Parabola de los Talentos

Domingo 33º Durante el Año – La Parábola de los talentos

 

Parabola de los Talentos

DOMINGO 33 DURANTE EL AÑO CICLO “A”

Pbro. Damián Nannini

 

 

Primera lectura (Prov 31,10-13.19-20.30-31):

 

Los proverbios sobre la mujer ideal que leemos en este domingo cierran justamente todo el libro de los Proverbios. En ellos el autor describe y exalta el ideal de mujer según la concepción propia de su época, que tenía en cuenta solamente la condición de esposa, madre y ama de casa; y todo esto al servicio del marido. Más allá de la cuestión del rol de la mujer en la familia y en la sociedad de hoy, el texto ha sido elegido, pensamos, por el elogio que hace de la laboriosidad de la mujer. La mujer ideal es la que sabe hacer buen uso de las capacidades que Dios le dio; y con este mensaje nos prepara para la parábola de los talentos que nos ofrecerá el evangelio de hoy.

 

Segunda Lectura (1Tes 5,1-6)

 

La forma de comenzar este capítulo nos sugiere que Pablo está respondiendo, al igual que en 4,9-12, a una pregunta hecha por los tesalonicenses acerca del tiempo y del momento. En esta expresión el “tiempo”, jrónos (cro,noj), indica el tiempo en general o lineal; mientras que “momento”, kairós (kairo,j) es el tiempo específico, momento u ocasión. Aquí ambos están formando una endíadis, es decir, dos términos juntos expresando un único concepto que equivale a la expresión ‘el fin de los tiempos’ o el tiempo final.

Este sentido escatológico se confirma por la siguiente referencia a ‘el día del Señor’ que es una imagen bíblica originada en la tradición profética (cf. Am 5,18; Jl 2,1; So 1,7) y presente también en el NT (cf. He 2,20; 1Cor 5,5). Es interesante notar que en su formulación tradicional el Señor es Dios (yóm Yhwh) pero termina identificándose con el día de Cristo Jesús (Flp 1,6.10).

El tiempo final o día del Señor se compara con la venida de un ladrón. Esta comparación es común en el NT (cf. Mt 24,43; Lc 12,39; 2 Pe 3,10; Ap 3,3; 16,15) y sirve para indicar lo repentino e inesperado del mismo. Este carácter inesperado se retoma en el v. 3 por contraste con lo que dice la gente: paz y seguridad; que nos recuerdan las palabras de los falsos profetas (cf. Jer 6,14; Ez 13,10.16). Vale decir que la percepción de la realidad que tiene la gente común no es la correcta pues piensan que todo está bien, cuando no es así. Para reforzar el aspecto de repentino e inevitable Pablo recurre a la imagen de la mujer encinta a quien le llegan de repente los dolores del parto (cf. Jr 6,24). Este versículo 3 termina con una frase algo amenazante: no podrán escapar o huir. Por tanto el día del Señor no sólo será repentino sino también inevitable. Aquí Pablo se está refiriendo a los que no han recibido el evangelio; a los de afuera; hijos de la noche y de las tinieblas; a los que persiguen y causan sufrimiento a los cristianos de Tesalónica.

Los versículos siguientes giran en torno a la oposición entre los cristianos, hijos de la luz y del día; y los otros (no identificados explícitamente), hijos de la noche y de las tinieblas. En esta situación de confrontación la exhortación de Pablo en el v. 6 es a la vigilancia y a la sobriedad.

En síntesis, Pablo no insiste en el cuándo tendrá lugar el fin escatológico, que no sabemos, sino en el cómo vendrá: de modo repentino e inevitable. Frente a esto enseña cuáles la conducta a observar en el entretiempo: vigilancia y sobriedad.

 

Evangelio (Mt 25, 14-30)

 

Este evangelio pertenece al quinto y último sermón de Jesús conocido como “discurso escatológico” (Mt 23,1-25,46). Nos encontramos, por tanto, ante una parábola de juicio que complementa la anterior (las diez vírgenes) y prepara la siguiente (el juicio final). Así, su punto focal es la rendición de cuentas que tienen que hacer los servidores ante su Señor quien les ha confiado los talentos. Los detalles de la narración están en función de esto mostrando dos actitudes contrapuestas ante los dones recibidos en custodia en esta vida.

Tener en cuenta este contexto mayor del discurso escatológico es por demás de importante por cuanto esta parábola ha dado lugar a múltiples y contrapuestas interpretaciones. En efecto, cuando perdemos de vista su sentido global y su contexto, y se comienza a entrar en el análisis de los detalles buscando las alegorizaciones, posiblemente terminemos en un callejón sin salida. Así hay quienes se sienten molestos porque les parece que la parábola justifica la explotación, el lucro, el mercado financiero y hasta la ideología capitalista[1].

La parábola comienza justamente narrando las acciones de un señor o amo quien, antes de emprender un viaje, les confía sus bienes a sus servidores. Estos son tres y reciben cantidades distintas de talentos, cinco, dos y uno, “cada uno según su capacidad”. El talento era originalmente una medida de peso equivalente a 60 Kg. de metal precioso. Como valor monetario representaba unos 6000 dracmas o denarios, esto es, jornales diarios. Se trata, por tanto, de sumas considerables de dinero.

Luego se describen las acciones de los tres servidores. Los dos primeros “inmediatamente” negocian el dinero y obtienen el doble de ganancia. En cambio el tercero esconde en un campo el talento, lo pone a resguardo, según una costumbre común en Oriente Medio por aquel tiempo.

Llega el amo o señor y comienza la “rendición de cuentas”. Los dos primeros dan cuenta de las ganancias obtenidas y reciben el mismo reconocimiento de su señor: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.”

El señor los reconoce como buenos y fieles en lo poco, por lo que se han hecho merecedores de que se les confíe mucho más y de entrar en el gozo de su señor. Es muy interesante lo que anota L. Monloubou[2]: “En tanto que la distribución de los talentos era desigual, lo que ahora preside el juicio del dueño es la igualdad. Los dos primeros siervos, a pesar de conseguir rentas desiguales, reciben el mismo elogio y promesas absolutamente iguales. El dueño juzga, por lo tanto, no por la suma de las rentas que le es presentada, sino por la calidad del trabajo llevado a cabo. Los dos siervos han actuado de modo equivalente, en el sentido de que cada uno obró conforme a sus capacidades”

Sigue luego la rendición de cuentas del tercer servidor que incluye un diálogo con su señor. En efecto, el servidor comienza describiendo al amo o señor como alguien duro y extremadamente exigente, al punto de provocarle temor; y es por ello que no arriesgó el talento y se lo devuelve sin intereses. Según los comentaristas lo dicho por el siervo, especialmente la última frase, suena como irrespetuosa e irreverente.

El señor de la parábola, al dar su juicio, deja en claro que lo dicho por el servidor no era más que una excusa y lo cataloga de “malo y perezoso”. El término griego que se traduce por perezoso es común en algunos libros sapienciales que presentan claramente a la pereza como antivalor (cf. Prov 6,6; 20,4; 26,14)

En clara contraposición a la recompensa de los dos primeros servidores – entrar en el gozo de su señor – la sentencia contra el tercero es: “Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes”. Esta última expresión es común en Mateo para referirse al castigo de los malos en el juicio final (cf. Mt 13,41-42.49-50). Esta alusión al castigo escatológico de los malos nos parece importante pues confirma el carácter de parábola de juicio de toda la narración.

 

Algunas reflexiones:

La primera lectura y el evangelio de hoy nos invitan a considerar la necesidad del obrar del hombre tanto en el orden natural como sobrenatural. En otros términos, se invita a la fidelidad activa en relación a los talentos recibidos. En este sentido la interpretación común del pueblo fiel sobre esta parábola de hoy es válida: se trata de una fuerte invitación a poner los talentos personales al servicio de la comunidad, al servicio del Reino. Los talentos representan lo que hemos recibido de Dios, o sea, todo. Por tanto se refiere a los dones naturales, morales y espirituales. Sería perder tiempo quedarse en comparaciones odiosas sobre quien recibió más o quién recibió un don mejor (como hacían los corintios con los carismas; cf. 1Cor 12-14). Lo cierto es que el Señor ha dejado mucho en nuestras manos para que demos frutos. Nos trata como seres responsables y libres, capaces de arriesgar creativamente lo que nos ha dado, buscando el bien de todos.

Lo contrario es la actitud timorata que esconde el talento; pero que también esconde su propia pereza; su conformismo mediocre. Si en el orden material puede darse que lo que se guarda se preserva; no sucede así en el orden espiritual. Como suele decirse, en el orden espiritual no avanzar es retroceder. Y también que la fe es como el agua, si no corre se pudre.

Es la dinámica propia de la Palabra de Dios (y varios padres de la Iglesia dicen que los talentos son la Palabra de Dios) que es comparada por Jesús con una semilla sembraba. La misma encierra toda la potencialidad para florecer y dar fruto; pero necesita que el terreno del corazón sea bueno y aporte lo suyo. De lo contrario toda su potencia y su energía quedarían frustradas.

Nadie está exento del todo de la tentación de la tibieza y mediocridad. Más aún, es nuestra gran amenaza como nos recuerda Aparecida citando al Papa Benedicto XVI: “No resiste a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza “es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”[3][7]. (DA nº 12).

Sobre lo nefasto de esta actitud derrotista en la misión nos dice el Papa Francisco en EG n° 85: “Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad» (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal. El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica”.

El remedio es estar vigilantesdespiertos y sobrios; tal como aconseja San Pablo en la segunda lectura de hoy. Y a esto le sumamos la otra faceta de la vigilancia que nos ofrece la parábola de los talentos: “vigilar es cooperar seria y responsablemente con el don recibido pues hay que dar cuenta de él”[4].

Por último, y dado que estamos en el mes de María, nos puede ayudar la reflexión H. U. von Balthasar[5] al respecto: “El Antiguo Testamento pone ante nuestros ojos en la primera lectura el modelo de este compromiso genuinamente cristiano en la mujer hacendosa. El cristiano, ante esta trabajadora ejemplar, piensa enseguida en María: «Su marido se fía de ella»; Cristo puede confiarle todos sus bienes, pues «le trae ganancias y no pérdidas». Gracias a su sí, a su perfecta disponibilidad para todo, para la encarnación, para el abandono, para la cruz, para su incorporación a la Iglesia: gracias a todo lo que ella es y hace, puede él construir lo mejor de lo que Dios ha proyectado con esta creación y redención. En medio de los múltiples pecadores que dicen no y fracasan, ella es la inmaculada, la Iglesia sin mancha ni arruga”.

En fin, mirando e imitando a María, pongamos manos a la obra con la viva esperanza de recibir la aprobación del Señor y de tener parte en su Gozo.

 

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