El sembrador (Segun Millet), 1988

Las Parábolas del Reino – Domingo 15 Durante el Año

 

 El sembrador (Segun Millet), 1988

Domingo 15 Durante el Año

Comentario del P. Damián Nannini

            Durante tres domingos (15, 16 y 17) leeremos el capítulo 13 de San Mateo que agrupa un conjunto de 7 parábolas. Se trata del tercer discurso de Jesús sobre el Reino de Dios que nos presenta Mateo. El mismo está bien construido:

– Introducción (13,1-2): presentación del auditorio.

Parábola del sembrador (13,3-9).

* Dos interludios: razón de las parábolas (13,10-17) y explicación parábola del sembrador (13,18-23).

* Tres parábolas de crecimiento: la cizaña; el grano de mostaza y la levadura (13,24-33).

* Dos interludios: razón de las parábolas (13,34-35); explicación de la parábola de la cizaña (13,36-43).

* Tres parábolas: el tesoro; la perla y la red (13,44-50).

– Conclusión (13,51-52).

Notemos que en este capítulo nos encontramos con un doble nivel de predicación: por un lado la gente a la cual Jesús les habla sólo en parábolas (13,1-33), mientras que a los discípulos, por separado, les instruye con más profundidad (13,36-52). Además, consideradas globalmente, las 7 parábolas del Reino buscan dar respuesta a la comunidad acerca de los interrogantes que despierta la misteriosa marcha del Reino de Dios y, en cierto modo, se explican las distintas reacciones que Jesús y los discípulos encuentran a su predicación. Es decir, estas parábolas están respondiendo a los interrogantes que la predicación del Reino y su resultado despertaba en los primeros cristianos[1]:

¿Por qué muchos no aceptan el Reino de Dios?

Parábola del sembrador (Dgo.15)

¿Qué hacer con quienes no aceptan el Reino de Dios?

Parábola de la cizaña (Dgo. 16)

¿Por qué este inicio intrascendente del Reino?

Parábolas del grano de mostaza y de la levadura (Dgo. 16).

¿Vale la pena arriesgarlo todo por el Reino?

Parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa (Dgo. 17).

En la comunidad hay quienes no viven el ideal del Reino, ¿cómo explicar esta realidad?

Parábola de la red y los peces (Dgo. 17).

            Este domingo leemos la parábola del Sembrador (en la versión breve del leccionario) más la razón del hablar en parábolas y la interpretación alegórica de la misma (versión larga).

            La introducción de este capítulo (vv. 1-3) tiene cierta solemnidad que nos recuerdan el inicio del Sermón de la Montaña. Al igual que entonces Jesús está sentado (actitud del maestro para la Biblia) y se dispone a enseñar a una gran multitud que lo rodea. La gran diferencia es que aquí no hablará abiertamente, en lenguaje directo y llano, sino en parábolas. Este modo de expresión supone un esfuerzo por parte del oyente, quien debe “involucrarse” con Jesús y su mensaje para poder comprenderlas. Caso contrario, no se comprenden.

            La parábola en sí (13,3-9) describe cuatro situaciones sobre la suerte de la semilla: la que cae a lo largo del camino; la que cae sobre piedra; la que cae en medio de abrojos y la que cae en tierra buena. En el primer caso no hay siquiera crecimiento. En el segundo y tercero hay germinación, pero termina malograda. Sólo en el cuarto caso hay fruto centuplicado. Tal vez sería más correcto llamarla ‘parábola de los terrenos’ por cuanto el sembrador desaparece de escena pronto y todo el desarrollo se centra en la relación entre la semilla y el campo[2].

            Los versículos 10-17 hacen de nexo con lo que sigue, pues preparan la explicación de la parábola a los discípulos. Aquí Jesús distingue entre ‘los discípulos’ a quienes les revela los misterios del Reino; y “aquellos” a quienes habla en parábolas, o sea indirectamente (“porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden” Mt 13,13). Sucede que la parábola, para ser comprendida, requiere “un corazón que simpatice con lo significado, ya que el corazón controla y condiciona el conocimiento. Esto se manifiesta en que viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden (13,13)”[3]. De este modo Mateo, si bien con la cita de Isaías (6,9-10) atribuye la incredulidad a Dios, resalta también la responsabilidad de los hombres por cuanto estos tienen un corazón duro que no quiere ver, ni oír ni entender.

En contraste, se confía la explicación a quienes están cerca de Jesús (“felices los ojos de ustedes porque ven y felices sus oídos porque oyen” Mt 13,16). Discípulo es aquel que aprende porque convive, aunque pregunte porque no entiende. La convivencia con Cristo es el medio o método de aprendizaje. Para entender a Jesús hay que seguirlo. En el fondo no la entiende quien no quiere sino quien no se siente suficientemente querido.

            La explicación de la parábola (13,18-23) decodifica cada una de las situaciones de la semilla/palabra. Es de notar que en los cuatro casos se habla de “aquellos que escuchan” la Palabra como un primer estadio. La diferencia está en el segundo movimiento, que es la reacción ante la semilla-Palabra. En el primer caso se dice que no la entienden; entonces el maligno se la lleva. En el segundo hay recepción alegre al comienzo, pero sin echar raíz se es inconstante y ante la persecución o tribulación se la abandona. En el tercer caso, cae entre los abrojos, que son las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas, las cuales terminan por ahogarla. Sólo en el cuarto caso se dice que la escuchan y “la comprenden”; y entonces dan fruto. En Mateo el entender implica obedecer, llevar a la práctica la palabra, hacerla vida, dar fruto[4]. Está aquí la intención de la parábola: examinar los frutos para diagnosticar el estado del propio corazón del discípulo.

Nos pareces muy buena la siguiente síntesis de R. Aguirre[5]: “Comienza invitando a los discípulos a oír la parábola. La semilla sembrada a lo largo del camino representa la incredulidad, que se atribuye a Satanás. La semilla en terreno pedregoso representa una religiosidad superficial, que simpatiza en un primer momento, pero que se seca en el momento de la prueba. La semilla entre zarzas remite a la pretensión de los discípulos de servir a Dios y al dinero y vivir las inquietudes de este mundo (ver Mt 6,19-34): la semilla queda infructuosa. Finalmente la semilla sembrada en tierra buena representa el ideal del discípulo, el que “oye, entiende” y obra”.

            Por tanto el sentido primario de la parábola sería que “Jesús quiere hacer comprender que el crecimiento del Reino no es inmediato ni triunfal, como muchos esperaban, sino que está confiado a la libre acogida de los hombres y a su cooperación perseverante, capaz de vencer las asechanzas del maligno y las inevitables dificultades. Sin embargo el Reino ha de ser llevado y anunciado a todos, sin prejuicios y sin reparar en las fuerzas”[6].

Algunas reflexiones:

             Pienso que es conveniente comenzar tomando conciencia de “el misterio de Dios que nos habla“. Este era el título que llevaba, justamente, la primera parte del instrumentum laboris del sínodo de Obispos sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. Por su parte la Exhortación apostólica postsinodal dedica su primera parte a la presentación de la Comunicación Divina. Allí leemos: “La novedad de la revelación bíblica consiste en que Dios se da a conocer en el diálogo que desea tener con nosotros. La Constitución dogmática Dei Verbum había expresado esta realidad reconociendo que «Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía” (VD nº 6).

Y más adelante: “Al subrayar la pluriformidad de la Palabra, hemos podido contemplar que Dios habla y viene al encuentro del hombre de muy diversos modos, dándose a conocer en el diálogo. Como han afirmado los Padres sinodales, «el diálogo, cuando se refiere a la Revelación, comporta el primado de la Palabra de Dios dirigida al hombre». El misterio de la Alianza expresa esta relación entre Dios que llama con su Palabra y el hombre que responde, siendo claramente consciente de que no se trata de un encuentro entre dos que están al mismo nivel; lo que llamamos Antigua y Nueva Alianza no es un acuerdo entre dos partes iguales, sino puro don de Dios. Mediante este don de su amor, supera toda distancia y nos convierte en sus «partners», llevando a cabo así el misterio nupcial de amor entre Cristo y la Iglesia. En esta visión, cada hombre se presenta como el destinatario de la Palabra, interpelado y llamado a entrar en este diálogo de amor mediante su respuesta libre. Dios nos ha hecho a cada uno capaces de escuchar y responder a la Palabra divina. El hombre ha sido creado en la Palabra y vive en ella; no se entiende a sí mismo si no se abre a este diálogo. La Palabra de Dios revela la naturaleza filial y relacional de nuestra vida. Estamos verdaderamente llamados por gracia a conformarnos con Cristo, el Hijo del Padre, y a ser transformados en Él” (VD nº 22).

            Se trata, por tanto, de algo fundamental de nuestra fe que no podemos descuidar pues “después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo” (Heb 1,1-2).

            Dios nos habló y su Palabra quedó escrita por obra del Espíritu Santo en la Sagrada Escritura. Por y a través de ella Dios nos sigue hablando a nosotros hoy, al mismo tiempo que nos invita a escucharla para entrar en Alianza con Él.

             Considerando la primera lectura junto al evangelio de hoy podemos añadir que se trata de una palabra eficaz, “destinada” a dar fruto, como lo es la lluvia y la semilla. Es una Palabra con un gran potencial de fecundidad. Como señala el Papa Francisco: “La Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme (cf. Mc 4,26-29). La Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas” (EG n° 22). Llevando esto al plano interpersonal podemos decir que la Palabra se comunica para generar un diálogo de amistad, este es su fruto. Dios toma la iniciativa de hablarnos para que le respondamos, con nuestra palabras y con nuestra vida. Por esto, ante este misterio de Dios que nos habla, tenemos que prestar atención, en segundo término, a otro misterio: el del hombre como oyente de la Palabra. Esta es para el israelita creyente, y también para el discípulo de Cristo, la actitud primera y fundamental ante Dios.

Aquí entra de lleno la descripción de la parábola del sembrador y su interpretación para iluminarnos sobre el tema. Como vimos, se trata ante todo de una invitación a revisar el estado del propio corazón de discípulo ante la Palabra.

El corazón (leb o lebab en hebreo) es el órgano de la escucha de la Palabra y, como tal, es un símbolo religioso muy amplio. Hace referencia a la sede de los sentimientos íntimos; del amor; de los pensamientos (inteligencia); del discernimiento y del juicio (sabiduría); de la vida moral; y de la relación con Dios. Para el Deuteronomio es también el lugar de residencia de la Palabra de Dios (Dt 30,14).

             En cuanto a la descripción de las distintas actitudes del hombre ante la “Palabra del Reino”, pienso que la parábola es por demás clara y actual. Si la Palabra no produce fruto se debe a que no se la comprende; a la falta de constancia o perseverancia; y/o a los desórdenes afectivos de diverso tipo. En el fondo me parece que el defecto básico es que no se la valora lo suficiente. Los que no la comprenden son los que lisa y llanamente no le prestan atención. La dejan caer al borde del camino y se la lleva Satanás. En los otros dos ejemplos hay buena recepción de la Palabra, pero no se permanece en ella o no se le concede el primer lugar. Como notamos más arriba, es fundamental y prioritario “simpatizar” con la Palabra, quererla, desearla, buscarla. En breve, valorarla como Palabra de Dios. Entonces la comprenderemos y dará frutos de vida en nosotros.

            A pesar de la proporción negativa sobre la suerte de la Palabra (tres fracasos contra un logro), no debemos dejarnos desanimar por el criterio numérico. Al respecto decía San Juan Crisóstomo[7]: “El Señor pone esta parábola para animar a sus discípulos y enseñarles que, aun cuando la mayor parte de los que reciben la Palabra divina hayan de perderse, no por eso han de desalentarse. Porque también al Señor le aconteció eso, y, no obstante saber Él de antemano que así había de suceder, no por eso desistió de sembrar”.

            Vale también lo que dice A. Nocent[8]: “La parábola del sembrador, balance de la situación de la Iglesia y de la eficacia misionera, no debe llevar al pesimismo, sino, por el contrario, despertar la confianza en la Palabra de Dios […] La eficacia de la Palabra no está sometida a nuestro activismo, sino más bien a la calidad de nuestra fe y de nuestra oración”.

A los ojos de Dios tiene un inmenso valor que sus discípulos lo escuchen y practiquen su Palabra. Y esto es una gracia inmensa para los discípulos que deben sentirse privilegiados por poder escuchar esta Palabra. Y también saberse responsables, por que toca a ellos la misión de transmitir a los demás esa misma Palabra recibida; de seguir la cadena de la Tradición Viva de la Palabra de Dios.

Recojamos también lo que nos dice el Papa Francisco “en torno a la Palabra de Dios” en Evangelii Gaudium: “No sólo la homilía debe alimentarse de la Palabra de Dios. Toda la evangelización está fundada sobre ella, escuchada, meditada, vivida, celebrada y testimoniada. Las Sagradas Escrituras son fuente de la evangelización. Por lo tanto, hace falta formarse continuamente en la escucha de la Palabra. La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar. Es indispensable que la Palabra de Dios «sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial». La Palabra de Dios escuchada y celebrada, sobre todo en la Eucaristía, alimenta y refuerza interiormente a los cristianos y los vuelve capaces de un auténtico testimonio evangélico en la vida cotidiana. Ya hemos superado aquella vieja contraposición entre Palabra y Sacramento. La Palabra proclamada, viva y eficaz, prepara la recepción del Sacramento, y en el Sacramento esa Palabra alcanza su máxima eficacia” (n° 174).

 “El estudio de las Sagradas Escrituras debe ser una puerta abierta a todos los creyentes. Es fundamental que la Palabra revelada fecunde radicalmente la catequesis y todos los esfuerzos por transmitir la fe. La evangelización requiere la familiaridad con la Palabra de Dios y esto exige a las diócesis, parroquias y a todas las agrupaciones católicas, proponer un estudio serio y perseverante de la Biblia, así como promover su lectura orante personal y comunitaria. Nosotros no buscamos a tientas ni necesitamos esperar que Dios nos dirija la palabra, porque realmente «Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido sino que se ha mostrado». Acojamos el sublime tesoro de la Palabra revelada” (n° 175).

[1] Seguimos de cerca a C. M. Martini, ¿Por qué Jesús hablaba en Parábolas? (Bogotá 1989) 49-77.

[2] “La denominada parábola del sembrador no se narra desde la perspectiva del sembrador, que después del v.3 desaparece de ella; la parábola trata de la semilla y del campo. Sólo esto interesa a Mateo, Marcos y, antes de ellos, al intérprete alegórico de la parábola. A ellos les interesa contraponer diversos tipos de terrenos entre sí con miras a la parénesis”, U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 411.

[3] A. Rodríguez Carmona, Evangelio de Mateo (DDB; Bilbao 2006) 133.

[4] Cf. U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 424.

[5] A. Rodríguez Carmona, Evangelio de Mateo (DDB; Bilbao 2006) 134.

[6] Benedictinas de la Isola S. Giulio, Lectio Divina para la vida diaria. El Evangelio de Mateo (Verbo Divino; Estella 2007) 213.

[7] Homilías sobre el evangelio de san Mateo, 44, 3; citado en G. Zevini-P. G. Cabra (eds) Lectio divina para cada día del año 13 (Verbo Divino; Estella 2005) 137.

[8] A. Nocent, Celebrar a Jesucristo VI (Sal Terrae; Santander 1981) 65.

 

Imagen: El sembrador, de van Gogh.

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