trigo y cizaña

trigo y cizaña

DOMINGO 16 DURANTE EL AÑO – CICLO “A”

comentario del P. Damián Nannini

 

Primera lectura (Sab 12,13.16-19)

             El texto de hoy forma parte de una sección (12,8-18) que trata del castigo moderado y ejemplar por parte de Yavé a los cananeos. Ahora bien, partiendo de esta actuación concreta de Dios en la historia, el autor da vuelo a sus reflexiones (¡es un texto sapiencial!) sobre la pedagogía de Dios con los hombres, más precisamente sobre la justicia divina. En breve, esta sección enseña que “aun castigando, Dios revela su misericordia”[1].

            El sabio afirma en primer lugar la absoluta independencia de Dios por su fuerza y su dominio sobre todos los seres; pero al mismo tiempo sostiene que este poder autónomo y absoluto no está reñido con la justicia y la clemencia. Al contrario, el sabio habla con Dios y le reconoce que: “tu fuerza es el principio de tu justicia, y tu dominio sobre todas las cosas te hace indulgente con todos” (12,16). Así, con los que no creen en su poder, Dios utiliza la fuerza; pero al mismo tiempo muestra moderación en sus juicios e indulgencia en su gobierno.

            El aspecto pedagógico se descubre bien en el versículo 12,19 por cuanto este modo de obrar de Dios enseña al pueblo que “el justo debe ser amigo de los hombres (filántropon)”.

Evangelio (Mt 13,24-43)

            Antes de comenzar el análisis de las parábolas de este domingo es bueno recordar lo que los estudiosos consideran como un principio fundamental de su interpretación[2]:

La parábola típica, sea una simple metáfora, un símil más elaborado o un relato extenso, presenta un sólo punto de comparación. Los detalles no tienen un significado independiente. La clave para la interpretación consiste en juzgar la situación imaginada y no en descifrar los diversos elementos del relato.

En cuanto a la parábola del trigo y la cizaña vale también una aclaración introductoria. La cizaña es una planta, un yuyo (¡esta sí que lo es!) común en todo Oriente y que se la consideraba como una degeneración o forma malograda del trigo pues tiene hojas más pequeñas y no da espigas. Así, al crecer y madurar el trigo se hace evidente la presencia de la cizaña como diferente del mismo[3].

Esta parábola nos presenta el Reino de Dios como una realidad dinámica y no plenamente realizada en este mundo. Es decir, en este mundo buenos y malos, bien y mal crecen juntos. Esta realidad puede ponernos en crisis de fe y cuestionarnos: ¿por qué Dios permite esto, por qué no hace desaparecer todo mal, toda cizaña de la tierra? Incluso estaríamos dispuestos a colaborar en esto: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.

 La respuesta de la parábola ante esta situación es que Dios ha decidido no intervenir antes del juicio final pues respeta la libertad de los hombres y no quiere anular la libertad de los buenos. A la luz de todo el evangelio podemos decir también que Dios tiene paciencia y bondad para con todos dando esperanza de conversión; y nos pide imitar esta actitud pues: “así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,45).

Pero la misericordia del Padre no cancela la justicia, sino que nos pide esperar hasta el momento del juicio final[4]. Allí el Señor obrará su justicia y el Reino de Dios se manifestará plenamente: sólo formarán parte del mismo los buenos, los que obraron la justicia, esto es, los que cumplieron la voluntad de Dios (“No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo” Mt 7,21).

            De modo tangencial aparece también el tema del origen del mal: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?” La respuesta es que el mal no viene de Dios, sino del enemigo, del maligno que sembró la mala semilla.

            En el contexto del evangelio de Mateo la parábola está referida a la comunidad y la situación a iluminar con ella es la presencia del mal[5].

            En cuanto a la parábola de la semilla de mostaza, sabemos que esta semilla es en verdad muy pequeña, puede tener un milímetro de diámetro; mientras que su planta puede llegar a medir dos metros o más. Pues bien, en esta parábola se compara el Reino de Dios con una peculiaridad de la semilla de mostaza: la pequeñez de su tamaño que contrasta con su capacidad de desarrollo como para llegar a ser casi un árbol, siendo una hortaliza. Por tanto se nos dice que el Reino de Dios tiene un comienzo pequeño, no vistoso ni triunfalista, pero de este inicio casi imperceptible surgirá algo grande, capaz de acoger a muchos[6].

            Sobre la parábola de la levadura en la masa, la más breve, damos por sabido que la levadura y su poder de fermentación para la elaboración del pan era algo muy conocido en Israel. Pensemos en la fiesta de los panes ázimos (sin levadura) y su relación con la fiesta anual de la pascua. Pero es de notar que el texto de la parábola pone la atención en el carácter oculto o escondido de la acción de la levadura. Entonces el Reino de Dios se asemeja a la levadura por su acción oculta pero eficaz, que desde adentro logra una verdadera transformación. Es también una parábola de “crecimiento” pues señala cómo se desarrolla el Reino de Dios, calladamente, ocultamente; y cómo llega al fin a fermentar toda la masa.

            Por último tenemos la explicación de la parábola del trigo y la cizaña a los discípulos. En primer lugar es de notar, como lo hicimos el domingo pasado, la insistencia en la condición de los discípulos como cercanos a Jesús y por ello aprendiendo de él los misterios del Reino. En segundo lugar que esta alegorización de la parábola pone claramente el acento en la dimensión del juicio final de Dios y su carácter universal.

Algunas reflexiones:

            Sería oportuno precisar un poco la idea del Reino de Dios o de los cielos, tema sobre el que versan las parábolas. En castellano la palabra reino nos sugiere más bien un ‘estado’ o ‘lugar’, pero cuando los evangelios hablan del Reino de Dios se refieren más bien a la situación que surge del gobierno o reinado de Dios, al ejercicio de la soberanía de Dios. Reino de Dios es lo mismo que Dios reina (tal la conocida tesis de R. Schnackenburg, Reino y reinado de Dios).

            La novedad del evangelio es que el Dios que comienza a reinar es Padre y la irrupción de su poder está al servicio de su revelarse como Padre. Incluso Mateo utiliza dos veces la expresión “Reino del Padre” (13,43; 26,29) y una vez “hijos del Reino” (13,38).

            Jesús con sus palabras y sus acciones hace presente y operante el Reino del Padre entre los hombres. Así, la invitación es a descubrir, a través de estas parábolas, cómo obra entre nosotros el Reino de Dios, cómo se hace presente. En breve, se trata de descubrir la “pedagogía divina” para poder aceptarla y acompañarla como buenos discípulos.

En primer lugar las parábolas nos invitan a mirar la realidad para descubrir allí la presencia del Reino de Dios. En este sentido se trata ante todo de fomentar una actitud contemplativa, una mirada de fe profunda sobre la realidad. En efecto, la contemplación cristiana es justamente la que nos permite una visión completa de la realidad, sin reduccionismos, descubriendo la presencia de lo invisible en lo visible, de lo eterno en lo temporal, de Dios y su obra en nuestro mundo[7].

             La parábola del trigo y la cizaña nos enseña que Dios cuando obra no aniquila totalmente la presencia del mal y de los malos. La eliminación total del mal queda reservada para el juicio final. Mientras tanto el Reino de Dios convive con la presencia del mal en el mundo. No se trata de debilidad por parte de Dios, sino de misericordia y de paciencia. Esta idea viene reforzada por la primera lectura con su visión sapiencial de la clemencia divina, actitud que debe ser imitada.

            Esta presencia del mal, y la inevitable convivencia con el, es uno de los grandes desafíos de la vida humana y cristiana. Como bien dice A. Cencini[8]: “vivimos una extraña relación con el mal”. Justamente dice este autor que una de las distorsiones perceptivas en relación con el mal es la pretensión de eliminarlo del todo de nuestra vida. En concreto dice Cencini[9]: “Se trata de una pretensión implícita, que difícilmente reconocemos ante nosotros mismos, que funda sus raíces en una necesidad presente en todo hombre, aunque de la cual difícilmente se habla: la necesidad de omnipotencia“.

            La parábola nos invita a aceptar esta presencia del mal, aún sin aprobarla, sabiendo que nada quita a la omnipotencia de Dios, sino más bien nos manifiesta su “omni-paciencia“. Y el camino para esto pasa en primer término por la aceptación de la presencia del mal en nosotros mismos. ¡Es verdad que nos cuesta ser pacientes con nuestra propia fragilidad! La plenitud de Dios, cuando será todo en todos, está reservada para el tiempo final. Ahora sólo nos queda la espera paciente y la lucha por perseverar en el camino del Señor tratando de integrar el mal en nuestra vida por la fuerza del amor. Es lo que magistralmente dice San Juan de la Cruz (Glosa a lo divino XI, 3): “Hace tal obra el amor después que le conocí, que, si hay bien o mal en mí, todo lo hace de un sabor, y al alma transforma en sí”.

             Más allá de lo personal, se trata también de aceptar que vivimos en un mundo imperfecto y limitado. Nuestras instituciones, como nuestra propia vida, son imperfectas y limitadas. Como suele decirse, la Iglesia no es la comunidad de los santos, sino de los pecadores que buscan alcanzar la santidad, la cual es, en último término, una Gracia de Dios.

            Pero es muy cierto que cuando el mal, o más concretamente la acción de los malvados nos hace sufrir, la rebelión tiende a adueñarse de nuestro corazón y de nuestra inteligencia. Y la paciencia y la misericordia de Dios nos parecen algo injusto. Pero es muy cierto también lo que dice la parábola: para eliminar el mal en el mundo hay que anular la libertad de los hombres y esto impediría también la bondad de los buenos. Al respecto, en el plano de la ficción, tenemos la profética novela de Aldous Huxley, “Un mundo feliz”. Aquí todos toman una droga que provoca una permanente sensación de bienestar, totalmente artificial, que si bien anula toda pasión y todo está controlado siendo un mundo en apariencia feliz, también anula toda energía por vivir y la libertad para encausarla al bien.

            Y también es muy cierto que el tiempo de Dios no es el nuestro. Por eso Jesús en la parábola nos hace ver la realidad actual, imperfecta y pasajera, desde la realidad definitiva, perfecta y plena que sólo se dará luego del juicio final, nunca antes.

            La parábola de la semilla de mostaza nos invita a reconocer la presencia operante de Dios en las cosas pequeñas, casi insignificantes. También aquí, los comienzos humildes no son signo de debilidad por parte de Dios, sino de “condescendencia” con nuestra propia pequeñez. Pero al mismo tiempo nos invita a la esperanza ya que se está gestando un futuro de grandeza, en el sentido de apertura universal a todos los hombres.

             La parábola de la levadura nos invita a descubrir la labor oculta y silenciosa de Dios en nuestra vida y en nuestra historia. Lo poco, pero con firme identidad, puede llegar a cambiar lo mucho, la masa.

             A nivel pastoral es un gran desafío conocer, aceptar y asumir la pedagogía de Dios para poder colaborar con Él, para seguir sus huellas. Sólo así nos libraremos de muchas tentaciones que acechan nuestra vida pastoral. Al respecto decía el entonces Card. Ratzinger[10]: “Sin embargo, aquí se oculta también una tentación: la tentación de la impaciencia, la tentación de buscar el gran éxito inmediato, los grandes números. Y este no es el método del reino de Dios. Para el reino de Dios, así como para la evangelización, instrumento y vehículo del reino de Dios, vale siempre la parábola del grano de mostaza (cf. Mc 4, 31-32). El reino de Dios vuelve a comenzar siempre bajo este signo. Nueva evangelización no puede querer decir atraer inmediatamente con nuevos métodos, más refinados, a las grandes masas que se han alejado de la Iglesia. No; no es esta la promesa de la nueva evangelización. Nueva evangelización significa no contentarse con el hecho de que del grano de mostaza haya crecido el gran árbol de la Iglesia universal, ni pensar que basta el hecho de que en sus ramas pueden anidar aves de todo tipo, sino actuar de nuevo valientemente, con la humildad del granito, dejando que Dios decida cuándo y cómo crecerá (cf. Mc 4, 26-29).

Las grandes cosas comienzan siempre con un granito y los movimientos de masas son siempre efímeros […] Gran parte de las parábolas de Jesús indican esta estructura de la acción divina y responden así a las preocupaciones de los discípulos, los cuales esperaban del Mesías éxitos y señales muy diferentes: éxitos del tipo que ofrece Satanás al Señor “Te daré todo esto, todos los reinos del mundo…” (cf. Mt 4, 9).

Desde luego, san Pablo, al final de su vida, tuvo la impresión de que había llevado el Evangelio hasta los confines de la tierra, pero los cristianos eran pequeñas comunidades dispersas por el mundo, insignificantes según los criterios seculares. En realidad fueron la levadura que penetra en la masa y llevaron en su interior el futuro del mundo (cf. Mt 13, 33).

Un antiguo proverbio reza: “Éxito no es un nombre de Dios”. La nueva evangelización debe actuar como el grano de mostaza y no ha de pretender que surja inmediatamente el gran árbol. Nosotros vivimos con una excesiva seguridad por el gran árbol que ya existe o sentimos el afán de tener un árbol aún más grande, más vital. En cambio, debemos aceptar el misterio de que la Iglesia es al mismo tiempo un gran árbol y un granito. En la historia de la salvación siempre es simultáneamente Viernes Santo y Domingo de Pascua”.

            De modo particular la parábola de la levadura en la masa, al igual que las metáforas de la sal de la tierra y la luz del mundo, nos señalan claramente la orientación misionera de la vida cristiana. En efecto, no podemos pensar ni vivir nuestra vida cristiana al margen del mundo al cual tenemos que llevar la fuerza transformadora del Reino de Dios, de la presencia amorosa del Padre. Ahora, esta transformación sigue la lógica y los tiempos de la semilla buena, que crece junto con la mala, con la cizaña, como expresa el Papa Francisco en Evangelii Gaudium:

“Fiel al don del Señor, también sabe «fructificar». La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora. Por último, la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar»” (nº 24).

“Este criterio también es muy propio de la evangelización, que requiere tener presente el horizonte, asumir los procesos posibles y el camino largo. El Señor mismo en su vida mortal dio a entender muchas veces a sus discípulos que había cosas que no podían comprender todavía y que era necesario esperar al Espíritu Santo (cf. Jn 16,12-13). La parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,24-30) grafica un aspecto importante de la evangelización que consiste en mostrar cómo el enemigo puede ocupar el espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es vencido por la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo” (nº 225).

“La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad. Es creer que Él marcha victorioso en la historia «en unión con los suyos, los llamados, los elegidos y los fieles» (Ap 17,14). Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13,33), y como la buena semilla que crece en medio de la cizaña (cf. Mt 13,24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente. Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo. La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano. ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!” (nº 278).

[1] J. Vilchez, Sabiduría (Verbo Divino; Estella 1990) 334

[2] Cf. C. H. Dodd, Las Parábolas del Reino (Madrid 1974) 27-32.

[3] Estos datos los tomamos de U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 431.

[4] “El sentido de la parábola, como tal parábola (un solo término de comparación con una sola enseñanza), es una invitación a la paciencia ante la presencia de los malos en el campo del Reino. Dios se reserva el juicio, ya que sólo él conoce los corazones”, A. Rodríguez Carmona, Evangelio de Mateo (DDB; Bilbao 2006) 135.

[5] Cf. U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 433.

[6] “La parábola tiene como finalidad presentar el contraste entre la pequeñez del presente (fracaso aparente de Jesús en el presente y desánimo de los discípulos ante la incredulidad) y la grandeza final del Reino, obra de Dios. En la pequeñez del presente está oculta la grandeza del futuro, y todo ello por un milagro de Dios” A. Rodríguez Carmona, Evangelio de Mateo, 135.

[7] Cf. R. Voullame, La contemplación hoy (Salamanca-Buenos Aires 1977) 40-42.

[8] A. Cencini, Vivir reconciliados (Paulinas; Buenos Aires 1997) 15.

[9] A. Cencini, Vivir reconciliados, 16.

[10] La nueva evangelización, Conferencia dictada en el jubileo de los catequistas el 10 de diciembre de 2000 en Roma.

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