Roma 3 087

Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán – 9 de noviembre

“La Iglesia está en la historia, pero al mismo tiempo la trasciende. Solamente “con los ojos de la fe” se puede ver al mismo tiempo en esta realidad visible una realidad espiritual, portadora de vida divina” (CIC nº 770).

Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán –  9 de noviembre

del P. Damián Nannini

Primera lectura (Ez 40,1.3; 47,1-2.8-9.12)

La profecía de Ezequiel llega a un punto culminante con la imagen de los huesos secos que reviven por la acción del Espíritu (ruah) representando el resurgimiento de Israel como pueblo de Dios (cf. Ez 37). Ahora bien, con la certeza en esta acción de Dios en favor de su pueblo, Ezequiel se dedica a proyectar el Israel del futuro. En los capítulos 40 a 48, conocidos como la Torá de Ezequiel, diseña mentalmente el templo, el culto, el gobierno, la administración. Su aporte nos muestra cómo la reconstrucción teológica de Israel precedió a su reconstrucción física. Si el libro comenzó con la ida de la gloria de Yavé a vivir con los desterrados, tiene un justo final con su vuelta a Jerusalén: “Y en adelante, el nombre de la ciudad será: «El Señor está allí»”. (Ez 48,35).

Justamente esta presencia del Señor en el templo o santuario lo transforma en una fuente de vida, idea expresada con el claro símbolo del agua. Se trata de una realidad que el oriental desea con todo su ser y es la palabra que domina todo el capítulo 47[1]. Ezequiel recibe en visión una especie de “visita guiada” por el Templo de Jerusalén y constata que el agua brota del umbral del templo y bordea el altar; y a su paso todo lo vivifica, saneando incluso las aguas del mar muerto y haciendo surgir allí plantas con frutos alimenticios y hojas medicinales. Del Templo, lugar de la presencia de Dios, brota la vida.

Segunda lectura (1Cor 3,9-11.16-17)

Para entender este texto debemos recordar que en 1Cor 1-4 san Pablo aborda la cuestión de las divisiones surgidas en el seno de la comunidad de Corinto. Al parecer las mismas se debían a las comparaciones entre los diversos apóstoles que hacían los corintios desde un punto de vista meramente humano, subordinando la verdad del evangelio a la elocuencia del predicador. San Pablo condena fuertemente esta actitud ya que con ella desplazan a Cristo Crucificado de su lugar de único fundamento de la fe y de la Iglesia, atentando así contra el núcleo mismo de la fe cristiana. En 1Cor 3,3-5 les demuestra a los corintios que si hay divisiones es porque son “carnales”, piensan de modo puramente humano y, por tanto, no comprenden la Sabiduría de Dios, la lógica de la Cruz. Después de esta “reprimenda” busca iluminar a los corintios acerca del lugar que le corresponde al apóstol en la Iglesia y lo hará con dos ejemplos. En 3,6-9 toma la comparación con el cultivo y la presentación es teológica. En 3,10-17 sigue el modelo de la construcción, ahora con un acento cristológico y al final pneumatológico. La concepción final de la comunidad cristiana es grandiosa: son un templo edificado sobre el fundamento que es Jesucristo y habitado por el Espíritu Santo. Ante esto los constructores (apóstoles) y el material (su manera de obrar) pasan a segundo plano. A modo de síntesis del pensamiento paulino podemos decir:

  • La Iglesia es principalmente obra de Dios.
  • Cristo es el único fundamento sobre el que se debe construir.
  • En este Templo vivo, que es la comunidad, habita el Espíritu Santo.

Evangelio (Jn 2,13-22)

Este relato joánico está situado durante la primera subida de Jesús a Jerusalén para la fiesta de Pascua. El mismo consta de dos partes. En la primera se narra la expulsión de los vendedores del Templo. Vale aclarar que mucha gente acudía a Jerusalén para la fiesta de Pascua con la intención de ofrecer los sacrificios rituales que estipulaba la Ley de Moisés. Ahora bien, los animales para el sacrificio los compraban allí mismo; y también allí la gente cambiaba sus monedas de uso corriente, consideradas impropias para ofrecerlas en el templo, por el dinero autorizado. Ante este espectáculo Jesús realiza un gesto profético: con un látigo “corre” de allí a los vendedores y a los cambistas. El gesto viene iluminado por la palabra: “No hagan de la Casa de mi Padre una casa de comercio” (Jn 2,16). Estas palabras de Jesús son de gran fuerza, pues llama al mismísimo templo de Jerusalén la Casa de su Padre, por lo que se presenta a sí mismo como Hijo de Dios.

En la segunda parte los judíos piden a Jesús que con un signo acredite su autoridad como enviado de Dios. La respuesta de Jesús tiene un sentido elevado que los judíos no alcanzar a comprender bien: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar” (Jn 2,19). Por su parte, los discípulos lo comprenderán después de la muerte y resurrección de Jesús: “él se refería al templo de su cuerpo” (Jn 2,21).

Por tanto: “El Templo que Jesús va a levantar no será otro como el que existía en Jerusalén, sino que será su cuerpo glorificado. Su cuerpo muerto en la cruz y resucitado a los tres días será el “signo” que ofrecerá a los judíos. Esta es la verdadera Casa del Padre, el lugar donde Dios habita y se encuentra con los hombres […] Jesús construirá un nuevo Templo en lugar del Templo de Jerusalén, y los sacrificios ordenados por la legislación del Antiguo Testamento ya no tendrán razón de existir después que se hizo presente el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo”[2].

Algunas reflexiones:

La importancia dada a la fiesta de la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán tiene sus razones históricas y teológicas. En efecto, esta basílica, donada y construida por el emperador romano Constantino después de su conversión al cristianismo; fue consagrada en el año 324 por el papa Silvestre I y fue la sede de los papas hasta el año 1304. Por tanto, como catedral de Roma es considerada “cabeza y madre de todas las iglesias de Roma y del mundo”.

Primeramente fue dedicada a Cristo Salvador; pero en el año 846 fue destruida por un terremoto y tuvo que ser reconstruida en su totalidad por el papa Sergio III, quien la dedicó a san Juan Bautista, por ser éste quien con su persona y su palabra pone en contacto el Antiguo y Nuevo Testamento. En el siglo XII el papa Lucio II también dedicó la basílica a san Juan, porque con su evangelio da testimonio de la vida y la Palabra del Señor. El nombre de “Letrán” le viene por la familia “Laterano”, a quienes pertenecía este palacio devenido en basílica.

Ahora bien, más allá de la fiesta de la dedicación de esta basílica concreta, la liturgia nos invita a reflexionar sobre el misterio de la Iglesia y tomar impulso y motivación para la necesaria renovación que el Señor nos pide a través del Papa Francisco: “Pablo VI invitó a ampliar el llamado a la renovación, para expresar con fuerza que no se dirige sólo a los individuos aislados, sino a la Iglesia entera. Recordemos este memorable texto que no ha perdido su fuerza interpelante: «La Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio […] De esta iluminada y operante conciencia brota un espontáneo deseo de comparar la imagen ideal de la Iglesia -tal como Cristo la vio, la quiso y la amó como Esposa suya santa e inmaculada (cf. Ef 5,27)- y el rostro real que hoy la Iglesia presenta […] Brota, por lo tanto, un anhelo generoso y casi impaciente de renovación, es decir, de enmienda de los defectos que denuncia y refleja la conciencia, a modo de examen interior, frente al espejo del modelo que Cristo nos dejó de sí». El Concilio Vaticano II presentó la conversión eclesial como la apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo: «Toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación […] Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad» (EG n° 26).

Ante todo importa recuperar la dimensión mistérica de la Iglesia, o sea la Iglesia como misterio de fe. Es cierto que la palabra “misterio” no suele entenderse hoy en el sentido que la Tradición de la Iglesia quiere darle. Si hace falta cambiemos la palabra, pero no la realidad por ella expresada ya que “el Misterio de la Iglesia está inscrito ya en el primero, el más elemental y el más popular de nuestro símbolos de la fe. Credosanctam Ecclesiam catholicam […] Al decir “Creo a la santa Iglesia católica”, nosotros proclamamos nuestra fe no “en la Iglesia”, sino “a la Iglesia”, es decir, en su existencia, en su realidad sobrenatural, en sus prerrogativas esenciales […] profesamos que la Iglesia ha sido formada por el Espíritu Santo, que es su obra propia, el instrumento por medio del cual nos santifica. Afirmamos que en ella es donde, por la fe que nos comunica, tenemos parte en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados y en la resurrección de la carne para gozar de la Vida […] Creemos por fin que esta Iglesia existe no para sí misma, sino para Dios”[3].

La relación final del sínodo extraordinario de Obispos de 1985 ha insistido mucho en esta dimensión trascendente como respuesta a una mirada secularista que prescinde de la misma en todo, también en la Iglesia. Y este carácter esencial de misterio la Iglesia lo recibe por su relación con el Misterio de Dios, con el Misterio de Cristo. No se trata de exaltar la Iglesia en sí misma, fruto de resabios clericalistas. Se trata, simplemente, de recordar la vinculación esencial de la Iglesia con Cristo: “La Iglesia se hará más creíble si habla menos de sí y predica cada vez más a Cristo crucificado (cfr. 1Cor 2,2). De esta forma es la Iglesia sacramento, es decir, signo e instrumento de comunión con Dios y también de comunión y de reconciliación de los hombres entre sí… Toda la importancia de la Iglesia deriva de su conexión con Cristo… todo lo que se dice de la Iglesia ha de entenderse a la luz del misterio de Cristo o de la Iglesia en Cristo. Jesucristo está siempre presente en su Iglesia y en ella vive resucitado. A partir de esa conexión de la Iglesia con Cristo, se entienden todas las demás características enunciadas por la Lumen Gentium” (Sínodo Extraordinario de Obispos, Relación final, II parte, A, 2,3).

De igual modo lo presenta el Catecismo: “La Iglesia está en la historia, pero al mismo tiempo la trasciende. Solamente “con los ojos de la fe” se puede ver al mismo tiempo en esta realidad visible una realidad espiritual, portadora de vida divina” (CIC nº 770).

Por tanto, pidamos tener una mirada de fe que reconozca en la realidad humana e institucional que es la Iglesia, la presencia y la acción de Jesucristo y del Espíritu Santo. Se trata de una realidad humana, pues está compuesta por hombres, pero que transciende lo humano. El término justo para expresar esto es “misterio”: la Iglesia es un misterio de fe. En teología un misterio es una realidad que no se puede comprender plenamente sino desde la revelación, desde la fe. La Iglesia, análogamente al misterio de Cristo, tiene una doble dimensión, una realidad humana pero a la vez trascendente, divina. Este ha sido un gran aporte del Concilio Vaticano II en su Constitución dogmática sobre la Iglesia”: mirar la Iglesia desde Cristo y totalmente dependiente de Él o en referencia a Él. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol (Catecismo nº 748).

La Iglesia, la comunidad de fieles, es misterio de fe porque allí habita el Espíritu Santo. Y Cristo es el único y válido fundamento sobre el que se puede construir la verdadera Iglesia. En ella todo se sostiene y se refiere a Él. Toda su misión es llevar a los hombres a la comunión con Él.

La Iglesia es un misterio de comunión porque en ella entramos en comunión con Dios y con los demás. En ella vivimos la comunión y nos abrimos a la misión. Entender la Iglesia como misterio de comunión nos exige actitudes concretas, como las que nos propone el Card. Martini para todos los cristianos: “Entenderla como misterio quiere decir no empequeñecerla, no quedarse en murmuraciones, en maledicencias, juicios a veces mezquinos que tienen el peligro de encerrar a las comunidades en sí mismas, de cerrar los grupos, los consejos pastorales, sobre sí mismos. Siempre que perdemos de vista la grandeza del misterio y nos ponemos a considerar la pequeñez de una persona, la fragilidad de un grupo, la pobreza de un determinado momento de la Iglesia, de una determinada iniciativa, nos perdemos en cosas pequeñas por defecto de visión, por incapacidad para contemplar el infinito misterio de Dios que obra a través de estas pequeñas y pobres realidades, porque nosotros, como Iglesia, somos pobres, pero ricos con la riqueza de Dios”[4].

La primera lectura nos invita a ver también a la Iglesia como fuente de vida, de vida Divina que, al igual que el agua que brota del templo, todo lo fecunda y todo lo sana. Según algunos estudiosos, esta idea está presente en la eclesiología de Aparecida: “Creemos importante profundizar y proponer la imagen de Iglesia como “Escuela de vida”. Se piensa que interpreta de buena manera lo que aparece en el Documento de Aparecida. En ese sentido se presenta como un gran desafío que la Iglesia sea realmente un espacio de comunión, en que las personas se experimenten como pertenecientes, acogidas, sanadas de sus más profundas dolencias…es el espacio natural en que los hombres se experimentan como discípulos y se disponen a vivir como misioneros”[5].

Por su parte la segunda lectura nos presenta a la Iglesia como Templo de Dios y sobre esto decía el Papa Benedicto XVI: “Esta última designación es particularmente interesante, porque atribuye a un tejido de relaciones interpersonales un término que comúnmente servía para indicar un lugar físico, considerado sagrado. La relación entre Iglesia y templo asume por tanto dos dimensiones complementarias: por una parte, se aplica a la comunidad eclesial la característica de separación y pureza que tenía el edificio sagrado, pero por otra, se supera también el concepto de un espacio material, para transferir este valor a la realidad de una comunidad viva de fe. Si antes los templos se consideraban lugares de la presencia de Dios, ahora se sabe y se ve que Dios no habita en edificios hechos de piedra, sino que el lugar de la presencia de Dios en el mundo es la comunidad viva de los creyentes” (Catequesis del 15 de Octubre de 2008).

[1] Cf. G. Ravasi, Los profetas (Paulinas; Santa Fe de Bogotá 1992) 204.

[2] L. H. Rivas, El Evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2006) 156.

[3] H. de Lubac, Meditaciones sobre la Iglesia (Encuentro; Madrid 1988) 35-36. El Catecismo también recoge esta idea común a los Padres pues dice: “En el símbolo de los Apóstoles hacemos profesión de creer que existe una Iglesia Santa y no de creer en la Iglesia para no confundir a Dios con sus obras y para atribuir claramente a la bondad de Dios todos los dones que ha puesto en su Iglesia” (CIC nº 750)

[4] C. M. Martini, Palabras sobre la Iglesia (Sal Terrae; Santander 1998) 69-70.

[5] Conclusiones del primer Seminario-Taller sobre Aparecida organizado por ITEPAL-CELAM.

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