en sentido absoluto, por cuanto ha pagado lo convenido; más bien ha sido bondadoso con los últimos. Y esta bondad es la que se juzga desfavorablemente. El texto griego habla literalmente del “ojo malo” de los murmuradores con que miran esta actitud del propietario. En Mt 6,23 se habla también de este “ojo malo o enfermo” que expresa metafóricamente la actitud de avaricia o de envidia.

En conclusión, esta parábola del Reino de los cielos quiere, en primer lugar, poner de relieve la bondad de Dios. Lo expresa claramente A. Rodríguez en su comentario: “Enmarcada por la doble repetición de la afirmación de que “los últimos serán los primeros y los primeros últimos”, la parábola subraya la bondad de Dios y el carácter gratuito de su don, cosa que comprenden los “pequeños”, pero no los fariseos… Mateo está pensando en lo que sucede en su tiempo, en que los “últimos”, los gentiles, vienen a la Iglesia y se convierten en los “primeros”[1].

De modo semejante opina H. U. von Balthasar: “En la parábola de los jornaleros de la viña hay que tener muy en cuenta lo que realmente se quiere mostrar: que Dios en su libre bondad puede muy bien superar la medida de la justicia distributiva y que de hecho lo hace continuamente”[2].

Pero al mismo tiempo la parábola denuncia lo incorrecto de la actitud de los fariseos que cuestionan a Dios tratándolo de injusto. Si el pago de los jornaleros se hubiera narrado comenzando por los primeros y terminando con los últimos se resaltaría únicamente la bondad y generosidad del propietario. En cambio al invertir el orden de la cobranza queda de manifiesto la murmuración o disconformidad de los israelitas ante la bondad de Dios que ofrece también a los paganos, a los no judíos, la participación en el Reino de los cielos.

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento la murmuración se origina ante la incomprensión del obrar de Dios. En esta parábola es por su exceso de bondad; en otros casos por la predilección de Jesús por los pecadores ante lo cual murmuran escribas y fariseos (cf. Lc 5,30; 15,2; 19,7). Vale decir que la murmuración es la reacción de los hombres cuando Dios obra más allá y diversamente de las categorías y expectativas humanas. Lo contrario es la fe como escucha y obediencia, aceptando confiadamente lo que no vemos ni entendemos. En el fondo se trata de ‘dejar a Dios ser Dios’, actitud que se alcanza con la adoración.

Ahora bien, no sería correcto que la interpretación de esta parábola nos lleve a caer en la trampa de contraponer de modo excluyente la justicia y la bondad de Dios. Nos lo aclara muy bien U. Luz[3]: “La bondad y la justicia de Dios no se contraponen antitéticamente. El relato habla, más bien, del milagro de la bondad de un agricultor que cumple con todas las exigencias de la justicia […] La parábola va, sobre todo, contra los intentos humanos de ligar la justicia y bondad de Dios de tal manera que lo uno pasa a ser la medida de lo otro. Entonces, o Dios no puede ser ya bondadoso, porque eso no permite aplicar el principio de la justicia, o tiene que ser bondadoso para todos, porque todos pueden apelar a la bondad por el principio de igualdad. La parábola apunta, así, a la libertad de Dios para ser bondadoso. No sustituye el sistema de valores de la justicia, que da a cada cual su merecido, por un nuevo sistema de bondad inmerecida, sino que el sistema de valores vigente queda “alterado” con la aparición del amor de Dios y pierde su mortífera validez general”.

[1] A. Rodríguez Carmona, Evangelio de Mateo (DDB; Bilbao 2006) 177.

[2] Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1994) 105.

[3] El Evangelio según San Mateo vol. III (Sígueme; Salamanca 2003) 204.

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