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Hijo, ve a trabajar a mi viña – Dom 26º Durante el Año

 

20140924082103-parabola-de-los-dos-hijos-enviados-a-la-vinaEn la parábola de hoy el acento está puesto en la respuesta de los hijos ante el mandato del padre. Por tanto, nos invita a considerar, no ya la retribución divina, sino la responsabilidad humana. Más aún, digamos que hay que aprender a considerarlas juntas; a mantener estos dos aspectos esenciales de nuestra relación con Dios.

del P. Damián Nannini

Reflexión

La parábola del domingo pasado ponía su acento en la actitud del propietario de la viña a la hora de retribuir a sus trabajadores resaltando su bondad que superaba los méritos de los hombres, o sea, la estricta justicia humana. En la parábola de hoy el acento está puesto en la respuesta de los hijos ante el mandato del padre. Por tanto, nos invita a considerar, no ya la retribución divina, sino la responsabilidad humana. Más aún, digamos que hay que aprender a considerarlas juntas; a mantener estos dos aspectos esenciales de nuestra relación con Dios.

En cuanto a nuestra responsabilidad de cara a Dios, es decir, a nuestra respuesta a su llamada a la fe y a la vida cristiana, la parábola de hoy, a la luz de todo el evangelio de Mateo, nos transmite dos enseñanzas. En primer lugar que una conversión, aunque sea tardía, agrada al Padre mucho más que la actitud de quienes piensan que no tienen necesidad alguna de conversión, como el caso de escribas y fariseos. Recordemos que Jesús ya había dicho “no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,12). Y en segundo lugar que lo que valen son los hechos, las acciones, y no las meras palabras o declamaciones; el hacer y no el mero decir. Recordemos aquí otras palabras de Jesús “No el que me dice Señor, Señor entrará en el Reino de los cielos sino el que cumple la voluntad del Padre” (Mt 7,21)[4].

Posiblemente debido a la situación particular de su comunidad, Mateo acentúa el aspecto moral de la enseñanza de Jesús insistiendo en la necesidad de practicar la justicia, de poner en práctica las enseñanzas, de dar frutos buenos. Y por esto mismo combate la falsa seguridad de los dirigentes de Israel, y también de los cristianos.

En este sentido tanto la primera lectura como el evangelio de hoy nos presentan la “reversibilidad” de nuestras opciones fundamentales, para bien o para mal. Hoy hablaríamos del riesgo de nuestra libertad. En efecto, “la predicación de Jesús provoca en cada uno una decisión de la que depende su propia suerte en el juicio de Dios, un juicio que no debemos esperar sólo al final de los tiempos, sino que obra ya en la historia, momento a momento: quien acoge el Evangelio camina por la vía de la salvación; el que lo rechaza de manera obstinada se encamina hacia la perdición”[5].

Esto vale para nosotros, en primer lugar; pero también en relación a los otros, a quienes no hay que apresurarse a condenar, como nos sugiere magistralmente San Agustín[6]: “La tierra entera está llena de juicios temerarios. En efecto, aquel de quien desesperábamos, en el momento menos pensado, súbitamente se convierte y llega a ser el mejor de todos. Aquel, en cambio, en quien tanto habíamos confiado, en el momento menos pensado, cae súbitamente y se convierte en el peor de todos. Ni nuestro temor es constante ni nuestro amor indefectible”.

Por tanto, una conciencia clara y valiente de nuestra fragilidad, que no es otra cosa que la humildad, sería la primera gracia a pedir ante la meditación de la Palabra de Dios de hoy. Junto a esto pedir también el ser coherentes con nuestra fe, que nuestras obras concuerden con nuestras palabras, pues como decía San Ignacio de Antioquia: “Es mejor ser cristiano sin decirlo, que decirlo sin serlo”.

La otra gracia a pedir diariamente es la perseverancia en el bien. Algunos autores espirituales hablan de vivir en un estado de “conversión permanente“. Pero la expresión ha encontrado rechazo por cuanto se prefiere reservar el término conversión para momentos fundamentales de la vida del creyente. Así se suele hablar de primera y de segunda conversión7]. Tal vez sea más feliz hablar de “conversión sostenida“, es decir, pedir la gracia de mantenernos siempre en el camino de la escucha y la obediencia a la Palabra de Dios; en el camino del seguimiento fiel del Señor. Que siempre podamos decir “sí, voy” y en verdad vayamos. Y si por caso dijimos “no quiero”, todavía hay tiempo de arrepentirse y “cumplir la voluntad del padre”. No será perfecta, pero es obediencia al fin.

 

Comentario

 

Primera lectura (Ez 18,24-28)

Es necesario ubicar este texto en su contexto mayor del capítulo 18. En el v. 2 se cita una palabra de los israelitas exiliados quienes repiten un refrán para cuestionar a Dios porque los hijos pagan por el pecado de sus padres: “¿Por qué andan repitiendo este refrán en la tierra de Israel: “Los padres comieron uva verde, y los hijos sufren la dentera”?”. Este cuestionamiento constituye la trama del capítulo pues vuelve a encontrarse en los vv. 19. 25 y 29. Ahora bien, este refrán se inspira en la misma Escritura por cuanto según el libro del Éxodo, Dios castiga el pecado de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación (Ex 20, 5). Pero no parece justo que los descendientes paguen por la culpa de sus antepasados. En esta encrucijada tenemos un verdadero progreso en la concepción de la justicia de Dios, o mejor, en la doctrina de la retribución divina por cuanto se revela claramente que cada uno recibirá de Dios conforme a sus obras (Jer 31, 29-30; Ez 18, 2-3).

En este capítulo 18 de Ezequiel se subraya fuertemente la responsabilidad individual o personal. Pero vale aclarar que nunca se olvida la dimensión comunitaria pues el individuo no se concibe separado de su pueblo. También hay que comprender lo que para Ezequiel quiere decir “vivir y morir”. No se trata tanto de la vida y muerte física, sino más bien de la comunión con Dios que da la vida; o de su abandono que no puede sino provocar la muerte.

Ahora bien, en Ezequiel este principio de la retribución individual es la contracara de la responsabilidad individual. Desde esta perspectiva dirige el profeta una palabra de advertencia a los que se sienten seguros con lo que han vivido recordándoles que no son suficientes las glorias del pasado sin una respuesta fiel a Dios en el presente. A su vez su palabra se vuelve una invitación a la conversión personal por cuanto los israelitas no deben considerarse condenados definitivamente por el pecado de sus padres. No hay tal determinismo moral, sino que es posible cambiar la propia historia y volverse hacia Dios. Al igual que en la situación anterior, importa más la respuesta actual a Dios que las obras del pasado. En síntesis, la persona con su libertad responsable y en el momento presente es, en último término, la que decide su futuro ante la justicia de Dios. Por tanto, la retribución Divina depende de la responsabilidad humana. Dios le permite al hombre elegir; más aún le permite rectificar si sus opciones han sido equivocadas. Mientras hay vida hay esperanza de conversión. Y también hay riesgo de condenación. Todo depende de lo que uno haga con su propia vida. Este es, justamente, el mensaje de la primera lectura de hoy.

 

Segunda lectura (Flp 2,1-11)

Este texto se encuentra en la subsección que abarca Flp 1,27-2,18 y que contiene una serie de exhortaciones referidas a la vida cotidiana de la comunidad de Filipos. Después de haber invitado a los fieles a luchar unidos por la causa del evangelio contra los adversarios externos (1,27-30); el Apóstol se dirige a la vida interna de la comunidad (2,1-4). Exhorta a los filipenses a “permanece bien unidos” (v. 2, literalmente “tener un mismo sentir”), expresión que Pablo usa con frecuencia en sus exhortaciones a la concordia[1]. La unidad o concordia de la comunidad se ve amenazada por dos vicios peligrosos como son la rivalidad y la vanagloria (v. 3), por ello les inculca la humildad que no busca la exaltación personal, sino que estima a los demás como superiores y busca el bien común renunciando a los intereses particulares. Como corolario invita a que sientan en ellos mismos lo que ha sentido Jesús (v.5); quien a continuación viene presentado en el himno cristológico como modelo de renuncia a sí mismo (vv. 6-11). Su sentido es que el modo propio de sentir de Cristo Jesús (su comportamiento concreto y vivido) debe ser la norma y principio del sentir cristiano.

El himno de Flp 2,6-11 representa una de las más antiguas y genuinas expresiones de la fe cristiana, rica en intuiciones cristológicas y con valiosos aportes doctrinales. Además nos brinda una mirada integral del misterio de Cristo presentándolo en categorías espaciales, como un doble movimiento: primero descendente y luego ascendente.

El primer momento, el descendente, está caracterizado por dos acciones: ‘se vació de sí mismo’ y ‘se humilló’ que expresan las dos fases de un único movimiento de abajamiento progresivo y revelan una comprensión unitaria de las opciones fundamentales realizadas por Jesús a lo largo de su vida terrena. El vaciamiento o kénosis es el primer paso de la ‘condición de Dios’ a la ‘condición de esclavo o siervo’ (vv. 6-7). A la luz de esta contraposición entre la condición divina y la de esclavo se comprende que la kénosis de Cristo consiste en que Él durante su vida terrena no quiso manifestarse con la gloria propia de Dios, sino como siervo, privado de toda dignidad, autoridad y poder; y dedicado completamente al humilde servicio de los demás, como un esclavo.

La humillación, el segundo paso, es “aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (v. 8). Esta autohumillación de Jesús consiste en una total negación de sí mismo por la obediencia al Padre. Es la obediencia extrema, hasta el fin, equivalente al amor extremo de Jn 13,1. Es la contracara de la desobediencia de Adán (Gn 3) que debe ser reparada por la obediencia filial.

En la segunda parte tenemos el movimiento ascendente, que implica un cambio del sujeto de los verbos, pues es Dios quien obra la exaltación. Y este movimiento de exaltación tiene su cumbre en la donación del nombre hecha por Dios a Jesús; y este nombre de Ku,riojcomprende el señorío universal que el AT reconocía a Yhwh y, por tanto, los actos de adoración y confesión que le brindan a Jesús todas las criaturas, incluidas las celestiales, son justificados y hasta exigidos. Luego se presenta la intención o motivación de esta exaltación de Jesús por parte de Dios: que todos lo adoren y lo proclamen como el Señor. Y todo esto, en fin es para ‘gloria de Dios Padre’ (11c).

Este doble movimiento, descendente y ascendente, es el mismo ritmo propio de la Eucaristía y de toda la vida cristiana.

 

 Evangelio (Mt 21, 28-32)

En los domingos 26°, 27° y 28° durante el año se leen tres parábolas que se refieren a la no aceptación por parte del pueblo judío, especialmente de sus dirigentes, de la persona y la predicación de Jesús; lo que motiva su exclusión del Reino de Dios. Importa aclararlo porque, desde el punto de vista histórico-crítico, el mensaje es similar en las tres parábolas, más allá de los matices propios de cada una de ellas.

Este texto de hoy está en clara continuación con el precedente (Mt 21,23-32) al punto que algunos comentarios lo analizan como una unidad literaria[2]. Jesús se encuentra enseñando en el templo y se le acercan los sumos sacerdotes y los ancianos del templo para preguntarle con qué autoridad hace esto (cf. Mt 21,23). Entonces Jesús les contesta preguntándoles su opinión acerca del origen del bautismo de Juan el Bautista. Los dirigentes judíos eluden la respuesta, ante lo cual Jesús le relata la parábola que leemos este domingo.

Notemos primero que Jesús comienza y termina el relato con una pregunta que sus oyentes deben contestar y de este modo quedan involucrados por el relato. Sigue la parábola dónde los personajes son un padre (un hombre dice el texto), dueño de una viña, y sus dos hijos. La acción comienza con el mandato del padre (u[page es imperativo) al primero de sus hijos para que vaya hoy a trabajar en la viña. La imagen de la viña (la misma de Mt 20,1-8 que leímos el domingo pasado) nos remite a Israel como pueblo elegido para concretizar el Reino de Dios. La respuesta inmediata del primer hijo fue un no rotundo: ¡no quiero! (Ouv qe,lw). Pero luego recapacita y va a la viña. El verbo utilizado, metamélomai, tiene el sentido de arrepentimiento o pesar. Mateo lo vuelve a utilizar, fuera de esta parábola, para describir el “remordimiento” que llevó a Judas a devolver las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos (cf. Mt 27,3). Por tanto, su sentido es de recapacitar por sentir remordimiento, culpa; y no tiene la carga teológica de metanoéō (convertirse).

El padre de la parábola le dice lo mismo a su segundo hijo y recibe una inmediata respuesta positiva. Pero se queda en las palabras y no pasa a los hechos: “pero no fue”.

Ante esta breve historia Jesús pregunta a sus oyentes sobre cuál de los dos hijos cumplió la voluntad del padre. No cabe más que una respuesta correcta: “el primero”. Entonces “Jesús se vuelve de nuevo directamente a los adversarios con un solemne dicho-amén y les aplica la parábola: los recaudadores y las prostitutas son dos grupos de ínfima categoría en el sistema de valores religiosos y éticos, descalificados en lo religioso y moral, a los que Jesús se dedicó especialmente. Ellos estarán por delante de los dirigentes de Israel en el camino hacia el Reino de Dios”[3].

El versículo final remite a la discusión anterior sobre el bautismo de Juan. La expresión “Juan vino a ustedes por el camino de la justicia” indica la Voluntad de Dios comunicada por Juan y que debió ser creída y obrada por los sumos sacerdotes y ancianos pero no sucedió así. Jesús les reprocha además que mientras los publicanos y las prostitutas creyeron en Juan Bautista; ellos, viendo esto, después no recapacitaron (metamélomai) para creerle.

El mensaje de la parábola, por tanto, es un fuerte reproche a los dirigentes judíos por su persistente incredulidad. Desde la perspectiva del Reino de Dios el “rango” religioso dentro de Israel se invierte: los pecadores arrepentidos que creyeron irán primero. Notamos que no se trata aquí de contraponer los paganos a los israelitas; y este es un matiz diferente en comparación con las dos parábolas que siguen, pues los dos hijos simbolizan a integrantes del pueblo de Israel. La diferencia está en su aceptación o no de la misión de Juan el Bautista en cuanto enviado por Dios a preparar el camino para Jesús.

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