curacion ciego nacimiento

La curación del ciego de nacimiento – 4º Domingo de Cuaresma

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Este cuarto domingo de cuaresma es el domingo laetare, de la alegría, y está dominado por el tema de la LUZ. La luz es uno de los dones fundamentales de la existencia: es posibilidad de ver las cosas y de estar orientado. De modo especial en la Biblia la luz está relacionada con Dios, con la Verdad y con la Vida; y en contraposición a la luz, las tinieblas están relacionadas con el pecado, la mentira y la muerte. Dios crea la luz (Gn 1); la luz lo envuelve como un manto (Sl 104,2); es la luz eterna de la que es reflejo la Sabiduría (Sab 7,26). El nacimiento del príncipe mesiánico se anuncia en términos de luz (Is 9,1). Esta simbología aparece ya en el prólogo de Juan (Jn 1,4-5): “En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron”.

Más puntualmente en el evangelio de Juan el simbolismo de la luz sirve para expresar tanto la persona de Jesús como su obra; mientras el término tinieblas representa al pecado y a la incredulidad.

El evangelio del domingo anterior, la samaritana, buscaba despertar en nosotros la sed de Dios al mismo tiempo que se nos revelaba a Jesús como fuente del agua viva, definitivo pozo donde podemos encontrar plenamente la manifestación del Padre. El evangelio de este domingo nos enseña que nuestro deseo de conocer a Dios (en sentido bíblico de entrar en comunión con lo conocido) por sí solo es ineficaz. Necesitamos el DON de la FE, la iluminación de Dios. O con las palabras del mismo evangelio: necesitamos que Jesús nos cure la ceguera, sólo él puede permitirnos ver, o sea, creer.

El ciego representa al hombre que no ha recibido la fe, que no puede ver y por eso lleva una vida infeliz. En cierto sentido, todos somos ciegos de nacimiento. A pesar de nuestro vivo deseo de alcanzar a Dios, de nuestra sed del agua viva, no está en nuestras manos el poder ver. Necesitamos ser iluminados por Cristo; necesitamos el “colirio de la fe” (San Agustín) para recuperar la vista. Necesitamos lavarnos en la piscina de Siloé, del Enviado, participar en el misterio pascual de Cristo por medio del bautismo. Y esta posibilidad de ver conlleva un nuevo modo de vivir, una vida nueva fruto de una conversión verdadera, de corazón.

Y esto sólo es posible si permitimos que Cristo nos ilumine y disipe las tinieblas de nuestro corazón. En este sentido notemos que para el evangelio de Juan la ceguera de nacimiento no es pecado en sentido estricto, sí lo es la ceguera como rechazo obstinado y culpable de la luz que encarnan los fariseos. Como dice Thibon[1]: “No es la luz la que falta a nuestra mirada, sino nuestra mirada la que falta a la luz”. Al respecto, en la vigilia de Pascua con la liturgia de la luz haremos un hermoso gesto para representar la victoria de la Luz de Cristo sobre las tinieblas del pecado.

 

En una perspectiva más catequística podemos presentar la fe en Jesucristo como la revelación del sentido pleno y trascendente de la vida; como lo que nos libera de la ceguera existencial, que se ha vuelto también social, general. Es lo que describe el premio Nóbel de literatura J. Saramago en su “Ensayo sobre la ceguera”, presentándola como una metáfora de la sociedad actual. Así afirma: “creo que estamos ciegos; somos ciegos que ven, o mejor, ciegos que viendo no ven…” y precisa que “la nuestra es una ceguera blanca, con muchas luces por fuera, pero con no menos oscuridad por dentro”. En esta novela todos se vuelven ciegos de esta “ceguera blanca”, salvo la mujer del médico quien en cierto momento, abrumada por la responsabilidad de ser la única que ve, desea también quedarse ciega como todos los demás. Sin duda que esta puede ser nuestra tentación como cristianos en medio de este mundo oscuro de maldad. Y mucho antes, ya San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales (EE 106) al describir lo que la Trinidad contempla en la tierra, dice que ve “todas las gentes en tanta ceguedad”.[2]

También lo reflejó magistralmente Nikos Kazanzakis en un verso memorable: “¡Lástima del hombre de ojos de barro, que sólo ve lo visible!”. A esta ceguera, que podríamos llamar “original” habría que añadir otras cegueras añadidas. Unas producidas por nuestras pasiones. Con total acierto las refleja el lenguaje popular cuando habla de los “ciegos de ira”, de los que viven “cegados por la ambición”, de algunos amores que son ciegos y “ponen una venda sobre los ojos”, de las personas “que tienen una mirada turbia”… Otras proceden del ambiente, en el que nos movemos cada día y en el cual prevalece la iluminación artificial[3].

El remedio para esta ceguera y oscuridad es la Luz de la Fe que Cristo, el Enviado del Padre, nos ofrece como fruto de su Pascua. Justamente sobre la Luz de la Fe escribió el Papa Francisco en su encíclica Lumen Fidei (LF) de la cual elegimos unos párrafos:

LF 1: “La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta  expresión el gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de san Juan se presenta con estas palabras: « Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas » (Jn 12,46)… Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso.”

LF 4: “Por tanto, es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo.”

 

LF 22: “La fe se hace entonces operante en el cristiano a partir del don recibido, del Amor que atrae hacia Cristo (cf. Ga 5,6), y le hace partícipe del camino de la Iglesia, peregrina en la historia hasta su cumplimiento. Quien ha sido transformado de este modo adquiere una nueva forma de ver, la fe se convierte en luz para sus ojos”.

 

LF 26: “La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor. Esta interacción de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos. La fe conoce por estar vinculada al amor, en cuanto el mismo amor trae una luz. La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad.”

Estamos llamados a dar el paso de las tinieblas a la luz fruto del encuentro creyente con Jesús. Ya hemos sido iluminados en nuestro Bautismo, es hora que esta luz brille en nuestros corazones de verdad.

En síntesis, como dice A. Vanhoye[4], “debemos pedir al Señor tener esta visión espiritual, para elegir y decidir bien en todas las circunstancias de la vida. No debemos decidir sólo a partir de las apariencias humanas, de los factores económicos, de los elementos externos, superficiales, sino que debemos decidir basándonos en criterios espirituales”. Y también: “no basta sólo con recibir la luz, sino que también tenemos que convertirnos en luz. El deber de los cristianos no consiste únicamente en acoger la luz divina en su propia vida, sino que deben manifestarla en su propio comportamiento”

 

P. Damián Nannini

[1] G. Thibon, Nuestra mirada ciega ante la luz (Patmos; Madrid 1973) 21.

[2] Cf. B. González Buelta, “Ver o perecer”. Mística de ojos abiertos (Sal Terrae; Santander 2006) 13-16.

[3] Cf. Miguel Márquez Calle, Homilética 2 (2005) 130.

[4] Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo A (Mensajero; Bilbao 2003) 82-83.

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