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Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

El amor del Padre. La fuente del amor que lleva al Hijo a entregarse y que da sentido a su pasión es el Padre. “En efecto, la Cruz no es sólo la historia del Hijo: éste es entregado a la muerte por Dios, Su Padre. Es Él quien tiene entre los brazos el madero de la vergüenza; el árbol del abandono. Dios no es imperturbable. Él sufre por amor nuestro.” s. Juan Pablo II
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(Cruz gloriosa en trono – Ábside de la Basílica de San Pablo extramuros – Roma)
“La fiesta de la exaltación de la Cruz es tan importante que interrumpe el normal ciclo de los domingos y para nuestros hermanos, los cristianos de Oriente, es más importante todavía, es prácticamente una segunda Pascua. La fiesta se originó entre ellos, en Jerusalén, para recordar la consagración de la basílica del Santo Sepulcro en el año 335, en la cual se veneraba el leño, que según venerable tradición, era el de la cruz de Jesús. Cuando en el 630 el emperador Heraclio logró recuperarlo, derrotando a los persas que lo habían sustraído, al recuerdo de la consagración se agregó el de su feliz recuperación. A partir de entonces la fiesta se extendió a la Iglesia latina. A nosotros, los cristianos del hemisferio sur, esta fiesta que cae en las puertas de nuestra primavera, nos brinda una excelente oportunidad de celebrar esta segunda Pascua en un momento en el que la vida rebrota con toda su fuerza y como que ‘resucita’…” (Max Alexander).

 

Primera lectura (Num 21,4b-9) 
            El camino de Israel por el desierto es un camino de pruebas porque surgen las necesidades primarias, el hambre y la sed, ante la carencia de pan y de agua. Esta lectura nos narra uno de estos episodios de “crisis” del pueblo que murmura contra Yavé y contra Moisés acusándolos de haberlos llevado al desierto para hacerlos morir: “¿Por qué nos hicieron salir de Egipto para hacernos morir en el desierto? ¡Aquí no hay pan ni agua, y ya estamos hartos de esta comida miserable!” (Nm 21,5). Entonces Dios castigó esta rebelión enviando unas “serpientes abrasadoras”, expresión que puede hacer alusión a que las víboras tenían color rojizo; o al hecho de que el ardor de sus mordeduras quemaba. Y muchos mueren a consecuencia de las mordeduras. Cuando el pueblo se arrepiente y confiesa su pecado, Dios manda a Moisés: “Hazte una serpiente abrasadora y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y la mire, vivirá. Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un asta. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba curado” (Nm 21,8-9).
El mensaje sería que en el gesto de mirar a la serpiente de bronce se experimentaba la eficacia de la salvación que Dios ofrece a quien reconoce su pecado y tiene fe en él. Así lo entendió, al menos, el libro de la Sabiduría pues comentando este hecho dice: “A manera de advertencia, fueron atribulados por poco tiempo, teniendo ya una prenda de salvación para que recordaran el mandamiento de tu Ley; en efecto, aquel que se volvía hacia ella era salvado, no por lo que contemplaba, sino por ti, el Salvador de todos. Así demostraste a nuestros enemigos que eres tú el que libra de todo mal: ellos murieron por la picadura de langostas y moscas, y no se podía encontrar un remedio para sus vidas, porque merecían ser castigados por esos animales. Pero contra tus hijos, ni siquiera pudieron los dientes de las serpientes venenosas, porque tu misericordia vino a su encuentro y los sanó” (Sab 16,6-10).
Segunda lectura (Flp 2,6-11)
        Este texto nos brinda una mirada integral del misterio de Cristo presentándolo, en categorías espaciales, como un doble movimiento: primero descendente (vv. 6-8) y luego ascendente (9-11).
El primer momento, el descendente, comienza con la expresión: ‘existiendo en condición de Dios’ (6a) lo que supone una percepción profunda de las relaciones únicas y exclusivas de Jesús con Dios. Este movimiento descendente está caracterizado por dos acciones de Cristo: ‘se vació de sí mismo’ y ‘se humilló’ que expresan las dos fases de un único abajamiento progresivo.
El vaciamiento o kénosis es el primer paso de la ‘condición de Dios’ a la ‘condición de esclavo o siervo’ (vv. 6-7). A la luz de esta contraposición entre la condición divina y la condición de esclavo se comprende que la kénosis de Cristo consiste en que Él durante su vida terrena no quiso manifestarse con la gloria propia de Dios, sino como siervo, privado de toda dignidad, autoridad y poder; se dedicó completamente al humilde servicio de los demás, como un esclavo.
            La humillación, el segundo paso, es “aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (v. 8). Esta autohumillación de Jesús consiste en una total negación de sí mismo por la obediencia al Padre. Es la obediencia extrema, hasta el fin, equivalente al amor extremo de Jn 13,1. Es la contracara de la desobediencia de Adán (Gn 3) que debe ser reparada por la obediencia filial.
La descripción de este movimiento descendente de Jesús revela una comprensión unitaria de las opciones fundamentales realizadas por El a lo largo de su vida terrena.
En la segunda parte tenemos el movimiento ascendente, que implica un cambio del sujeto de los verbos, pues es Dios, el Padre, quien obra la exaltación y la donación “del Nombre que está sobre todo nombre” (v. 9). Luego se presenta la intención o motivación de esta exaltación de Jesús por parte de Dios: que todos lo adoren y lo proclamen como el Señor.
El movimiento de exaltación tiene su cumbre en la donación del nombre hecha por Dios a Jesús; y este nombre de Señor (Ku,rioj) comprende el señorío universal que el AT reconocía a Yavé y, por tanto, los actos de adoración y confesión que le brindan a Jesús todas las criaturas, incluidas las celestiales, son justificados y hasta exigidos. Y todo esto, en fin, es para ‘gloria de Dios Padre’ (11c).
 
 
 Evangelio (Jn 3,13-17)
            También el evangelio comienza hablando del doble movimiento ascendente y descendente. En concreto Jesús dice que sólo Él, quien descendiódel cielo, puede subir allí y permanecer allí. Y a continuación hace referencia a su pasión como una exaltación.
            Ahora bien, el texto de este domingo hay que interpretarlo teniendo en cuenta que tiene como trasfondo el relato de Nm 21,4-9, primera lectura de hoy. El Tárgum de Nm 21,4-9 combina este texto con Gn 3,1 y entonces queda acentuada la ambigüedad o ambivalencia de la serpiente: por un lado las “serpientes abrasadoras” son una expresión de la serpiente original, causante del pecado del hombre; por otro la “serpiente de bronce” es benéfica para el pueblo y símbolo de la voluntad salvífica de Dios. Y esto pasa al cuarto evangelio donde la ambigüedad del símbolo de la serpiente sirve para expresar la doble faceta del misterio pascual: una negativa, la muerte; otra positiva, la resurrección. La muerte está asociada al pecado, al triunfo del mal y de la serpiente originaria. Pero a esta negatividad le sucede el triunfo de la vida mediante la exaltación o elevación en la cruz. La serpiente levantada en alto vence a las serpientes abrasadoras. Jesús, al ser alzado en la cruz, vence a la serpiente de los orígenes[1]. Y así como los que miraban la serpiente de bronce quedaban curados, ahora los que “creen” en Cristo crucificado como expresión suprema del amor de Dios tienen vida eterna.
Por tanto, el evangelio nos enseña que la salvación nos viene por la entrega del Hijo en la cruz y que es obra de Dios que “tanto amó al mundo”.
            En efecto, correspondía a Dios hacer justicia castigando el pecado de los hombres; pero en lugar de hacer esto ofrece la vida de su Hijo, que es su misma vida, a cambio del pecado.
La cruz con Cristo, mirada con fe, nos descubre el sublime amor de Dios y su realidad paterna: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16).
Pero también este texto de Jn 3,16 nos revela algo muy importante y que a veces se ha descuidado: el amor del Padre. La fuente del amor que lleva al Hijo a entregarse y que da sentido a su pasión es el Padre. “En efecto, la Cruz no es sólo la historia del Hijo: éste es entregado a la muerte por Dios, Su Padre. Es Él quien tiene entre los brazos el madero de la vergüenza; el árbol del abandono. Dios no es imperturbable. Él sufre por amor nuestro. Es el Dios que Juan Pablo II en la EncíclicaDominun et vivificantem, muestra como el Padre que es capaz de ejercer un infinito amor, justamente porque es capaz de tener un infinito dolor”[2].
 
Algunas reflexiones:
Celebrar una fiesta a la exaltación de la cruz es un hecho que tiene que puede herir nuestra sensibilidad humana. Sólo desde la mirada de Dios, podemos comprender algo de este misterio central de nuestra fe[3]. No es algo que podemos dejar de lado. Negar u ocultar la cruz no es más que un engaño temporal. Pero importa notar que no se trata de la cruz desnuda y seca, sino que es a Cristo crucificado a quien exaltamos y festejamos porque ha sido el mismo Padre quien lo exaltó y glorificó.
Las tres lecturas nos invitan a mirar la obra de Dios, lo que Dios hace y cómo lo hace. En la primera lectura vemos la infidelidad del pueblo, su pecado de desconfianza y murmuración, que recibe un justo castigo por parte de Dios. Pero al mismo tiempo con una imagen de aquello mismo con que castiga concede la salvación a su pueblo.
La segunda lectura nos ofrece una mirada integradora de la obra de Jesús y del Padre. El movimiento voluntario de despojamiento y obediencia filial extrema de Jesús y la consiguiente elevación que, por esto mismo, le concede el Padre.
El evangelio, por su parte, nos invita a mirar-creer en el Hijo levantado en la cruz, causa de nuestra salvación eterna y manifestación extrema del amor del Padre. Vemos entonces que en la cruz de Cristo, o mejor en Cristo crucificado y exaltado, se conjugan el castigo por el pecado y el perdón de Dios, la justicia y la misericordia divinas. Al respecto hay una frase muy profunda de Juan Pablo II:  “La redención del mundo – ese misterio tremendo del amor, en el que la creación es renovada – es en su raíz más profunda ‘la plenitud de la justicia en un corazón humano’: en el corazón del Hijo Primogénito, para que pueda hacerse justicia de los corazones de muchos hombres, los cuales, precisamente en el Hijo Primogénito, han sido predestinados desde la eternidad a ser hijos de Dios y llamados a la gracia, llamados al amor. La cruz sobre el calvario, por medio de la cual Jesucristo deja este mundo, es al mismo tiempo una nueva manifestación de la eterna paternidad de Dios, el cual se acerca de nuevo en El a la humanidad, a todo hombre, dándole el tres veces santo ‘Espíritu de verdad'”, (Redemptor Hominis n° 9).
Según Jn 3,16 el Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para que el hombre no muera, sino que tenga la vida eterna. Este texto, sobre el cual medita mucho Juan Pablo II en Salvifici Doloris, señala claramente que es el amor lo que motiva la entrega del Hijo, la propia entrega de Jesús en su pasión. Vale decir que el amor asume la cruz como forma sublime de expresión: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13).
Así el amor da sentido a la cruz, la orienta en la entrega en favor de los demás, la vuelve redentora. La cruz, signo de maldición y de muerte, es transformada en medio de vida y fecundidad: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).
Ahora bien, este doble movimiento, descendente y ascendente, es el mismo ritmo propio de toda la vida cristiana donde la cruz tiene su lugar.
Aparentemente uno se inclinaría por afirmar que el movimiento descendente es protagonizado por sólo Dios y que el ascendente nos incluye a nosotros. Pero en realidad nos corresponde tanto el descendente como el ascendente. Porque debemos descender hasta nuestro propio infierno o abismo y allí aceptar nuestra condición pecadora y la redención de Cristo. Allí, en lo más profundo, donde la misericordia de Dios y la miseria del hombre se encuentran cara a cara y se besan.
Este es el camino de la humildad. Es único, pues no hay otro que nos lleve hasta Dios. Por eso se ha considerado a esta virtud junto a la fe, esperanza y caridad, casi como una cuarta virtud teologal. Y esto sólo puede lograrse si se acepta el camino de la cruz, el camino del vaciamiento de sí mismo, de la humillación, de la obediencia filial…En fin, se trata, como diría San Pablo, de dejarse crucificar con Cristo, para ser glorificado con Él.
Qué difícil se nos hace aceptar la cruz, encontrarle sentido. Pero cuanta fecundidad brota de esta maduración exquisita de la vida cristiana como lo testimonia la vida de tantos hombres de Dios. Uno de ellos, el Card. Pironio, escribió en su testamento: “¡Magnificat! Agradezco al Señor el privilegio de su cruz. Me siento felicísimo de haber sufrido mucho. Sólo me duele no haber sufrido bien y no haber saboreado siempre en silencio mi cruz”.
      Cerremos estas reflexiones con algunos pensamientos del Papa Francisco sobre la cruz:
La fe siempre conserva un aspecto de cruz, alguna oscuridad que no le quita la firmeza de su adhesión. Hay cosas que sólo se comprenden y valoran desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos. Por ello, cabe recordar que todo adoctrinamiento ha de situarse en la actitud evangelizadora que despierte la adhesión del corazón con la cercanía, el amor y el testimonio (EG nº 42).
El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal. El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica (EG nº 85)
La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo que marcó toda su existencia. Cautivados por ese modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás. Pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad (EG nº 269).

P. Damián Nannini

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