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La Resurrección de Lázaro – 5º Domingo de Cuaresma

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Reflexiones del P. Damián Nannini

La cuaresma, al igual que la misma vida cristiana, acentúa distintos aspectos en distintos momentos. La samaritana había ido hasta el pozo en busca del agua natural y se encontró con el don del Agua Viva. En la curación del ciego es Jesús quien va a su encuentro, por tanto se pone más de manifiesto la gratuidad del don. Ahora la gratuidad del Don de la Vida es total, como lo indican los cuatro días que lleva Lázaro muerto y sepultado (Jn 11,17.38). Un muerto nada puede; se encuentra en la impotencia absoluta. Nada pueden los que bajan al sheol, reza un salmo. Por su parte la resurrección que esperamos los cristianos consiste en una transformación y glorificación que es pura y exclusivamente obra de Dios. Es un milagro, una obra de su poder divino, una nueva creación. Es mucho más que la inmortalidad o supervivencia del alma en cuanto sustancia espiritual y simple. Pienso que hay que volver a insistir en este aspecto porque de la mano de la pseudo-espiritualidad de la new age se difunde el tema de la “vida para siempre”, pero como destino natural de todos los hombres, sea como vida después de la muerte, sea como un proceso de reencarnación.

Volviendo a las acentuaciones propias de este tiempo litúrgico podemos reconocer que en la primera parte de la cuaresma se nos invitaba a convertirnos, a cambiar de vida, a obrar la justicia. En esta segunda parte se insiste más en la obra de Dios, en su poder para cambiarnos y justificarnos; y en la necesidad de la FE para que esto tenga lugar en nosotros. La fe como aceptación de la Vida que viene de Dios y de confianza en la salvación de Dios.

Al mismo tiempo sigue presente la dimensión bautismal por cuanto: “se da una conexión progresiva en los grandes textos de Juan leídos a lo largo de estos últimos domingos de cuaresma. Después de haber hablado del don de Dios (el agua viva), Jesús, verdadera Luz, ha abierto los ojos al ciego de nacimiento. Estas acciones simbólicas anunciaban el bautismo, es decir, el renacimiento por el agua y el Espíritu. Hoy, otra acción simbólica nos habla de las consecuencias del bautismo: la vida nueva e imperecedera”[1].

Por tanto el gran tema de este domingo es el anuncio de la Vida Eterna que Jesús nos comunica a través del Bautismo y que tenemos que recibir por la fe.

En cuanto al evangelio debemos notar que en sentido estricto no se trata de la “resurrección” de Lázaro, sino más bien de la reviviscencia de Lázaro, porque de hecho volvió a la misma vida anterior. Por tanto lo suyo fue sólo un signo de la resurrección que acontecerá a Jesús y que se ofrece a los creyentes. Un signo para despertar la fe en Jesús como Hijo de Dios y, por tanto, con poder para darnos la resurrección y la vida eterna. De este modo las lecturas de hoy nos llevan al corazón del misterio pascual y nos preparan ya abiertamente para celebrarlo. Lo explica muy bien R. Cantalamessa: “Jesús resucita hacia delante, hacia la vida eterna; Lázaro, por el contrario resurge hacia atrás, hacia la vida de antes. Jesús, resucitado, deja este mundo; Lázaro permanece en este mundo. Una vez resucitado, Jesús ya no muere más; Lázaro sabe que deberá morir todavía. La de Lázaro es, por lo tanto, una resurrección provisional […] La historia de Lázaro ha sido escrita para decirnos esto: que hay una resurrección del cuerpo y hay una resurrección del corazón; si la resurrección del cuerpo va a tener lugar ‘en el último día’, la del corazón tiene lugar o puede tenerla cada día. Hoy mismo”[2].

Recordemos aquí las palabras de San León Magno: “lo que ha de tener lugar en los cuerpos se realice ya en los corazones” (Sermón 15 sobre la Pasión del Señor; L. H. Jueves IV de cuaresma). Por tanto, la Vida Eterna nos viene dada con la sustancia de la Fe ya en el tiempo presente, dando respuesta a las aspiraciones más profundas y legítimas de toda persona. Al respecto comenta E. Leclerc[3]: “Respondiendo a la profunda aspiración de Marta de una vida sin desgarros, sin separaciones y sin lutos, Jesús apela a su fe. El que cree en él vive ya esta vida que triunfa sobre la muerte. Esta vida no es solamente para mañana, ni para el último día, ni para el más allá. Hoy está ya concedida. Ya está en el corazón de todo creyente. Esta vida puede atravesar la muerte, pero permanece intacta. La muerte no tiene poder sobre ella. Pues es una comunión con la vida eterna de Dios. No se reduce por otra parte a la inmortalidad del alma. En ella, es todo el hombre, todo lo vivo, quien participa ya del Hombre integral, en Cristo resucitado. En el corazón del hombre hay una semilla de resurrección. Semilla oculta pero activa, fuerza del principio que trabaja y suscita lo que vive en un aliento de esperanza. Esta vida, de la cual él tiene el secreto, Jesús no la puede revelar sino a través de un signo que acredita su misión y provoca la fe en su persona”.

 

A esta hermosa reflexión faltaría añadirle la relación entre el Bautismo y la Vida Eterna, tal como la presenta el Papa Benedicto XVI en su encíclica Spe Salvi nº 10 recordando el diálogo del sacerdote con los padres de los bautizandos: “El sacerdote preguntaba ante todo a los padres qué nombre habían elegido para el niño, y continuaba después con la pregunta: «¿Qué pedís a la Iglesia?». Se respondía: «La fe». Y «¿Qué te da la fe?». «La vida eterna». Según este diálogo, los padres buscaban para el niño la entrada en la fe, la comunión con los creyentes, porque veían en la fe la llave para «la vida eterna». En efecto, ayer como hoy, en el Bautismo, cuando uno se convierte en cristiano, se trata de esto: no es sólo un acto de socialización dentro de la comunidad ni solamente de acogida en la Iglesia. Los padres esperan algo más para el bautizando: esperan que la fe, de la cual forma parte el cuerpo de la Iglesia y sus sacramentos, le dé la vida, la vida eterna”.

A su vez el evangelio nos llama la atención sobre algo muy importante: el amor de Jesús por Lázaro, su amigo. Lo dice tres veces en el curso del relato (11,3.5.36). Y es importante porque nos revela el motivo último de nuestra esperanza en la vida eterna: el amor de Dios. Y es también la razón de nuestra vocación a la vida eterna. Podemos recordar aquí la conocida frase de Paul Claudel: “Amar a otro es decirle: tú no morirás”. Sólo Dios puede decir esto eficazmente. Y nos ama, por eso se lo dice a Lázaro y a todos los creyentes.

Aquí habría que hacer un alto y preguntarnos sinceramente: ¿creemos esto? Porque si lo hiciéramos de verdad, esta Fe en el Amor de Dios nos llevaría a vivir de un modo diferente, con Esperanza y confianza. De hecho podemos sentirnos “sepultados”, nos hemos quedado encerrados en nuestra tumba, sin ninguna esperanza de salir de ella. Nuestro sepulcro puede ser la rutina, la mediocridad, la renuncia a cambiar, a convertirse, la muerte a los sueños e ideales juveniles; la depresión, el odio, el mismo pecado. De todo esto quiere “resucitarnos” el Señor. Basta que creamos y escuchemos las tres ordenes en imperativo que da Jesús para resucitar a Lázaro: “Quiten la piedra”; “sal fuera”; “Desátenlo y déjenlo andar”. Todo un programa de vida, que nos involucra también a nosotros en cuanto podemos ayudar a los demás quitando la piedra de sus sepulcros y desatándolos para que caminen. Pero lo principal, hacer salir de la tumba, es obra de Jesús. Pero podemos ser instrumentos suyos, como bien lo explica el P. Cantalamessa:”Frecuentemente, las personas que se encuentran en esta situación no están en disposición de hacer nada, ni siquiera de orar. Son como Lázaro en la tumba. Es necesario que otros hagan por ellos. En los labios de Jesús ya encontramos este mandamiento dirigido a sus discípulos: “Curen enfermos, resuciten muertos” (Mt 10,8) […] Jesús se refería a los muertos de corazón, a los muertos espirituales […] El mandamiento de resucitar a los muertos está dirigido a todos los discípulos de Cristo […] Os desvelo cómo se hace para resucitar un muerto esta misma tarde o en los próximos días. ¿Tienes en casa o en el asilo a un padre anciano? Quizás su corazón esté muerto por el silencio de sus hijos. Hazle una llamada de teléfono de las hermosas; si puedes, prométele que mañana irás a verle. Probablemente ya has resucitado a un muerto. Tu marido, desmoralizado, ha salido de casa después de una enésima trifulca: llámale por teléfono, hazle renacer la confianza en el corazón. Lo mismo haz tu con tu mujer si eres el marido. Posiblemente habéis resucitado también vosotros un muerto”[4].

 

[1] G. Zevini – P. G. Cabra (eds.), Lectio Divina para cada día del año. Vol 3 (Verbo Divino; Estella 2001) 314.

[2] R. Cantalamessa, Echad las redes. Reflexiones sobre los Evangelios. Ciclo A (EDICEP; Madrid 2003) 108-109.

[3] El maestro del deseo. Una lectura del evangelio de Juan (PPC; Madrid 1999) 129-130.

[4] R. Cantalamessa, Echad las redes. Reflexiones sobre los Evangelios. Ciclo A (EDICEP; Madrid 2003) 111.

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