Multiplicación-panes-y-peces-copia

La Multiplicación de panes y peces – Domingo 18º Durante el año

 

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…nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse “pan partido” para los demás..

 

 

 

A lo largo de la historia el texto de la multiplicación de los panes ha tenido diversas interpretaciones, no necesariamente excluyentes entre sí. Pensamos que, de todas ellas, las que guardan cierta relación con el texto y con la intención del evangelista son la social, la eclesiológica, la espiritual y la eucarística.

La interpretación social es recogida y actualizada por el P. Cantalamessa: “Jesús no hizo chasquear los dedos y aparecer, por arte de magia, el pan y los peces a voluntad. Preguntó antes qué tenían e invitó a compartir lo poco que había: cinco panes y dos peces. Lo mismo hace hoy. Nos pide que pongamos en común los recursos de la tierra. Es muy conocido que, al menos desde el punto de vista alimenticio, nuestra tierra estaría en disposición de mantener bien a los miles de millones de seres humanos actuales. Pero, ¿cómo podemos acusar a Dios de no ofrecer pan para todos cuando cada año destruimos millones de toneladas de recursos alimenticios, que llamamos “excedentes”, para no bajar los precios? Mejor distribución, mayor solidaridad y participación: la solución está aquí”.

La interpretación eclesiológica nos hace ver que Jesús ha comenzado a establecer el Reino de Dios entre los hombres, el nuevo Pueblo de Dios que es ahora la Iglesia. Si bien la mayoría de los líderes o autoridades de Israel no han aceptado a Jesús, una multitud de necesitados y de hambrientos lo busca y se congrega en torno a Él en un lugar desierto. Aquí Jesús cura sus males y los alimenta. Desde esta perspectiva se entiende el protagonismo de los discípulos en el relato con su función de mediación como un anticipo de la Iglesia, o también, como un reflejo de la Iglesia en tiempos de Mateo. En la misma, Jesús sigue manifestando su compasión misericordiosa y su poder, pero lo hace a través de los apóstoles por Él elegidos. Los dones de Dios llegan al pueblo por mano de los discípulos de Jesús. En este sentido sigue vigente el mandato de Jesús de dar de comer y la fe en su poder que esto exige; pues “es cierto que se planteaba una situación de grave necesidad, y que no se podía prever una solución que no viniera del poder de Jesús. Pero los discípulos sólo intentaron distanciarse del problema de la gente, con lo que mostraban carecer de fe suficiente. Jesús les ordenó entonces algo que para ellos sonaba como imposible de realizar: “¡Denles ustedes mismos de comer!”. El Señor no aceptó la actitud evasiva de los discípulos. Todo lo contrario, exigió que ellos se mostraran compasivos y solidarios con las necesidades de la gente, aun cuando esto los colocara en una situación por encima de sus pobres fuerzas humanas. El Señor ha querido necesitar la cooperación de los hombres para realizar su obra”.

La interpretación espiritual o simbólica considera al pan como signo del verdadero y definitivo alimento que sacia a los hombres y que es Dios mismo o su Palabra. Se considera que Mateo insinúa lo que en Jn 6 encontramos explícito y desarrollado en forma de discurso. El trasfondo veterotestamentario favorece esta interpretación, en particular la primera lectura de hoy (Is 55,1-3). Podemos decir entonces que la lectura litúrgica del evangelio de este domingo nos orienta en el sentido de la interpretación simbólico-espiritual. El punto en común entre el alimento material (agua, pan, leche y vino) y la Palabra de Dios está en la capacidad de mantener la vida. “Escuchen bien y vivirán” dice Is 55,3. Podemos recordad también otros textos fundamentales:

Dt 8,3: Te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor.

Am 8,11: Vendrán días -oráculo del Señor- en que enviaré hambre sobre el país, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de escuchar la palabra del Señor.

Se trata, entonces, de una invitación a ir hacia Dios, a movernos hacia Él con un ardiente deseo de vida, de vida verdadera y definitiva. Se trata de desear su Palabra como alimento vital: “Si la Palabra de Dios es fuente de vida para la Iglesia, resulta esencial considerar la Sagrada Escritura como alimento vital” (Instrumentum Laboris del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios, nº 31).

Jesús nos da la Palabra de Dios que nos puede hacer vivir con un sentido trascendente. Jesús mismo es la Palabra de Dios que nos hace hijos del Padre para siempre (cf. Jn 1). De aquí surge la necesidad de purificar y reorientar nuestros deseos hacia Dios. Y el medio eficaz para esto es la oración que nos abre a la verdadera esperanza y educa nuestros deseos. Sobre la relación del deseo con la oración dice A. Cencini: “El deseo y la capacidad de desear son el órgano o el lugar por excelencia de la experiencia humana de Dios. Dicho de otro modo: el deseo de Dios está escondido en todas las conciencias […] El que no desentierra su deseo permanece en la superficie de la vida y acaba por desear muy poco y de modo repetitivo: no descubre a Dios y tampoco se descubre a sí mismo; y no entra nunca en diálogo con ninguno de los dos […] La oración es el lugar por excelencia de ‘desenterrar del deseo’. Cuando nosotros pedimos algo al Señor, cualquier cosa, ante todo y en la raíz de todo le pedimos, aunque no lo sepamos, ver su rostro, gozar de su amor”.

La interpretación eucarística puede lógicamente considerarse dentro de la espiritual-simbólica. Jesús no sólo nos da su Palabra, se nos da a sí mismo en la Eucaristía de un modo tan pleno y maravilloso que sólo puede valorarlo quien algo entiende de la locura del amor.

Palabra de Dios y Eucaristía van juntas, como resalta el Papa Francisco: “La Palabra de Dios escuchada y celebrada, sobre todo en la Eucaristía, alimenta y refuerza interiormente a los cristianos y los vuelve capaces de un auténtico testimonio evangélico en la vida cotidiana. Ya hemos superado aquella vieja contraposición entre Palabra y Sacramento. La Palabra proclamada, viva y eficaz, prepara la recepción del Sacramento, y en el Sacramento esa Palabra alcanza su máxima eficacia” (EG 174).

A su vez esta perspectiva se vincula con la eclesiológica por cuanto es la Iglesia la custodia y la dadora de este Tesoro que es la Eucaristía. Es la Iglesia la que hace presente a Jesús anunciando su Palabra y celebrando la Eucaristía. Y haciendo presente a Jesús va estableciendo el Reino de Dios entre los hombres. Y la perspectiva social no es ajena a esto, al contrario, se incluye y hasta se exige. Así el servicio de la caridad puede considerarse como una forma de predicación viva de la Palabra de Dios; y la mística del Sacramento de la Eucaristía tiene un carácter social, tal como lo remarcaba el Papa Benedicto XVI en Dios es Amor nº 14. Sobre esto también habló en Sacramentum Caritatis nº 88: “…nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse “pan partido” para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Pensando en la multiplicación de los panes y los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: “dadles vosotros de comer” (Mt 14,16). En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo”.

En fin, las grandes síntesis se dan en la vida, en la existencia concreta, y por obra del Espíritu Santo, quien invita a la Iglesia a una verdadera renovación y conversión pastoral, de la mano del Papa Francisco: “Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo.” (EG)

De los comentarios del P. Damián Nannini

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