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Domingo 20º Durante el Año – Jesús y la cananea

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En primer lugar Mateo les recuerda a sus contemporáneos que ya en vida de Jesús la puerta de la salvación es la fe y no la pertenencia a una raza. Se salva el que cree que Jesús es el hijo de David, el Señor, sea su origen judío o pagano. Y si bien es cierto que esta puerta de la salvación no se abrió plenamente hasta después de la resurrección del Señor con el envío a todas las naciones (Mt 28,19), ya se vislumbró su vocación de universalidad en situaciones como la de este evangelio.

 

En segundo lugar Jesús les enseña a sus discípulos, mediante el ejemplo de una mujer pagana, qué es tener fe. Recordemos que el domingo pasado Pedro suponía tener suficiente fe como para imitar a Jesús en su prodigio de caminar sobre un mar agitado. Pero le entró la duda y recibió el reproche del Señor: “hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. En cambio, hoy Jesús le dice a una mujer cananea, o sea una pagana de una raza de idólatras: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. Por tanto, si queremos un ejemplo concreto de lo que es una fe grande miremos y admiremos a esta madre de una hija enferma. Podemos con verdad decir que no acepta razones ni negativas. Ama a su hija enferma, quiere desesperadamente que se sane y viva. Y cree que Jesús puede curarla. Al contrario de Pedro, no hay lugar para dudas ni vacilaciones en ella, aún a pesar de las numerosas resistencias que encuentra. En efecto, primero Jesús no le responde. Luego los discípulos le piden a Jesús que la despache. Y cuando consigue que Jesús le responda, sus afirmaciones no le dan muchas posibilidades. Sin embargo, persevera suplicando y confiando en Jesús más allá de toda duda o desilusión.

¿Qué es, por tanto, tener una fe grande? Es tener la actitud perseverante y luchadora que tuvo esta mujer-madre; es tener una confianza ilimitada puesta de manifiesto en la súplica incesante. Tener fe es soportar el silencio de Dios; o como bien decía el Card. Newman, la fe es la capacidad de soportar dudas.

Más allá de nuestra formación y nuestro status religioso, pidamos al Señor tener una fe grande como la de esta mujer pagana.

 

En tercer lugar, y teniendo en cuenta la primera lectura de hoy, está el tema de la universalidad de la fe cristiana. Si bien es cierto que la misma será proclamada abiertamente por Jesús a partir de su resurrección (Mt 28,19: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”); encontramos en el evangelio de hoy ya un anticipo de la misma. Y una interesante actualización de este mensaje podemos encontrarlo en la propuesta de Benedicto XVI sobre el “patio de los gentiles”, de la cual se hacen eco los Lineamenta para el próximo sínodo de los Obispos sobre “la Nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”, nº 5: “«Me vienen aquí a la mente las palabras que Jesús cita del profeta Isaías, es decir, que el templo debería ser una casa de oración para todos los pueblos (cf. Is 56, 7; Mc 11, 17). Él pensaba en el llamado “patio de los gentiles”, que desalojó de negocios ajenos a fin de que el lugar quedara libre para los gentiles que querían orar allí al único Dios, aunque no podían participar en el misterio, a cuyo servicio estaba dedicado el interior del templo. Lugar de oración para todos los pueblos: de este modo se pensaba en personas que conocen a Dios, por decirlo así, sólo de lejos; que no están satisfechos de sus dioses, ritos y mitos; que anhelan el Puro y el Grande, aunque Dios siga siendo para ellos el “Dios desconocido” (cf. Hch 17, 23). Debían poder rezar al Dios desconocido y, sin embargo, estar así en relación con el Dios verdadero, aun en medio de oscuridades de diversas clases. Creo que la Iglesia debería abrir también hoy una especie de “patio de los gentiles” donde los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios sin conocerlo y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio está la vida interna de la Iglesia […] La imagen del “patio de los gentiles” se nos ofrece como un ulterior elemento en la reflexión sobre la “nueva evangelización”, que pone de manifiesto la audacia de los cristianos de no renunciar jamás a buscar positivamente todos los caminos para delinear formas de diálogo que correspondan a las esperanzas más profundas y a la sed de Dios de los hombres. Tal audacia permite colocar dentro de este contexto la pregunta sobre Dios, compartiendo la propia experiencia en la búsqueda y comunicando como un don el encuentro con el Evangelio de Jesucristo»”.

 

Por último, no podemos dejar de ver en la cananea, como hacía San Agustín, un gran modelo de humildad y de oración. En efecto, “una de las causas más profundas de sufrimiento para un creyente son la oraciones no escuchadas. Hemos orado durante semanas, meses y quizás años por una cierta cosa. Pero, nada. Dios parecía sordo. La mujer cananea está allí, encumbrada para siempre con el papel de institutriz y maestra de perseverancia en la oración […] Dios escucha asimismo cuando…no escucha. Y su no escuchar es ya un socorrer. Retardando en el oír, Dios hace, sí, que nuestro deseo crezca, que el objeto de nuestra oración se engrandezca; que de las cosas materiales pasemos a las espirituales, de las cosas temporales a las eternas, de las pequeñas cosas pasemos a las grandes. De este modo, él puede darnos mucho más de cuanto inicialmente habíamos venido a pedirle”[1].

 

La fe de la cananea pudo superar el silencio de Dios. El mismo no debe asustarnos porque Jesús mismo tuve que pasar por él; y tras los santos. Del mismo habla con profundidad el Papa Benedicto XVI en Verbum Domini n° 21: “Como pone de manifiesto la cruz de Cristo, Dios habla por medio de su silencio. El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre, es una etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, Palabra encarnada. Colgado del leño de la cruz, se quejó del dolor causado por este silencio: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34; Mt 27,46). Jesús, prosiguiendo hasta el último aliento de vida en la obediencia, invocó al Padre en la oscuridad de la muerte. En el momento de pasar a través de la muerte a la vida eterna, se confió a Él: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Esta experiencia de Jesús es indicativa de la situación del hombre que, después de haber escuchado y reconocido la Palabra de Dios, ha de enfrentarse también con su silencio. Muchos santos y místicos han vivido esta experiencia, que también hoy se presenta en el camino de muchos creyentes. El silencio de Dios prolonga sus palabras precedentes. En esos momentos de oscuridad, habla en el misterio de su silencio. Por tanto, en la dinámica de la revelación cristiana, el silencio aparece como una expresión importante de la Palabra de Dios”.

 

 

[1] R. Cantalamessa, Echad las redes. Reflexiones sobre los evangelios. Ciclo A (EDICEP; Madrid 2003) 287-288.

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