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Confesión de Cesarea de Filipo – Domingo 21 Durante el Año

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Es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el « yo » del fiel y el « Tú » divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se abre al « nosotros », se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia. Nos lo recuerda la forma dialogada del Credo, usada en la liturgia bautismal.

 

Ante todo este evangelio nos enseña que el verdadero conocimiento de Cristo proviene del mismo Dios, del Padre; es una revelación, una gracia, un don celestial. Ya lo había dicho Jesús: “Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27). La gente descubre que Jesús tiene una particular relación con Dios, de aquí que se lo considere profeta. Pero no alcanzan a descubrir la profundidad del vínculo que une a Jesús con el Padre. En cambio los discípulos, los que se han apartado del resto para acompañar más de cerca a Jesús, estos logran acceder a la identidad de Jesús como Mesías, Hijo del Dios vivo. Pero no han llegado a esto por méritos propios (no lo da la sangre ni la carne), sino por don del Padre que se los revela. En breve, el Padre es quien revela a los discípulos la verdadera identidad de Jesús.
Por tanto, es necesario asumir y hacer propia la insistente oración que recomienda San Ignacio para la segunda semana de los ejercicios: “pedir conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” (EE nº 104).

La otra enseñanza del evangelio, esta vez en clave eclesial, es que hace falta integrar el grupo de los discípulos, unirse a la comunidad, a la Iglesia, para conocer en profundidad a Jesús. Y esto porque el Padre le ha revelado a Pedro y a los demás discípulos la identidad de Jesús. La Iglesia es la receptora y la fiel custodia de esta revelación, de este “depósito” de la fe. Como bien nota H. U. von Balthasar, el atributo o la propiedad de ser “roca” que otorga fiabilidad a la fe es propio de Dios en el AT y de Cristo el NT; pero que ha querido participar de esta propiedad a Pedro y a sus sucesores. Y lo mismo podemos decir de la potestad de las llaves, que también es “participada” a hombres concretos.
Surge aquí la cuestión de la necesidad de la Iglesia como mediación humana del misterio de Cristo. Desde los orígenes ha habido siempre tendencias gnósticas que buscaron “puentear” esta mediación de la Iglesia. Tendencias que hoy día gozan de gran actualidad y difusión mediática. Pero con esto se niega tanto el testimonio del evangelio como el realismo mismo de la Encarnación que lleva al extremo una pedagogía de Dios que viene ya del Antiguo Testamento. En efecto, el Reino de Dios que hace presente Jesús es esencialmente comunitario y está referido a un pueblo concreto a quien va destinado y que está llamado a aceptarlo y hacerlo visible. Como bien dice R. Aguirre: “Si Dios interviene en la historia con un proyecto de humanidad, por algún punto concreto del tiempo y del espacio tiene que comenzar esta transformación. El Reino de Dios no se identifica simplemente con ningún pueblo concreto, pero sí conlleva la dinámica de encarnarse en uno determinado. La responsabilidad de Israel en el Antiguo Testamento y de la Iglesia en el Nuevo Testamento es aceptar el Reinado de Dios y visibilizar la transformación humanizante que supone la aceptación de esta soberanía de Dios”.
Y lo mismo vale para la misión de “roca” concedida a Pedro. Al respecto dice J. Ratzinger: “Abrahán, el padre de todos los creyentes, es con su fe la roca que sostiene la creación, rechazando el caos, el diluvio originario que ataca y amenaza con arruinarlo todo. Simón, el primero que confesó a Jesús como el Cristo y primer testigo de la resurrección, se convierte ahora, con su fe renovada cristológicamente, en la roca que se opone a la sucia marea de la incredulidad y a su fuerza destructora de lo humano”.
En cuanto a la potestad de las llaves podemos completar lo ya dicho con la siguiente reflexión: “Si prestamos atención a los paralelos del dicho de Jesús resucitado, citado en Jn 20,23, resulta evidente que con la autoridad de atar y desatar se entiende esencialmente el poder de perdonar los pecados confiado en Pedro a la Iglesia (cf. también Mt 18,15-18). En el centro mismo del nuevo ministerio, que priva de energía a las fuerzas de la destrucción, está la gracia del perdón. Ella es la que constituye a la Iglesia. La Iglesia está fundada en el perdón. La Iglesia en su esencia íntima es el lugar del perdón, en el que queda desterrado el caos […] La Iglesia sólo puede surgir allí donde el hombre llega a su verdad, y esta verdad consiste justamente en que tiene necesidad de la gracia. Donde el orgullo le priva de este conocimiento, no encuentra el camino que le lleva a Jesús. Las llaves del Reino de los cielos son las palabras del perdón, que únicamente lo garantiza el poder de Dios”.

Y sobre la dimensión esencialmente eclesial de la fe y la humilde aceptación de las mediaciones humanas para creer recordemos las hermosas palabras de Lumen Fidei:

“J. J. Rousseau lamentaba no poder ver a Dios personalmente: « ¡Cuántos hombres entre Dios y yo! ». « ¿Es tan simple y natural que Dios se haya dirigido a Moisés para hablar a Jean Jacques Rousseau? ». Desde una concepción individualista y limitada del conocimiento, no se puede entender el sentido de la mediación, esa capacidad de participar en la visión del otro, ese saber compartido, que es el saber propio del amor. La fe es un don gratuito de Dios que exige la humildad y el valor de fiarse y confiarse, para poder ver el camino luminoso del encuentro entre Dios y los hombres, la historia de la salvación” (n° 14).

“Los cristianos son « uno » (cf. Ga 3,28), sin perder su individualidad, y en el servicio a los demás cada uno alcanza hasta el fondo su propio ser. Se entiende entonces por qué fuera de este cuerpo, de esta unidad de la Iglesia en Cristo, de esta Iglesia que —según la expresión de Romano Guardini— « es la portadora histórica de la visión integral de Cristo sobre el mundo », la fe pierde su « medida », ya no encuentra su equilibrio, el espacio necesario para sostenerse. La fe tiene una configuración necesariamente eclesial, se confiesa dentro del cuerpo de Cristo, como comunión real de los creyentes. Desde este ámbito eclesial, abre al cristiano individual a todos los hombres. La palabra de Cristo, una vez escuchada y por su propio dinamismo, en el cristiano se transforma en respuesta, y se convierte en palabra pronunciada, en confesión de fe. Como dice san Pablo: « Con el corazón se cree […], y con los labios se profesa » (Rm 10,10). La fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva, sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio. En efecto, « ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie? » (Rm 10,14). La fe se hace entonces operante en el cristiano a partir del don recibido, del Amor que atrae hacia Cristo (cf. Ga 5,6), y le hace partícipe del camino de la Iglesia, peregrina en la historia hasta su cumplimiento. Quien ha sido transformado de este modo adquiere una nueva forma de ver, la fe se convierte en luz para sus ojos (n° 22).

“Es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el « yo » del fiel y el « Tú » divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se abre al « nosotros », se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia. Nos lo recuerda la forma dialogada del Credo, usada en la liturgia bautismal. El creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo. Es posible responder en primera persona, « creo », sólo porque se forma parte de una gran comunión, porque también se dice « creemos ». Esta apertura al « nosotros » eclesial refleja la apertura propia del amor de Dios, que no es sólo relación entre el Padre y el Hijo, entre el « yo » y el « tú », sino que en el Espíritu, es también un « nosotros », una comunión de personas. Por eso, quien cree nunca está solo, porque la fe tiende a difundirse, a compartir su alegría con otros. Quien recibe la fe descubre que las dimensiones de su « yo » se ensanchan, y entabla nuevas relaciones que enriquecen la vida. Tertuliano lo ha expresado incisivamente, diciendo que el catecúmeno, « tras el nacimiento nuevo por el bautismo », es recibido en la casa de la Madre para alzar las manos y rezar, junto a los hermanos, el Padrenuestro, como signo de su pertenencia a una nueva familia” (n° 39).

“En el bautismo el hombre recibe también una doctrina que profesar y una forma concreta de vivir, que implica a toda la persona y la pone en el camino del bien. Es transferido a un ámbito nuevo, colocado en un nuevo ambiente, con una forma nueva de actuar en común, en la Iglesia. El bautismo nos recuerda así que la fe no es obra de un individuo aislado, no es un acto que el hombre pueda realizar contando sólo con sus fuerzas, sino que tiene que ser recibida, entrando en la comunión eclesial que transmite el don de Dios: nadie se bautiza a sí mismo, igual que nadie nace por su cuenta. Hemos sido bautizados” (n° 41).

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