Domingo 17º Durante el Año – Las Parábolas del Reino (3)

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DOMINGO 17 DURANTE EL AÑO CICLO “A”

Comentario del P. Damián Nannini

 

Pedir al Señor un corazón que escuche, que sepa discernir y pueda recibir el don de sabiduría para valorar y gustar las cosas de Dios, por quien vale la pena arriesgarlo todo.


 

Primera lectura (1Re 3,5.7-12)

            Después de una sucesión de luchas e intrigas palaciegas, finalmente Salomón, hijo de David y de Betsabé, asume como rey de Israel y Judá. Fueron el profeta Natán y Betsabé, madre de Salomón, quienes inclinaron la decisión del anciano rey David a favor de su hijo Salomón (cf. 1Re 1). Éste se encuentra entonces al frente del pueblo como su rey, pero es consciente de su juventud y de su falta de experiencia, que con suma transparencia reconoce en su oración: “Yahvé mi Dios, tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero soy un joven muchacho y no sé por dónde empezar y terminar.” (1Re 3,7). Y ante la oferta de Dios de concederle lo que pida, pide sabiduría, pide un corazón que sepa escuchar (traducción literal) para poder juzgar con justicia. Tales son las propias palabras de Salomón: “Concede entonces a tu servidor un corazón que escuche, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal” (1Re 3,9). Esta petición agradó sumamente a Dios quien le dice a Salomón: “Porque tú has pedido esto, y no has pedido para ti una larga vida, ni riqueza, ni la vida de tus enemigos, sino que has pedido el discernimiento necesario para juzgar con rectitud, yo voy a obrar conforme a lo que dices: Te doy un corazón sabio e inteligente, de manera que no ha habido nadie como tú antes de ti, ni habrá nadie como tú después de ti» (1Re 3,10-12). Por tanto, el fruto de tener un corazón que escuche es la capacidad de discernimiento y de juicio. Y juzgar incluye aquí gobernar.El resto de los hechos de la vida de Salomón, con excepción de sus últimos años, confirman este don eficaz concedido por el Señor, con la merecida fama de sabio que lo acompañará en su gobierno.

Este texto, en el marco de la liturgia de este domingo, no invita a considerar a la sabiduría ante todo como un don de Dios quien lo concede a través de la oración y que implica una actitud del corazón que integra la capacidad de escuchar, de entender y de discernir entre el bien y el mal. Sólo un corazón así adornado por la gracia de Dios puede, con sus juicios, imitar los juicios de Dios, valorar y juzgar las personas y las situaciones como lo hace Dios. Esta es la verdadera sabiduría.

Evangelio (Mt 13,44-52)

            Hoy leemos las tres últimas parábolas de esta sección. Las dos primeras presentan una estructura similar en tres movimientos[1]:

La parábola del tesoro:

a) El tesoro está escondido en un campo donde un hombre lo encuentra.

b) Lo vuelve a enterrar y por la alegría que le da vende todo cuanto tiene.

c) Una vez que vendió todos sus bienes compra el campo.

La parábola de la perla:

a) Un mercader anda buscando perlas finas.

b) Al encontrar una de gran valor, vende todo lo que tiene.

c) Una vez que vendió todo, compra la perla.

            Acerca de la parábola del tesoro podemos comenzar diciendo que existen varios relatos paralelos extrabíblicos que dan cuenta de la costumbre, común en aquella época, de esconder tesoros enterrándolos en un campo; y también del sorprendente cambio de fortuna del campesino o trabajador que lo descubre en un campo ajeno.

 

En esta parábola el Reino de los cielos se compara con el tesoro escondido. Podemos suponer entonces una nueva insistencia de Mateo sobre el carácter oculto del Reino de Dios. De hecho, en la Biblia se insiste en que todo lo divino es primaria y esencialmente oculto o escondido y, por tanto, sólo accesible por revelación. Y así como Mt 6,6.18 nos presentan al Padre en lo secreto, Mt 13,33.44 nos presentan el Reino de Dios como una levadura oculta y un tesoro escondido. Notamos que en todos estos textos, más allá de las diversas traducciones, el término griego utilizado es un derivado de la misma raíz krupt* (oculto, secreto). Esto nos invita a desarrollar un paralelo entre el Reino y el Padre. Es decir, el Reino viene calificado al mismo tiempo como celestial (6,20) y como escondido (13,33.44), al igual que el Padre. Además, considerando que en esta breve parábola el hombre que encuentra el tesoro lo vuelve a esconder, se podría ver en esto una invitación a que la acción humana tenga el mismo carácter oculto que la presencia y acción del Reino.

 

En cambio, la parábola de la perla compara el Reino de los cielos a un mercader o comerciante que busca perlas finas. El acento está puesto aquí en su acción de vender todo lo que tiene para poder comprarla. Más allá de esta diferencia, ambas señalan como acción principal el vender todo para poder comprar algo de gran valor. En el primer caso se descubre por casualidad; en el segundo se lo está buscando. Lo cierto es que, tanto el tesoro como la perla fina, pasan a ser lo más importante y valioso al punto de estar dispuestos a vender todo con tal de poseerlo. Parece claro en el contexto del evangelio de Mateo que se trata de una invitación a renunciar a todo para poseer el Reino de los cielos. Pero también es claro que esta renuncia sólo se puede dar si primero se ha encontrado el Reino de Dios y se lo ha sabido valorar. Al respecto dice U. Luz[2]: “Las dos parábolas intentan encarecer la acción humana ante la oportunidad del Reino de los cielos. ¿En qué consiste esta acción? Con la frase repetida “vendió todo lo que tenía” pensó sin duda Mateo muy concretamente, más allá del plano figurado, en la renuncia a los bienes, una condición del seguimiento.

La parábola de la red, que cierra esta sección, vuelve sobre el tema del juicio final donde se dará la separación entre buenos y malos y la exclusión de estos últimos. Su mensaje es semejante al de la parábola del trigo y la cizaña señalando que en este mundo buenos y malos están juntos por la paciencia de Dios; sólo en el juicio final se dará la separación de los mismos de modo que sólo los buenos heredarán el Reino de los cielos.

 Algunas reflexiones:

            En primer lugar, tal como señalamos al comenzar esta sección de las parábolas, hay una cuestión de fondo a la que se está respondiendo con las parábolas del tesoro escondido y la perla preciosa: ¿Vale la pena arriesgarlo todo por el Reino?

            Ambas parábolas nos enseñan el valor superior del Reino de Dios, en comparación con el cual hay que estar dispuesto a renunciar a todo, y a hacerlo con entusiasmo y alegría[3].

            Valorar el Reino de Dios, valorar su presencia en nuestra vida, y saber optar, decidirnos por él con entusiasmo y alegría, ahora, esta es la cuestión. Como bien dice L. H. Rivas[4]: “en el Reino hay que comprometerse, y solamente los comprometidos lo poseerán”.

Podríamos decir que no se trata de otra cosa que cumplir el primer mandamiento del decálogo, es decir, confesar con la vida la primacía de Dios en todo y sobre todas las cosas. A nivel meramente intelectual la cuestión parece simple. Dios es eterno, infinito, trascendente. Nada puede compararse con Él. Y sin problemas nos desplazamos hacia el mismo Jesús, Verbo eterno del Padre hecho nuestro hermano, nuestro compañero de camino. Quien se ha encontrado verdaderamente con Él, como lo ha hecho San Pablo, no puede menos de exclamar: “Pero todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, lo tengo por pérdida, a causa de Cristo. Más aún, todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a él (Flp 3,7-9a).”

Pero hay una doble cuestión pastoral/pedagógica a la que debemos prestar atención. La primera es el acceso a esta experiencia de Dios que nos permita valorar la belleza de la fe, del encuentro con Cristo; de llegar a descubrir el Reino de Dios, la Persona de Jesús, como lo sumamente bello, deseable y amable, como lo más valioso de la vida. Y esto hasta el punto de llegar a renunciar a todo, si es necesario, con tal de poseerlo. En otras palabras, hay que saber encontrar el tesoro y la perla y valorarlos como tal. Porque amar es sobre todo valorar.

La segunda cuestión pastoral/pedagógica es consecuencia de la primera: sólo una valoración o apreciación tal del Reino de Dios justifica y da sentido a la renuncia. En otras palabras, primero tiene que darse, aunque sea de modo incipiente, el descubrimiento del Reino como valor supremo, para que entonces tenga sentido y sea viable la renuncia a todo los demás. Dijimos “incipiente” porque en verdad se trata de un “círculo virtuoso”. La valoración gozosa del Reino motiva la renuncia, la cual nos permite descubrirlo, valorarlo y desearlo más todavía, dando lugar así a una motivación para una renuncia mayor, la cual nos permite descubrirlo, valorarlo y desearlo más… Y así durante toda esta vida[5].

 

En síntesis, la primera lectura nos orienta hacia la necesidad de pedir al Señor un corazón que escuche, que sepa discernir y pueda recibir el don de sabiduría para valorar y gustar las cosas de Dios. Y el evangelio nos precisa que Dios se ha hecho hombre y presente en Jesucristo. Él mismo es como un tesoro escondido y la sabiduría divina nos lleva a considerarlo como el valor supremo por quien vale la pena arriesgarlo todo. Y luego de esto, pedir el poder obrar en consecuencia, como ha hecho el mercader que encontró una perla muy valiosa, dejándolo todo por Él, si fuese necesario. Como bien concluye L. Monloubou[6] su comentario de este domingo: “Indudablemente, para interesarse por el Reino se necesita mucho discernimiento…”

 

Y quien nos invita vivamente a ejercerlo hoy es el Papa Francisco al re-proponernos el camino de la belleza del evangelio y de la alegría de anunciarlo:

 

“Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción»”. (EG n° 14)

 

“Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante” (EG n° 35).

 

“Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado” (EG n° 36)

 

“Anunciar a Cristo significa mostrar que creer en Él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas” (EG n° 167).

 

“En lo que se refiere a la propuesta moral de la catequesis, que invita a crecer en fidelidad al estilo de vida del Evangelio, conviene manifestar siempre el bien deseable, la propuesta de vida, de madurez, de realización, de fecundidad, bajo cuya luz puede comprenderse nuestra denuncia de los males que pueden oscurecerla. Más que como expertos en diagnósticos apocalípticos u oscuros jueces que se ufanan en detectar todo peligro o desviación, es bueno que puedan vernos como alegres mensajeros de propuestas superadoras, custodios del bien y la belleza que resplandecen en una vida fiel al Evangelio” (EG n° 168).

 

“La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez. Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás.” (EG n° 264)

 

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[1] Tomamos estos datos del aporte que nos ha hecho llegar O. Peveraro.

[2] El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 468.

[3] R Aguirre, Evangelio de Mateo, 138, piensa que el punto de comparación y la enseñanza de estas parábolas es la alegría como motivación de la acción y no el presentar el Reino de Dios como un valor, cosa que da por presupuesta. Por nuestra parte pensamos que se refiere a ambas cosas, pues la alegría es consecuencia del hallazgo del Reino.

[4] Jesús habla a su pueblo. Ciclo A. Domingos durante el año (CEA; Buenos Aires 2001) 134.

[5] Remitimos a la excelente y precisa exposición que hace A. Cencini en El Arte del Discípulo. Ascesis y disciplina, itinerario de belleza (Paulinas; Lima 2002).

[6] Leer y predicar el evangelio de Mateo. Ciclo A (Sal Terrae; Santander 1981) 196.

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