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La Transfiguración – 2º Domingo de Cuaresma

“…es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios.” (Papa Francisco)

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La primera lectura de este domingo resalta la iniciativa de Dios quien interviene llamando gratuitamente a Abrahán para formar de su descendencia el pueblo de la Alianza. Podemos ver en la narración bíblica sobre Abrahán, como hace el Papa Francisco, un modelo de la llamada de Dios a la fe por cuanto: “En su vida sucede algo desconcertante: Dios le dirige la Palabra, se revela como un Dios que habla y lo llama por su nombre. La fe está vinculada a la escucha. Abrahán no ve a Dios, pero oye su voz. De este modo la fe adquiere un carácter personal […] Lo que esta Palabra comunica a Abrahán es una llamada y una promesa. En primer lugar es una llamada a salir de su tierra, una invitación a abrirse a una vida nueva, comienzo de un éxodo que lo lleva hacia un futuro inesperado. La visión que la fe da a Abrahán estará siempre vinculada a este paso adelante que tiene que dar: la fe « ve » en la medida en que camina, en que se adentra en el espacio abierto por la Palabra de Dios. Esta Palabra encierra además una promesa: tu descendencia será numerosa, serás padre de un gran pueblo […] Lo que se pide a Abrahán es que se fíe de esta Palabra. La fe entiende que la palabra, aparentemente efímera y pasajera, cuando es pronunciada por el Dios fiel, se convierte en lo más seguro e inquebrantable que pueda haber, en lo que hace posible que nuestro camino tenga continuidad en el tiempo. La fe acoge esta Palabra como roca firme, para construir sobre ella con sólido fundamento […] Para Abrahán, la fe en Dios ilumina las raíces más profundas de su ser, le permite reconocer la fuente de bondad que hay en el origen de todas las cosas, y confirmar que su vida no procede de la nada o la casualidad, sino de una llamada y un amor personal. El Dios misterioso que lo ha llamado no es un Dios extraño, sino aquel que es origen de todo y que todo lo sostiene” (LF 8-11).

En el contexto litúrgico esta primera lectura es también una invitación hecha al catecúmeno-discípulo que se inicia en el camino de la fe cristiana para que abandone su vida anterior y se ponga en marcha sin otra “mochila” que la confianza en Dios que lo llamó. Hay que dejar lo pasado y ponerse en camino hacia el país de la promesa que se manifestará en el evangelio de hoy. De este modo se introduce en una primera dimensión el tema de la conversión cuaresmal en el sentido de dejar el pecado y volverse a Dios por la fe.

También puede ayudarnos a recordar la iniciativa del amor de Dios que nos llamó en el momento de nuestro bautismo “cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo»” (Benedicto XVI, Mensaje cuaresma 2011, nº 1).

Por su parte, el evangelio de hoy se vincula con el relato de las tentaciones del domingo pasado por cuanto nos revela el alcance de la victoria de Cristo: toca a la misma naturaleza en su dimensión corporal. En Cristo la humanidad está llamada a ser transfigurada por la Gracia Pascual.

Notemos también que el verbo “transfigurarse”, además de en las narraciones de la transfiguración, es utilizado dos veces por San Pablo aplicándolo a los cristianos:

Rom 12,2: “No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

2Cor 3,18: “Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto, reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu.”

Por tanto la transfiguración, como todos los misterios de la vida de Cristo, no lo afectan sólo a Él sino también a los cristianos como parte de Su Cuerpo.

En el contexto de la cuaresma la transfiguración de Jesús tiene un valor pedagógico excepcional para nosotros como lo tuvo para los apóstoles. En efecto, decía San León Magno[1]: “Sin duda esta transfiguración tenía sobre todo la finalidad de quitar del corazón de los apóstoles el escándalo de la cruz, a fin de que la humillación de la pasión voluntariamente aceptada no perturbara la fe de aquellos a quienes había sido revelada la excelencia de su dignidad escondida”. Igualmente en el prefacio de la Misa de este día leeremos: “Él mismo, después de anunciar su muerte a los discípulos, les reveló el esplendor de su gloria en la montaña santa, para mostrar, con el testimonio de la Ley y los Profetas, que por la pasión debía llegar a la gloria de la resurrección”.

Por tanto los textos de hoy nos ayudan a entender que la pasión es un paso o camino hacia la gloria. La vida cristiana es un camino de fe. Debemos seguir a Cristo por el mismo camino por donde él transitó, que es el camino de la renuncia y de la cruz. Las tentaciones son los intentos de apartarnos de ese camino. Hoy las lecturas nos recuerdan a dónde nos conduce el camino: a ser transfigurados con Cristo, a participar de su Gloria. De este modo, todavía en los inicios del camino cuaresmal, se encenderá nuestra esperanza y nos animaremos a caminar más firmemente por el mismo.

Como discípulos, seguidores del Señor, tenemos que asimilar esta pedagogía de Dios en nuestra vida para responderle con una fidelidad activa. Dolores Aleixandre[2] nos lo explica muy bien: “El pasaje inmediatamente anterior a la transfiguración, el del anuncio de la pasión y la resistencia de Pedro, nos recuerda la imposibilidad de separar los aspectos luminosos de la existencia de los momentos oscuros, el dolor del gozo, la muerte de la resurrección. La contigüidad de las dos escenas parece comunicarnos la paradoja pascual: el inundado de luz es precisamente aquel que atravesó la noche de la muerte y el que accedió a la ganancia por el extraño camino de la pérdida […] Al igual que los discípulos, también nosotros necesitamos hacer de la experiencia de la proximidad del Dios consolador. Si nunca vivimos ese tipo de experiencias, podemos llegar a dudar de la existencia de la belleza y ver sólo los aspectos opacos de la realidad: la mediocridad que progresa, los cálculos egoístas que sustituyen la generosidad, la rutina repetitiva y vacía que ocupa el espacio de la alegría y la fidelidad. El relato de la transfiguración nos invita a evocar momentos de gracia en los que hemos vivido una experiencia de luz y nuestra vida apareció como transfigurada: el amor se convirtió en certidumbre, la fraternidad se hizo palpable y toda la realidad nos habló un lenguaje nuevo de esperanza y de sentido. Son fogonazos momentáneos que nos revelan el sentido del camino de fe emprendido”.

Faltaría considerar también el contenido de estas experiencias de Dios, de estos “fogonazos”. Pues bien, se trata pura y simplemente del amor del Padre manifestado en Cristo. En Jesús transfigurado la luz brotaba del infinito amor del Padre, tal como nos lo revela la voz celestial: “este es mi hijo amado”. Jesús es transfigurado por el amor del Padre; la toma de conciencia de su filiación divina y del amor eterno del Padre por Él lo transfigura. Esto mismo debería vivirlo todo bautizado. Y en esta experiencia del amor del Padre que ha entregado por mí a su Hijo encontraremos la motivación suficiente para nuestra propia entrega. “Él nos amó primero” (1Jn 4,10.19) y “hasta el extremo” (Jn13,1). Esta es la verdad que puede “transfigurar” nuestra existencia, llenarla de sentido. Esta es la Verdad que nos invita a hacer lo mismo, a amar a Dios hasta la donación total de todo lo que somos y tenemos. Todo lo hemos recibido de Él, ahora se lo restituimos para recuperarlo transformado por su amor, en particular nuestro propio yo pecador, nuestro hombre viejo. Estamos llamados a la Vida Plena en Dios. La transfiguración de Jesús es una muestra de esa plenitud de vida. Con esta experiencia del amor de Dios, hay que bajar del monte y seguir a Jesús por el camino hacia Jerusalén, hacia su pasión.

El evangelio también nos orienta a una segunda dimensión de nuestra conversión cuaresmal: buscar sólo a Jesús, desearlo sólo a Él, pedirle que se nos revele, que nos muestre su divinidad para poder animarnos a más, a darle el primer lugar en nuestro corazón y en nuestra vida. Necesitamos descubrir que es el Hijo de Dios y que por eso nos pide tanto, nos pide todo. Al respecto comenta R. Cantalamessa: “‘Jesús solo’: todo un programa de vida está encerrado en esta expresión que concluye el relato de la Transfiguración. ‘Jesús solo’, naturalmente no significa que podamos prescindir del Padre y del Espíritu Santo, sino que Jesús es el único lugar en que el Dios-Trinidad se manifiesta plenamente y operante a los hombres. Significa que nadie va al Padre si no es por Él, sea consciente o no de ello. Pero también a escala personal, ¡qué programa en esta expresión! Cuántas cosas se pueden poner junto a Jesús en la propia vida: Jesús y el dinero, Jesús y la carrera; Jesús y la propia libertad, Jesús y sus consolaciones”[3].

A esto podemos sumarle la invitación del Padre: “escuchar a Jesús el Hijo amado”. La Palabra definitiva de Dios ya no nos llega por la Ley y los Profetas (Moisés y Elías) sino mediante Jesucristo, el Hijo. Vivir en Alianza es vivir en la Escucha de su Palabra. Esta es la exigencia que supone el rechazo de tantas otras voces o solicitaciones que nos invaden. Luego habrá también que estar dispuestos a bajar del monte, a volver otra vez a lo mismo, a lo cotidiano. Pero nosotros ya no seremos los mismos.

Pidamos al Señor que nos conceda participar de la gracia de la transfiguración que nos devuelva la dimensión luminosa, bella y gozosa de la fe, tal como nos pide el Papa Francisco: “Por tanto, es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro” (LF 4).


[1] Sermón 51, en Oficio de Lectura del segundo domingo de cuaresma.

[2] Contar a Jesús. Lectura orante de veinticuatro textos del Evangelio (Ágape; Buenos Aires 2009) 146-147.

[3] R. Cantalamessa, El misterio de la Transfiguración, 52-53.

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