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La samaritana – 3º domingo de cuaresma

 

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Debemos recordar que el domingo pasado, con la vocación de Abraham, se nos invitaba a salir, a dejar atrás lo pasado, lo pecaminoso de nuestra vida. Nos hemos puesto en camino, hemos entrado en el desierto al igual que Israel al salir de Egipto. Recordemos que para los autores bíblicos el período del desierto es un lugar simbólico, es una metáfora de la vida, un cuadro de la existencia y de los problemas del pueblo de Israel, y también de los nuestros.

            La primera lectura nos advierte sobre la tentación del desaliento en el desierto cuaresmal que nos invita a detener nuestra marcha o a querer volver atrás. La falta de agua es una carencia real y una real amenaza de muerte. Ante esto es normal que la naturaleza se rebele, cuestione y dude. Entonces Dios manifiesta su presencia y nos reprocha la falta de fe, de confianza en su Amor Providente. Más aún, como hermosamente comenta G. Ravasi[1] “Dios espera ansiosamente este recodo en la pista del desierto, cuando el hombre, arrastrando sus pasos, se le acerca y golpea su roca santa. Dios aguarda ese momento para saciar la sed y transformar a su criatura haciéndola revivir. Porque como dice San Gregorio Nacianceno: «Dios tiene sed de que tengamos sed de Él»”. Una idea parecida, y muy bella, encontramos en el prefacio propio de este domingo: “Él mismo, cuando pedía a la Samaritana que le diera de beber, ya había infundido en ella el don de la fe; y si quiso tener fe de la sed de esa mujer fue para encender en ella el fuego de su amor divino”.

Tenemos sed de agua, sí; pero también tenemos sed de Dios, de su Presencia. En particular en los momentos difíciles, de pérdida o de renuncia a valores humanos, buscamos desesperadamente su Presencia y no siempre la sentimos. Es la crisis de la Esperanza, del que camina sin ver aún la meta, del ya pero todavía no. Tenemos que aceptar esto como algo propio de nuestra condición cristiana, inevitable para el que camina en la fe, y de lo cual la cuaresma nos debe ayudar a tomar más conciencia. En efecto, “la sed sirve para sacarnos de nuestra inmovilidad conformista y lanzarnos al camino en búsqueda de la fuente. Luis Rosales lo reflejó acertadamente en este hermoso verso: “De noche iremos, de noche, / sin luna iremos, sin luna, / que para encontrar la fuente, / sólo la sed nos alumbra”. Nuestra insatisfacción radical ante todo lo caduco y pasajero golpea con fuerza, como el cayado de Moisés, en la roca de nuestra vida hasta hacer brotar esa corriente de agua viva que es la presencia de Dios”[2].

 

 La invitación de este domingo es, entonces, a volver a la fuente, volver a centrarse en Dios, darle el primer lugar en nuestra vida.

           

La segunda lectura nos propone la motivación fundamental para seguir esperando y confiando en el amor de Dios: cuando éramos pecadores Cristo murió por nosotros. Hemos sido justificados gratuitamente y, por ello, estamos en paz con Dios. Ante esta actitud favorable de Dios Padre para con nosotros en el pasado, sólo nos queda confiar en la Gracia del tiempo presente y esperar la Gloria del tiempo futuro.

El evangelio nos descubre en la persona de Jesús al agua viva de la cual todos tenemos sed. Jesús y sólo Jesús, pude revelarnos al Padre, comunicarnos el conocimiento del verdadero Dios; puede darnos el Espíritu Santo que nos lleva a la comunión con Dios.

Sobre esto decía el Papa Francisco: “El hombre de todos los tiempos y de todos los lugares desea una vida plena y bella, justa y buena, una vida que no esté amenazada por la muerte, sino que madure y crezca hasta su plenitud. El hombre es como un peregrino que, atravesando los desiertos de la vida, tiene sed de un agua viva fluyente y fresca, capaz de saciar en profundidad su deseo profundo de luz, amor, belleza y paz. Todos sentimos este deseo. Y Jesús nos dona esta agua viva: esa agua es el Espíritu Santo, que procede del Padre y que Jesús derrama en nuestros corazones. Jesús promete a la Samaritana dar un «agua viva», superabundante y para siempre, a todos aquellos que le reconozcan como el Hijo enviado del Padre para salvarnos (cf. Jn 4, 5-26; 3, 17). Jesús vino para donarnos esta «agua viva» que es el Espíritu Santo, para que nuestra vida sea guiada por Dios, animada por Dios, nutrida por Dios. Cuando decimos que el cristiano es un hombre espiritual entendemos precisamente esto: el cristiano es una persona que piensa y obra según Dios, según el Espíritu Santo” (Audiencia del 8 de mayo de 2013).

Y de todo esto hemos participado en el Bautismo, pues como bien dice G. Ravasi[3]: “el agua viva del bautismo sacia para siempre nuestra sed de eternidad y de infinito y se derrama constantemente en el corazón del creyente a través de la Palabra y del Espíritu. Sumerjámonos en este agua liberadora y fecunda, haciendo que el evangelio y el Espíritu estén en nosotros, sean para nosotros la «vida eterna», nuestra tierra prometida”.

En efecto, desde la época patrística hasta nuestros días el evangelio de la de misa de hoy ha sido leído en clave sacramental, como una catequesis de la iniciación cristiana. La fe, nacida de la palabra y del testimonio, culmina en el bautismo, regeneración por el agua y el Espíritu.

El evangelio nos invita a despertar el deseo profundo, la sed de Dios. Es lo que los santos descubrieron en lo profundo de su corazón y los llevó a desear y buscar a Dios. Por tanto es clave despertar la sed del agua viva, esto es, el deseo de Dios por encima de cualquier otro deseo. Es que el deseo de Dios es lo que está a nuestro alcance, es el camino que nos abre a Dios. Lo dice Sto. Tomás de Aquino comentando este evangelio: “Pero a continuación se muestra que para tener agua viva, esto es la gracia, en los adultos se llega por deseo, esto es por petición –Salmos (9: 17) “el Señor oyó el deseo de los pobres”-, porque sin petición y deseo no se da la gracia a ninguno” (La Samaritana, [578]).

Es el deseo de gozar de Su compañía, de su Presencia más plena en nuestra vida, lo que debe movernos a poner en orden nuestra vida, a trascender la dimensión temporal u horizontal de nuestra existencia, para abrirnos al Eterno.

En síntesis, se trata de conversión, de ascesis, pero motivada por el deseo de Su Presencia.  Como bien dice A. Cencini[4]: “En esta experiencia de fidelidad y de espera orante el deseo se hace cada vez mayor […] Puede parecer paradójico que lo que no se satisface inmediatamente esté destinado, dentro de determinadas condiciones, a crecer y hacerse más fuerte. Pero es también una ley de la vida espiritual: la pasión orante y fiel purifica e intensifica el deseo de Dios, especialmente cuando es oración constante y paciente, humilde y tenaz”.

Pero en la actualidad contamos con un gran obstáculo: la cultura de la gratificación inmediata. Como También señala Cencini: “Con la lógica de la gratificación inmediata se mata el deseo y la capacidad de desear […] El ser humano que no aprende a tomar distancia de los pedidos de la gratificación inmediata, no aprende a desear lo esencial […] Y en esta incapacidad de desear, evidentemente está la incapacidad de renunciar. Las dos cosas van muy juntas: quien aprende a desear, aprende a renunciar; quien no aprende a desear no aprende siquiera a renunciar”[5].

Nos parece que aquí se logran unir dos aspectos esenciales de la cuaresma (y de la vida cristiana) que nos cuesta cons
iderar juntos: el deseo y la renuncia. El deseo de Dios, de conocerlo y participar de su vida, la sed del Agua Viva que es Jesús y que sólo Jesús nos puede dar, debería ser el principal motor de todas nuestras renuncias.

En conclusión: la Misa de este domingo, tanto en sus lecturas y como en sus oraciones, está centrada sobre los catecúmenos que hoy deben realizar su primer escrutinio. Se considera al catecúmeno como un sediento de Dios que está en camino, en búsqueda. A ellos se les presenta hoy el don del amor de Jesús que apaga la sed de Dios[6]. Lo mismo vale para el discípulo ya bautizado. La liturgia le pide que reavive su sed de Dios y que la sacie del manantial que brota del corazón traspasado de Cristo.

 

P. Damián Nannini

[1] El agua y la luz (Sal Terrae; Santander 1991) 17.

[2] Miguel Márquez Calle, Homilética 2 (2005) 122. Es la letra de un canto de Taizé: http://youtu.be/zkjDNdrzj1k

[3] El agua y la luz (Sal Terrae; Santander 1991) 133.

[4] La formación permanente (San Pablo; Madrid 2002) 195.

[5] A. Cencini, en “Reportaje al Padre Amadeo Cencini”, Pastores 21 (2001) 24.

[6] Cf. A. Nocent, Celebrar a Jesucristo III. Cuaresma (Sal Terrae; Santander 1980) 100-103.

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