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El Mesías crucificado y resucitado – Domingo 22º durante el año

Reflexión del P. Damián Nannini

Pienso que es inevitable sentir cierta “incomodidad” ante el evangelio de hoy y es importante no evadirse ante estos sentimientos; ni tampoco cargarse de sentimiento de culpa pues el misterio de la cruz es una realidad difícil de asimilar, de “digerir”. Por eso nuestra identificación con Pedro es aquí clara y total, pues Pedro reacciona ante la cruz como “hombre”, tiene los sentimientos, los pensamientos y la valoración propia de un hombre ante la cruz. Y de un hombre de Iglesia, llamado a ser guía de sus hermanos en la fe.

Al respecto comenta H. U. von Balthasar[5]: “Cuando Jesús presenta en el evangelio el programa decisivo de su misión, no es solamente el mundo el que se escandaliza de la cruz, sino también y en primer lugar la Iglesia. Esta Iglesia se compone de hombres, todos los cuales querrían huir lo más lejos posible y durante el mayor tiempo posible del sufrimiento”.

Comentando el sentido del término scandalon en Mt 16,23 dice J. Ratzinger: “El que por don de Dios puede ser sólida roca, es por sí mismo una piedra en el camino, que puede hacer tropezar. La tensión entre el don que viene del Señor y la propia capacidad resulta tan evidente que produce escalofríos; aquí, de algún modo, se anticipa todo el drama de la historia del papado, en el curso de la cual nos encontramos siempre con los dos elementos: aquel por el que el papado, gracias a una fuerza que no procede de él mismo, constituye el fundamento de la Iglesia, y el otro, por el que al mismo tiempo los papas particulares, por las características típicas de su humanidad, son constantemente escándalo, por querer preceder a Cristo en lugar de seguirlo; pues creen ellos, con su lógica humana, que deben prepararle el camino que, por el contrario, sólo él puede determinar: “Tus sentimientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (16,23)”[6].

También a nosotros, como a Pedro, nos molesta ese “es necesario” (dei-) mediante el cual se presenta la cruz como plan de Dios. Igualmente podemos identificarnos con el lamento de Jeremías cuando el rechazo y el oprobio son la recompensa que recibimos de aquellos a los que llevamos la Palabra de Dios. La aceptación del camino de la cruz como camino de salvación supera los intentos de mera comprensión intelectual del mismo. Hay que remitirse, necesariamente, al amor del Padre que se esconde detrás del misterio de la pasión del Hijo:

“Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16).

Según Jn 3,16 el Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para que el hombre no muera, sino que tenga la vida eterna; por tanto, para proteger al hombre del mal definitivo y del sufrimiento definitivo. Por tanto, el amor de Dios penetra en el sufrimiento y lo asume como forma sublima de expresión de ese amor por el hombre: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). Así el amor da sentido a la cruz, la orienta en la entrega en favor de los demás, la vuelve redentora. En resumen podemos decir que Cristo no explicó el sufrimiento ni la cruz (como no se puede explicar el amor), sino que lo asumió, lo compartió y lo transfiguró haciendo de él una ocasión de entrega amorosa, y por ello un lugar de salvación y de santidad. Nos lo enseñaba Juan Pablo II en Salvifici Doloris n° 26: “Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice: ‘Sígueme’, ‘Ven’, toma parte en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento… A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento”.

 

Sólo desde esta aceptación-comprensión de la cruz de Cristo podemos iluminar nuestro propio camino de la cruz, también “necesario” para ser discípulos. Nos encontramos, entonces, con el desafío pedagógico de asumir y ayudar a asumir la verdad de la cruz, como nos enseña A. Cencini[7]: “En un ámbito más personal y subjetivo, la centralidad de la cruz significa el descubrimiento “positivo” – por así decirlo – de la cruz de Cristo como momento de la verdad, de lo que más que cualquier otra cosa o evento o palabra o prodigio dice la verdad de Dios y de su proyecto de salvación, así como del hombre y de su historia […] la cruz es la verdad de la vida y de la muerte, porque revela el nexo indisoluble que une la vida a la muerte, nexo que está constituido por el amor, por el don de sí. La vida, tal como la explica la cruz, nace del “amor-que-se-dona”, y tiende al mismo “amor-que-se-dona”. Se vive y se muere por el mismo motivo, porque el amor recibido tiende, por su propia naturaleza, a volverse amor donado. Y todo esto es dicho por la cruz de Jesús, que es la máxima expresión del amor más grande, aquel que viene de Dios, y es al mismo tiempo el más fuerte y expresivo símbolo del misterio de la vida y de la muerte del hombre”.

También aquí la aceptación del camino de la cruz como negación de sí mismo y como exigencia ascética está precedida, motivada y encauzada por el amor a Dios.

El camino de la cruz tiene también una dimensión “pastoral”, muy poco tenida en cuenta, aunque en LG nº 8 leemos: “Como Cristo efectuó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está llamada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a los hombres”. Al respecto A. Rodríguez Carmona nota que toda esta nueva sección del evangelio de Mateo (16,21-20,15) está claramente estructura por los tres anuncios de la pasión que van seguidos por enseñanzas sobre la edificación de la Iglesia. Esto conlleva un profundo sentido, por cuanto “para Mateo, la vivencia de estas enseñanzas (opción total por Jesús, compartir, servicio, hacerse niño, etc.) tiene carácter de muerte y resurrección, y es la manera concreta de colaborar en la construcción de la Iglesia. La ética cristiana tiene un carácter pascual y eclesial; ahora bien, esto sólo lo entiende el que comprende la muerte y resurrección de Jesús”[8].

Por su parte Gerardo Cardaropoli[9] señala que “Cristo salva al mundo por medio de la Iglesia, con la condición de que esta se adecue a su misterio pascual, en el que la gloria de la resurrección no se alcanza sino a través del paso de la cruz. Aquí está la profunda renovación de la pastoral. La “teología de la cruz” ha de llegar a ser “metodología de la cruz” para toda la obra salvífica”.

Este dinamismo “pascual” es propio de la misión, nos enseña el Papa Francisco al decirnos que “cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal: «Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión». (EG n° 10).

 

Y también nos advierte del peligro de caer en una “acedia egoísta por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (EG n 82).

En efecto, “como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Co 4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca” (EG 279).

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