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Solemnidad de Cristo Rey – Domingo 34º Durante el Año

 

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el cual el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Jesús se identifica con los pobres. Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios”

Comentario del P. Damián Nannini

 

Primera lectura (Ez 34,11-12.15-17):

El capítulo 34 de Ezequiel comienza con unos oráculos de condena a los pastores de Israel que se apacientan a sí mismo y no al rebaño (34,1-10). Luego de esta denuncia Dios anuncia por medio del profeta que Él mismo cuidará de su rebaño. Aquí comienza el texto de este domingo. Esta promesa de actividad “pastoral” directa del mismo Dios viene descrita como ideal: se ocupará de sus ovejas estando en medio de ellas, las librará, las apacentará y llevará a descansar, buscará la oveja perdida y la descarriada, curará las enfermas. Podemos decir que, al contrario de los pastores que buscaban ante todo su propio bien, Dios busca el bien de las ovejas, se ocupa y preocupa por ellas. Es una imagen de la caridad pastoral en su fuente: Dios.

El oráculo cierra con unas palabras de Dios dirigidas directamente a sus ovejas: les anuncia que “juzgará entre oveja y oveja, entre carneros y chivos”. Esta actitud judicial no hay que contraponerla con la actitud de amor antes descrita, sino que hay que integrarla. El Señor es al mismo tiempo el Buen Pastor y el Juez de las ovejas.

 

Segunda Lectura (1Cor 15,20-26.28)

 

Este texto forma parte de una sub-sección (15,12-34) donde San Pablo busca demostrar la intrínseca unidad que existe entre la resurrección de Cristo, afirmada como núcleo del kerigma, y la resurrección de los muertos, situación que es posible iluminar a partir de la fe recibida.

Pablo comienza su argumentación (15,12-19) con una serie de oraciones condicionales que sacan a luz la flagrante contradicción en que caen quienes afirman que los muertos no resucitan. En un segundo momento de su argumentación (15,20-28, el texto de hoy) Pablo comienza afirmando claramente la verdad de la resurrección de Cristo y cómo la misma es la garantía de la resurrección futura de los cristianos. Para demostrar esta relación entre la resurrección de Cristo y la de los cristianos, que negaban algunos corintios, recurre a la comparación antitética entre Adán y Cristo (tema que desarrollará en Rom 5). Por aquel vino la muerte para todo hombre, por Cristo viene la vida, también para todos los hombres. Pero con un orden progresivo: primero Cristo, ya resucitado, luego, en la parusía, los que son de Cristo; y la conclusión con el sometimiento de todo a Dios Padre.

Este texto paulino relaciona la soberanía o reinado de Cristo con su Resurrección; con la aniquilación de todo Principado, Dominio y Poder; y con su victoria sobre la Muerte, el último enemigo. Una vez que todo ha sido sometido al Hijo, Él entregará el Reino al Padre.

Cristo es presentado con su soberanía real, pero precisando que su poder se manifiesta en el perdón del pecado de Adán, en la reconciliación de los hombres con Dios al liberarlos de todo lo que les impide una vida plena. Jesús, el Hijo de Dios resucitado, es Rey soberano que venció al pecado y a la muerte, y que entrega el Reino al Padre, fin último de todo.

 

 

Evangelio (Mt 25, 31-46)

 

Esta parábola cierra el discurso escatológico en el evangelio de Mateo, aspecto a tener en cuenta a la hora de su interpretación.

Desde el comienzo el texto nos invita a representarnos el juicio universal a través de las imágenes del hijo del hombre que viene en su gloria rodeado de ángeles y se sienta en su trono glorioso. Una vez que el hijo del hombre asume su papel de juez universal su primera acción es convocar ante él a “todas las naciones” (pa,nta ta. e;qnh). Dado que tanto en la LXX como en el mismo evangelio de Mateo (cf. Mt 4,15; 6,32; 10,5.18; 20,19; 24,14) cuando se habla de “las naciones” suele referirse a los pueblos paganos, no-judíos, algunos exégetas piensan que se trata del juicio de éstos solamente, de los gentiles. Pero el contexto del discurso de las parábolas, donde forman parte de los juzgados también los miembros de la comunidad, invita a una interpretación universal del término. Se trataría de una anticipación de Mt 28,19 donde la misma expresión (pa,nta ta. e;qnh) se refiere a todos los pueblos, sin excepción alguna. En síntesis, se trata del juicio universal, de todos los hombres. “Es un juicio sobre el hombre”, dice el Cardenal Martini[1].

Una vez que han comparecido todas las naciones, el Juez universal “separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos”. El verbo separar (avfori,zw) ya lo utilizó Mateo con este sentido judicial final en 13,49 donde los ángeles “separarán a los malos de entre los justos”. Las ovejas son colocadas a la derecha, que es el lado del poder y del triunfo (Sal 110,1: “Dice el Señor a mi Señor siéntate a mi derecha”; He 2,33: “[Jesús] exaltado por la diestra de Dios”; He 7,55: “Esteban, lleno del Espíritu Santo y con los ojos fijos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús, que estaba de pie a la derecha de Dios”). Los cabritos van a la izquierda[2].

La sentencia del Rey comienza con los de la derecha, quienes son llamados “benditos de mi Padre” y son invitados a entrar en posesión del Reino prometido. Siguen las razones de este juicio favorable: el Rey confiesa haber sido objeto de seis obras de misericordia por parte de ellos. Mateo presenta aquí una lista de seis situaciones de carencia: hambre, sed, forastero, desnudo, enfermo y preso que son cubiertas por obras de amor, y que son comunes en la tradición bíblica y judía[3].

Toman la palabra los de la derecha, que ahora son identificados como “los justos”, y preguntan cuándo han realizado estas obras en favor del Rey. Por tanto, los justos no son conscientes de haber hecho estas obras de amor al mismo Cristo. Sería apresurado concluir de este desconocimiento de Cristo que estas obras de amor son lo único importante, dejando de lado la fe o la misma confesión de Cristo, que es exigida en otras partes del evangelio. Se trata más bien de un tema literario que sirve para la argumentación de la parábola, como veremos más adelante.

La respuesta del Rey importa citarla literalmente: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (25,40). Nos informa J. Jeremías que en un texto rabínico (Midr. Tann. sobre Dt 15,9) se lee que Dios dice a Israel: “Hijos míos, si habéis dado de comer a los pobres, os lo tengo en cuenta como si me hubieseis dado de comer a Mí” y que en Mt 25,40 Jesús está colocado en lugar de Dios[4].

Las distintas interpretaciones de la parábola surgen de la identificación de estos “hermanos míos más pequeños de Jesús”. La interpretación hoy más difundida los identifica con todos los hombres necesitados, tanto cristianos como no cristianos. Como nos informa U. Luz[5], esta interpretación no es antigua sino que se origina en el s. XIX con la exégesis liberal que propugna un cristianismo no dogmático y práctico. Adquiere, más recientemente, una fuerte adhesión por parte de la teología de la liberación quienes hablan del sacramento del pobre o del prójimo como camino hacia Dios. Por su parte la interpretación eclesial clásica o antigua ve en los hermanos míos más pequeños a los miembros de la comunidad cristiana.

Ahora bien, en el evangelio de Mateo se llama hermanos de Jesús a los que cumplen la voluntad del Padre, más concretamente, a los discípulos o apóstoles (12,49-50; 28,10). Si recordamos también Mt 10,40-42 (“El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió. 41 El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo, tendrá la recompensa de un justo. 42 Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa”) la interpretación se orienta por la identificación con los discípulos de Cristo en sentido amplio, incluyendo los misioneros itinerantes, como sostiene U. Luz, quien, no obstante, piensa que es legítimo ampliar el sentido literal del texto hacia una interpretación universalista.

  1. Rivas es de parecer semejante, pues primero reconoce que “hermanos de Jesús” y “pequeños” son dos nombres que se da a los discípulosen el evangelio, “pero lo más sorprendente de las palabras del evangelio es que Jesús se está dirigiendo a todas las naciones, y no hay indicios de que esté tratando de la situación de los cristianos dispersos por el mundo, sino más bien de todos los menesterosos, sin diferencia de origen o de religión. Jesús se solidariza con estos necesitados hasta el punto de que considera como hecho a él mismo todo lo que se haga a quienes se encuentran en estas situaciones, aunque no sean cristianos”[6].

Una vez resueltas estas cuestiones, la segunda parte de la parábola – la reprobación de los de la izquierda – es clara: se los condena por no haber asistido a Cristo en los necesitados.

El Card. Martini, analizando la estructura literaria de esta parábola, concluye que la misma “está construida con gran simetría y el peso cae sobre los dos finales: «cada vez que lo habéis hecho, lo habéis hecho a mí» y «cuando no lo habéis hecho, no lo habéis hecho a mí»”. Es aquí, dice Martini, donde está la enseñanza fundamental de la parábola: “la relación del hombre con el Hijo del hombre se juega en la relación entre el hombre y el hombre […] porque hay una relación especial entre la relación con Dios y la relación con el prójimo: las dos cosas se juegan juntas […] hay una relación particular del pequeño y del pobre con Dios. Estas dos cosas siguen estrechamente unidas e inseparables; Jesús no dice aquí: no importa la relación con Dios, sólo interesa la relación entre los hombres, sino: estos dos aspectos tienen que ir unidos. De ninguna manera se trata de una enseñanza de horizontalismo, sino que se nos dice que lo fundamental del hombre es el Reino de Dios, la relación con Dios, que se establece en esta relación con el prójimo” [7].

 

Algunas reflexiones:

 

El fin del año litúrgico obviamente nos invita a meditar sobre el fin de la historia y el juicio final. Pero en primer lugar nos invita a dirigir nuestra mirada de fe a Cristo Rey, Señor y Juez Universal. Es Él quien nos juzgará en nombre de Dios y por eso importa atender a sus criterios de juicio. Las lecturas de hoy nos presentan distintas imágenes del juicio.

 

La primera lectura nos llama a considerar de modo exclusivo el juicio de Dios, no el de los hombres. En efecto, los pastores-jueces de Israel no supieron juzgar-pastorear con criterios divinos al pueblo, por ello Dios mismo asume personalmente el rol de Pastor-Juez. Aquí se nos revela que Dios es el Buen Pastor que se ocupa y preocupa por sus ovejas. Pero esta suprema bondad va unida también con la justicia pues separará a buenos de malos.

 

La segunda lectura nos presenta a Jesús vencedor del pecado y de la muerte quien presenta el Reino definitivo a Dios Padre. Aquí son juzgados-condenados los enemigos de los hombres y de Dios: los poderes soberbios y la muerte.

 

El evangelio retoma la imagen del Juez y Rey soberano que separa entre buenos y malos. Ahora sí, el gran aporte es el criterio de juicio que será el amor concreto al prójimo necesitado. En efecto, Mateo insiste en el hacer, en las buenas obras. “No se trata de los sentimientos que tuvieron por los pobres, ni de las intenciones, ni de las horas dedicadas a hablar sobre ellos lo que nos hará del grupo de las ovejas sino lo que concretamente hagamos por ellos, los gestos de ayuda y solidaridad”[8].

 

Al respecto el Papa Benedicto XVI hace referencia al evangelio de hoy en su encíclica “Dios es amor” resaltando su importante lugar en el mensaje de Jesús.

 

“En fin, se ha de recordar de modo particular la gran parábola del Juicio final (cf. Mt 25, 31-46), en el cual el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Jesús se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (DEA nº 15).

También es Papa Francisco cita este evangelio en Evangelii Gaudium resaltando su importancia y vigencia para la vida cristiana:

N° 179. “Esta inseparable conexión entre la recepción del anuncio salvífico y un efectivo amor fraterno está expresada en algunos textos de las Escrituras que conviene considerar y meditar detenidamente para extraer de ellos todas sus consecuencias. Es un mensaje al cual frecuentemente nos acostumbramos, lo repetimos casi mecánicamente, pero no nos aseguramos de que tenga una real incidencia en nuestras vidas y en nuestras comunidades. ¡Qué peligroso y qué dañino es este acostumbramiento que nos lleva a perder el asombro, la cautivación, el entusiasmo por vivir el Evangelio de la fraternidad y la justicia! La Palabra de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros: «Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, lo hicisteis a mí» (Mt25,40). Lo que hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente: «Con la medida con que midáis, se os medirá» (Mt 7,2); y responde a la misericordia divina con nosotros: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará […] Con la medida con que midáis, se os medirá» (Lc 6,36-38). Lo que expresan estos textos es la absoluta prioridad de la «salida de sí hacia el hermano» como uno de los dos mandamientos principales que fundan toda norma moral y como el signo más claro para discernir acerca del camino de crecimiento espiritual en respuesta a la donación absolutamente gratuita de Dios. Por eso mismo «el servicio de la caridad es también una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y expresión irrenunciable de su propia esencia». Así como la Iglesia es misionera por naturaleza, también brota ineludiblemente de esa naturaleza la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve.

 

N° 209-210: “Jesús, el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona, se identifica especialmente con los más pequeños (cf. Mt 25,40). Esto nos recuerda que todos los cristianos estamos llamados a cuidar a los más frágiles de la tierra. Pero en el vigente modelo «exitista» y «privatista» no parece tener sentido invertir para que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida”. “Es indispensable prestar atención para estar cerca de nuevas formas de pobreza y fragilidad donde estamos llamados a reconocer a Cristo sufriente, aunque eso aparentemente no nos aporte beneficios tangibles e inmediatos: los sin techo, los toxicodependientes, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos cada vez más solos y abandonados, etc”.

 

Es conocida y muy citada la frase de San Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida te examinarán en el amor”. Y es muy exacta. Se trata del amor como búsqueda del bien del prójimo, de donación y entrega sincera de sí mismo a los demás. En la profecía de Ezequiel se condena justamente a los pastores que se apacientan a sí mismos, que no se ocupan del rebaño; en fin, que no aman. Por el contrario, el pastoreo de Dios es obra de amor. El mismo criterio parece aplicarse a las ovejas y cabritos de la parábola. Los justos han sabido amar, preocuparse y ocuparse de los necesitados. Los injustos han vivido sólo para sí mismo, sin preocuparse de las necesidades de los demás.

 

Para terminar, y para evitar interpretaciones erróneas, bien vale citar la recomendación que al respecto nos hace L. Rivas[9]: “Finalmente, conviene reiterar que el texto de la descripción del juicio final es un texto didáctico. Pretende instruirnos acerca de un aspecto de la vida cristiana, sin ocuparse de otros. No se dice nada, por ejemplo, de la necesidad de la fe para alcanzar la salvación. Se cometería un grave error si se absolutizara este texto y, prescindiendo de otros textos igualmente importantes, se dijera que toda la vida cristiana se puede circunscribir sola y exclusivamente a la atención de los necesitados”.

Sólo faltaría añadir que esta intención didáctica de la parábola nos hace descubrir, en cierto modo, que Jesús nos está diciendo las preguntas del examen final. Es decir, más que discutir sobre si es justo que Cristo condene a los que no sabían de su identificación con los necesitados, lo importante es que nosotros ahora sí lo sabemos y que sobre esto mismo seremos juzgados.

 

 

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

 

Vengan Benditos!

 

Oh Rey!

Rey y Señor de todos nosotros,

Es invisible tu Reino a nuestros corazones?

Pero si lo haz preparado tú mismo,

Desde el comienzo del mundo, destinado a todos los hombres!

 

Por qué vamos desorientados

Si el camino tiene como señal, el dolor, la soledad,

El frío y el hambre de tantos hermanos!

 

Acaso no fuiste tú el actor y el testigo

No nos dejaste en tu Cruz, el trono de luz

Que ilumina el sendero del cristiano cuando se ha perdido?

 

Bendito seas Señor, por tu justicia de Amor

Para los más pequeños y sencillos!

 

Ocuparnos de la labor, de socorrer al menor

Que tanto pide hoy nuestro auxilio

Es la cuenta que ha de rendir cada obrero o pastor,

Capataz o peón del Reino que has construido.

 

Y para verlo desde ahora, en este mundo tan herido

Es preciso levantar de la basura al pobre y al desvalido.

 

Haznos alimento como te hiciste tú

Asumiendo nuestro pecado y a Dios ofrecidos

Porque la Resurrección nos aguarda

Tu voz escucharemos gozosos: Vengan Benditos!

Amén.

[1] El Evangelio eclesial de San Mateo (Paulinas; Bogotá 1986) 32.

[2] J. Jeremías nos informa que en Palestina ovejas y cabras pacen juntas durante el día pero a la noche separa el pastor las ovejas de las cabras porque son afectadas más por el frío y deben estar a resguardo mientras que las ovejas pueden quedar al aire libre; cf. Las parábolas de Jesús (Verbo Divino; Estella 1986) 250.

[3] Cf. U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. III (Sígueme; Salamanca 2003) 685.

[4] Cf. Las parábolas de Jesús (Verbo Divino; Estella 1986) 251.

[5] Cf. El Evangelio según San Mateo vol. III (Sígueme; Salamanca 2003) 667-676.

[6] Jesús habla a su pueblo. Ciclo A (CEA; Buenos Aires 2001) 263.

[7] El Evangelio eclesial de San Mateo (Paulinas; Bogotá 1986) 33-35.

[8] Cristo Reina. Orientaciones para las homilías desde el domingo XXIII hasta el domingo XXXIV “Durante el año”. Ciclo A (CEA; Buenos Aires 1999) 174.

[9] Jesús habla a su pueblo. Ciclo A (CEA; Buenos Aires 2001) 265.

 

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