6 TODOS SANTOS 2013._004

Solemnidad de Todos los Santos y Conmemoración de todos los fieles difuntos

 

del P. Damián Nannini

 

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

 

“Esta conmemoración se originó entre los monjes a mediados del siglo IX, como una extensión de la solemnidad del día precedente: en algunos monasterios se rezaban en este día por los cristianos que todavía no habían llegado a la gloria celestial […] En la edad media, toda la liturgia de difuntos adquirió un carácter tétrico, en el que primaba la idea del temor de la condenación y la muerte eterna. El Concilio Vaticano II decidió que se volviera al sentido pascual que esta liturgia había tenido en los primeros tiempos de la Iglesia” (L. H. Rivas)

 

Primera lectura (Ap 21,1-7)

“El deseo intenso de una renovación radical acompaña constantemente a la experiencia «apocalíptica» de la vida cristiana. Dios hace suya esta aspiración y la toma tan en serio que parece como si retara al hombre a soñar; él realizará siempre más aún de lo que el hombre pueda concebir. El «primer» cielo y la «primera» tierra son el cielo y la tierra que experimentamos ahora. Ya había hablado de ello la biblia en la primera página: había presentado un mundo sin mal, un mundo tal como debería ser, pero como de hecho no es ahora (cf. Gn 1,2-12,4), contraponiéndole el mundo imperfecto y lleno de lagunas de nuestra experiencia de cada día, un mundo sobre el que grava pesadamente la hipoteca del mal, es decir, un mundo como de hecho es, no como debería ser (cf. Gn 2,4b-3,24). La historia de la salvación que, por una iniciativa de Dios, se desarrolló entre esos dos polos, se encamina ahora, según el texto del Apocalipsis, hacia su consumación; se realiza el mundo nuevo, querido por Dios, un mundo del que está ausente el mal — simbolizado aquí curiosamente en el «mar» entendido como abismo, sede de lo diabólico— y en donde todo el bien que puede imaginarse recibe su potenciación hasta el infinito.

Totalmente arrebatado por el hechizo de Jerusalén, el autor se esforzará en hacer que sintamos la belleza inefable de lo que seremos, recurriendo a todo lo que hay de hermoso y bello en nuestra experiencia de hoy; así el oro, en esa nueva creación, tendrá el esplendor transparente del vidrio (cf. 21,21b) y las piedras más preciosas constituirán incluso el material de construcción de toda la ciudad (cf. 21,18-20). Indicará también cómo la ausencia sorprendente de un templo en una ciudad santa significará que, si ahora son los hombres los que construyen para Dios una casa en donde puedan encontrarse con él, entonces será Dios mismo el que se preocupe de reunirse con los hombres; ese encuentro con Dios tendrá lugar y será permanente en una convivencia transparente con Cristo mismo y con Dios (cf. 21,22-23). El mundo renovado significará un mundo totalmente del hombre y totalmente de Dios. La antigua fórmula de la alianza («Yo soy vuestro Dios, vosotros sois mi pueblo») queda recogida y trasladada a otro nivel: la simple reciprocidad de pertenencia se convierte ahora en una reciprocidad de vida y de amor.” (Vanni, Ugo: Apocalipsis: Una asamblea litúrgica interpreta la historia.  Estella, Navarra, Verbo Divino, 1998, 129-131).

 

 

Segunda lectura (1Cor 15,20-23)

 

Este texto forma parte de la sub-sección que abarca 1Cor 15,12-34 donde San Pablo busca demostrar la intrínseca unidad que existe entre la resurrección de Cristo, afirmada como núcleo del kerigma, y la resurrección de los muertos, situación que es posible iluminar a partir de la fe recibida.

La argumentación paulina comienza afirmando claramente la verdad de la resurrección de Cristo y cómo la misma es la garantía de la resurrección futura de los cristianos. Para demostrar esta relación entre la resurrección de Cristo y la de los cristianos, que negaban algunos corintios, recurre a la comparación antitética entre Adán y Cristo (tema que desarrollará en Rom 5). Por Adán vino la muerte para todo hombre, por Cristo viene la vida, también para todos los hombres. Pero con un orden progresivo: primero Cristo, ya resucitado, luego, en la parusía, los que son de Cristo, los que estén unidos a Él.

 

 

 Evangelio (Lc 24,1-8)

 

El capítulo anterior (Lc 23,55-56) terminaba diciendo que las mujeres habían ido hasta la tumba y habían visto cómo era colocado el cuerpo de Jesús en el sepulcro; que luego regresaron a preparar los aromas y la mirra; y que el sábado descansaron según el precepto.  Es interesante notar que el tema de la observancia de la ley ya había aparecido con frecuencia en el relato del nacimiento de Jesús (cf. 1,6.8-9; 2,21-25.37.39.41-42) denotando que del principio al fin de la vida de Jesús no hubo ruptura con la ley de Israel[1].

Este capítulo 24 comienza indicando que nos encontramos ya en la madrugada del primer día de la semana. Es entonces cuando las mujeres, que siguen sin ser identificadas (lo serán en 24,10), se llegan hasta el sepulcro para tratar el cadáver de Jesús con los ungüentos que habían preparado. Aquí el evangelista repite el verbo encontrar en una especie de juego paradójico: encuentran la piedra removida y no encuentran el cuerpo del Señor Jesús.

Esta situación del sepulcro vacío sume a las mujeres en un estado de perplejidad y desconcierto, de no saber cómo actuar (sentido del verbo apore,w –aporéō). En esta situación se les aparecen entonces dos hombres vestidos de un blanco resplandeciente, o sea ángeles (cf. Lc 24,23). Esta aparición angélica añade a la perplejidad de las mujeres un temor tal (e;mfobwj) que las hace mirar al suelo. Esta situación es iluminada por las palabras de los ángeles: “¿Por qué buscan al que está vivo entre los muertos? No está aquí, ha resucitado”. Vale decir que el des-encuentro que las llevó a una situación de confusión se debe a que buscaron mal. En efecto, las mujeres buscaban un cuerpo muerto y los ángeles les anuncian que no deben buscar entre los muertos a Jesús porque está vivo, porque ha resucitado. Se trata, sin lugar a dudas, del kerigma pascual: ¡el Señor ha resucitado! (praeconium paschale). Y la respuesta al kerigma es la fe. Como bien dice R. Brown[2]: “Que Jesús no está allí, las mujeres pueden verlo con sus propios ojos; que eso sea así porque Dios ha resucitado a Jesús, deben creerlo con fe”.

Para ayudar a las mujeres a creer, los ángeles las invitan a hacer memoria de las palabras de Jesús que habían anunciado estos sucesos: “Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día”. La expresión “es necesario” (dei/), frecuente en Lucas, indica que todo esto sucede según el plan de Dios. Y se cierra el diálogo señalando que las mujeres recordaron las palabras de Jesús.

 

 

Algunas reflexiones:

Hay ciertamente cuestiones fundamentales que todo hombre busca responder: “¿por qué y para qué la vida?; ¿por qué y para qué la muerte?” Ahora bien, el creyente o el hombre en búsqueda, hace también estas preguntas a Dios. Entonces, a la búsqueda de sentido el cristianismo responde con el don de sentido: un sentido revelado y ofrecido en Jesucristo. Este don de sentido hay que buscarlo en la Palabra que Dios nos dejó como guía y que está contenida en la Sagrada Escritura.

Si comenzamos con las primeras páginas de la Biblia (Gn 1-3) encontramos que allí se nos dice que el mundo creado por Dios, incluido el hombre, era muy bueno. Es decir, ni el mal ni el sufrimiento ni la muerte tienen su origen primigenio en Dios, sino que entran en el mundo como consecuencia del pecado del hombre. De hecho, la primera muerte narrada en la Biblia es la de Abel en manos de su hermano Caín (Gn 4). Al respecto comenta un autor judío: “Lo que el hombre inventa en este capítulo es la muerte. No cabe duda de que Dios le había dicho a Adán y Eva: moriréis. Pero esto no era más que una amenaza virtual. Hasta este capítulo nadie había muerto todavía. Mientras el hombre permaneció en el tiempo divino, había una amenaza de muerte que pesaba sobre la humanidad, pero nadie había muerto. Aquí, cuando los hombres tienen la historia en sus manos y pueden forjarla ellos mismos, lo que crean fundamentalmente es la muerte”[3].

 

En síntesis, la vida aparece claramente como un don de Dios. Pero el mismo Dios que da el soplo vital (Gn 2) puede también quitarlo de modo que el hombre vuelve al polvo de dónde fue creado. Aparece entonces la muerte como un mal que limita el deseo de vivir.  Y la causa o raíz de este mal no está en Dios sino en el abuso de la libertad por parte del hombre.

Ahora bien, la aceptación de esta condición mortal propia del hombre incluye cierto malestar pues el hombre desea vivir, no morir. En efecto, “según la Biblia, el deseo constitutivo del hombre es el deseo ilimitado de vivir, es deseo de amar […] La vida es deseo de vivir”[4].  Por ello, en la Biblia se da libre curso a toda la carga de angustia humana ante la muerte (cf. Is 38,1-18). La muerte es por definición tinieblas, separación de Dios y de los demás. Por el contrario, el deseo de vivir es siempre, en el hombre bíblico, el deseo de estar con Dios: la muerte destruye esta relación viva con Dios, que ya no es posible en el mundo de los muertos. Tenemos, como vivo ejemplo, el Sal 88 que nos muestra que la muerte es la negación de las relaciones constitutivas de la existencia: la relación con las cosas, con los otros, con Dios. Pero esta oración angustiosa encierra, en el fondo, la confianza en que Dios puede hacer superar el momento, puede devolver a la vida, evitar la muerte del justo.

Surge entonces, sobre todo en la oración de Israel (cf. Sal 16, 49 y 73), una consideración de la enfermedad y de la muerte como fenómenos espirituales. De este modo, el creyente orante plantea la cuestión de la enfermedad y de la muerte directamente a Dios situando el tema en un nivel más profundo. Esta valoración de la vida y de la muerte como realidades de orden espiritual o comunional pasa a ser la concepción dominante en la Biblia, aun cuando la dimensión física de las mismas quede incluida como constitutivo básico. Esto explica que pueda considerarse que alguien viva pero en verdad esté muerto por cuanto no tiene vínculos con Dios y con los demás.

Esta concepción hace surgir la pregunta de si no puede ser más fuerte esta comunión con Dios que la misma vida física. Se debe justamente a la fe en Dios la realización del paso, o más bien del salto a la fe en la vida eterna. La esperanza del creyente en no quedar atrapado por las garras de la muerte surge como lógica consecuencia de su fe en la omnipotencia de Dios. La muerte no puede limitar el poder de Dios[5].

La novedad en el NT está en unir y llevar a plenitud lo vislumbrado ya en el AT. Con el martirio de Jesús, como testigo fiel, y con su resurrección alcanzan valor concreto tanto la visión del Sal 73 como la esperanza confiada de los macabeos. Afirmar esto no implica que se pierda de vista toda la dramaticidad y la angustia que encierra la muerte. En la cruz no hay una glorificación de la muerte que sustituye a la antigua alegría por la vida. El sí a la vida y el juicio que se da a la muerte como lo anti-divino aparece también en el NT. Así, san Pablo define a la muerte como el último enemigo que debe ser vencido (1Cor 15,26). Esta victoria supone superar el vacío, la soledad infinita que conlleva la muerte al alejarnos de todos nuestros vínculos constitutivos, en especial de la relación con el Dios que da la vida.

El justo ha bajado al sheol donde no se alaba a Dios. Con este descendimiento de Jesús es Dios mismo quien baja al sheol: gracias a ello la muerte deja de ser el país de las tinieblas, del abandono de Dios, el ámbito de su lejanía y ausencia. En Cristo es Dios mismo quien ha penetrado en el ámbito de la muerte, convirtiendo el espacio de la incomunicación en espacio de su presencia. Esto no supone una glorificación de la muerte, sino más bien la supresión de su carácter de muerte, de derrota definitiva de la vida del hombre.

La resurrección que esperamos los cristianos es una transformación y glorificación que es pura y exclusivamente obra de Dios. Es un milagro, una obra de su poder divino, una nueva creación. Es mucho más que la inmortalidad o supervivencia del alma en cuanto sustancia espiritual y simple. Pienso que hay que volver a insistir en este aspecto porque de la mano de la pseudo-espiritualidad de la new age se difunde el tema de la vida para siempre, pero como destino natural de todos los hombres, sea como vida después de la muerte, sea como un proceso de reencarnación continua. Y esta actitud “light” ante la muerte conlleva una actitud “light” ante la vida misma. Como bien nos dice J. Ratzinger[6]: “La postura frente a la muerte implica la que se toma frente a la vida. Consiguientemente, la muerte se convierte en la clave de la cuestión de qué es en definitiva el hombre […] El cristiano muere en la muerte de Cristo. La muerte como muerte está vencida en Cristo por cuanto no se dejó quitar la vida sino que la entregó por amor y confiando en el amor del Padre. El hombre madura para la vida verdadera y eterna gracias a la transformadora aceptación de la muerte, que se encuentra continuamente presente en toda la vida”.

Lo que queremos acentuar es que la muerte es una cuestión vital para el hombre, aunque parezca paradójico. No es sólo algo que ocurrirá necesariamente al fin de nuestra vida, sino que llevamos su impronta desde que nacemos. Y es importante hacernos cargo de esto, encontrarle un sentido para poder vivir con más intensidad la misma vida. Lo explicaba muy bien el Papa Benedicto XVI: “Morir, en realidad, forma parte de la vida y no sólo de su final, sino también, si prestamos atención, de todo instante. A pesar de todas las distracciones, la pérdida de un ser querido nos hace descubrir el «problema», haciéndonos sentir la muerte como una presencia radicalmente hostil y contraria a nuestra natural vocación a la vida y a la felicidad. Jesús revolucionó el sentido de la muerte. Lo hizo con su enseñanza, pero sobretodo afrontando Él mismo a la muerte. «Muriendo destruyó la muerte», dice la liturgia del tiempo pascual. «Con el Espíritu que no podía morir –escribe un padre de la Iglesia– Cristo venció a la muerte que mataba al hombre» (Melitón de Sardes, «Sobre la Pascua», 66). El Hijo de Dios quiso de este modo compartir hasta el fondo nuestra condición humana para abrirla a la esperanza. En última instancia, nació para poder morir y de este modo liberarnos de la esclavitud de la muerte. La Carta a los Hebreos dice: «padeció la muerte para bien de todos» (2, 9). A partir de entonces, la muerte ya no es la misma: ha quedado privada por decirlo de algún modo de su «veneno». El amor de Dios, actuando en Jesús, ha dado un nuevo sentido a toda la existencia del hombre y de este modo ha transformado también la muerte. Si en Cristo la vida humana es un paso «de este mundo al Padre» (Juan 13, 1), la hora de la muerte es el momento en el que este paso tiene lugar de manera concreta y definitiva”.

 

Para los cristianos toda cuestión de sentido se resuelve siempre en el amor de Dios, que es el motivo último de nuestra esperanza. Que nos siga iluminado Benedicto XVI con su Spes Salvi n° 27: “Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente «vida». Empieza a intuir qué quiere decir la palabra esperanza que hemos encontrado en el rito del Bautismo: de la fe se espera la «vida eterna», la vida verdadera que, totalmente y sin amenazas, es sencillamente vida en toda su plenitud… La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces «vivimos».

 

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

 

Eres Palabra Viva

 

Apenas escucho el canto de los pájaros

Me asomo a tu Presencia, Resucitado!

El latido de mi corazón se acelera

Porque me estás esperando.

 

Las primicias del amanecer, mi perfume y el tuyo

Se van dulcemente mezclando…

 

Fijo los ojos en tu Palabra, Verbo mío

Y ya no te busco entre los muertos

Porque estás vivo.

 

En tu Palabra se escribe también mi Vida

Y mi muerte…

Cada renglón tiene tu Cuerpo y tu Sangre

Y así me alimentas, me envías.

 

Qué el mundo entero los sepa

Ya no hay victoria en la muerte

Ni luto, ni lágrimas por la ausencia

Solo el Amor es noticia. Amén.

[1] Cf. R. Brown, Un Cristo Resucitado en tiempo pascual (San Pablo; Buenos Aires 1991) 61-62.

[2] Un Cristo Resucitado en tiempo pascual (San Pablo; Buenos Aires 1991) 63.

[3] A. Neher, L´existence juive (Seul; Paris 1962) 37.

[4] A. Bonora, voz: “muerte”, en P. Rossano-G. Ravasi-A. Girlanda, Nuevo Diccionario de Teología Bíblica (Paulinas; Madrid 1990) 1268.

[5] Cf. J. Ratzinger, Escatología (Herder; Madrid 2007).

[6] Escatología (Herder; Madrid 2007) 91.

 

 

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

 

En esta solemnidad de todos los santos se aplica el principio de la lectura litúrgica de los textos bíblicos. Por tanto, el tema transversal a la luz del cual hay que considerar las tres lecturas hoy es la “santidad” pues el sentido de esta solemnidad es celebrar a todos aquellos cristianos que ya gozan de la presencia de Dios en el cielo, canonizados o no.

 

Primera lectura (Ap 7,2-4.9-14):

 

Al vidente del Apocalipsis se le concede contemplar “una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano y exclamaban con voz potente: ¡La salvación viene de nuestro Dios que está sentado en el trono, y del Cordero!”.

Se resalta aquí que son innumerables los que forman este grupo y que su proveniencia es muy diversa. Reflejan de este modo la universalidad de la Iglesia. Y ¿cuál es su situación? Están en la presencia de Dios llevando los signos de la pureza (vestiduras blancas) y de la victoria (palmas en las manos). Y hacen una excelente profesión de fe: la salvación viene de Dios y de Jesucristo (el Cordero). Sólo en Dios se encuentra la salvación definitiva. Y la misma se alcanza por la sangre del Cordero, el único que puede “santificar” a los hombres para que accedan a la presencia del Tres Veces Santo.

En síntesis, los santos serán muchísimos y de todo origen, o sea que se cumple el llamado universal a la santidad que Dios hace. Están en la presencia de Dios y han sido transformados por la fuerza del misterio pascual de Jesucristo.

 

Segunda Lectura: 1Jn 3,1-3

 

Esta lectura nos ayuda a considerar la santidad como vínculo, como comunión con el Padre que nos ha hecho sus hijos. Esta filiación se vive ahora como una dimensión interior en la vida del creyente, por eso el mundo no puede reconocerla. Pero cuando al final de los tiempos esta realidad ontológica del cristiano se manifieste, quedará patente la excelencia de este vínculo por cuanto Dios nos ha hecho semejantes a Él y lo veremos tal cual es. Por tanto se trata de una santidad oculta a los hombres, pero real a los ojos de la fe. Y esto la hace difícil pero meritoria. Se trata de una vivencia expectante, de una esperanza que nos va purificando y asemejando a Él; y así nos prepara para el día del cara a cara, de la visión de su santidad y de nuestra propia y asombrosa santificación.

 

Evangelio: Mt 4,25-5,12

 

La introducción del Sermón de la Montaña (5,1-2) nos presenta el auditorio y el lugar del discurso. En un primer momento pareciera dirigido sólo a sus discípulos (5,2) pero en realidad se incluye a la gran multitud que lo seguía (cf. 4,25; 5,1; 7,28). Para pronunciar su discurso Jesús “subió a la montaña”. Esta descripción no tiene sólo un sentido funcional sino teológico. La montaña remite al Sinaí (Ex 19-20) y al Horeb (Dt 5) donde Dios ha establecido su alianza con Israel y revelado su voluntad.

Se le acercan sus discípulos, los que han hecho su opción por Jesús y tienen derecho a entrar en la esfera divina; están con Jesús en ella. Siguen las bienaventuranzas, que son ocho, pero que tienen una estructura común donde distinguimos tres elementos:

 

1)   Un adjetivo en posición predicativa; se presupone el verbo ser: “Felices son…”.

2)   Un sujeto con artículo que se refiere a personas caracterizadas por una situación humana penosa o una actitud positiva.

3)   Una acción divina introducida por un o[ti (porque) causal que da razón del motivo de la felicidad. Describe la forma cómo los hombres son alcanzados por la acción de Dios (pasivos teológicos).

En cuanto al tiempo, en 1) y 2) no viene indicado, y se presupone una situación presente; mientras que en 3) se refiere al futuro escatológico (5,4-9.12); salvo 5,3.10 que están en presente.

Concatenación lógica: 1) es la consecuencia o resultado; 2) la condición; 3) la causa o motivo.

Es decir, la causa o motivo de la felicidad es lo que aparece al final de cada bienaventuranza, que es la acción de Dios a favor de las personas: darles el Reino, consolarlos, saciarlos, recibir misericordia, etc. El segundo miembro de cada oración describe la condición o la situación de las personas que se verán favorecidas por la acción de Dios y, por ello, son Felices, con una felicidad plena, tal el sentido de maka,rioi: se trata de la declaración de un estado actual de felicidad plenaSe trata de una felicidad que viene a nosotros, no de una felicidad producida por nosotros.

En síntesis, las bienaventuranzas en Mateo formulan exigencias éticas y espirituales, actitudes y comportamientos que el discípulo debe desarrollar como condiciones para pertenecer al Reino. Estas exigencias están motivadas por la promesa del don escatológico del Reino, que es la causa última de la felicidad o bienaventuranza proclamada. Estos dos aspectos, presentes como 2° y 3° miembro respectivamente de cada bienaventuranza, no pueden separarse. Ahora bien, como lo revela la estructura misma, debemos reconocer la primacía del obrar de Dios. Es el reinado de Dios que se acerca (4,18) el motivo de la felicidad y la motivación del obrar humano que se dispone así a recibirlo, a entrar en comunión con Él.

El orden de las bienaventuranzas tiene también un significado. Las cuatro primeras remiten a la relación del discípulo con Dios, ponderando la apertura humilde y confiada a él; el compromiso por vivir la voluntad del Padre y la aflicción por no poder hacerlo o no verlo en los demás. Las tres siguientes tratan de la relación con los demás, exaltando la misericordia, la honestidad o integridad y la búsqueda de la paz. La última refiere la actitud que puede provocar en los demás -persecución- la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad de Dios. De este ordenamiento podemos deducir que la justa relación con los demás sigue a una justa relación con Dios.

En su comentario al Sermón del Monte L. Sánchez Navarro ha escrito[1]: “La moral propuesta por la EM (Enseñanza de la Montaña) es una auténtica “ciencia de la felicidad”. En ella, la primacía pertenece al don, a la gracia; pero eso no excluye, sino que implica necesariamente, la adquisición de virtudes sólidas”.

  1. Rodríguez Carmona, por su parte, dice: “El Discurso Evangélico presupone la presencia de la salvación de Dios, que ya comienza a reinar. A este presupuesto quiere remitir el sumario anterior, y está implícito en las Bienaventuranzas con las que comienza. Dios primero perdona, hace al hombre hijo suyo y hermano de sus hijos, invita a tomar conciencia de esta realidad con alegría y después nos indica cómo tenemos que actuar. Este presupuesto es básico para no convertir en pura ética o en pura Ley el contenido del discurso, quitándolo así su carácter de “Evangelio”[2].

 

Algunas reflexiones:

“La solemnidad de Todos los Santos se ha venido afirmando en el curso del primer milenio cristiano como una celebración colectiva de los mártires. Ya en el 609, en Roma, el Papa Bonifacio IV había consagrado el Panteón dedicándolo a la Virgen María y a todos los mártires. Martirio que podemos entender en sentido lato, es decir como amor a Cristo sin reservas, amor que se expresa en el don total de sí a Dios y a los hermanos. Meta espiritual a la que tienden todos los bautizados y que se alcanza siguiendo la senda de las “Bienaventuranzas” evangélicas, que la liturgia nos indica en esta solemnidad (Cf. Mt 5,1-12a). Es el mismo camino señalado por Jesús y que los santos y las santas se han esforzado en recorrer, conscientes de sus limitaciones humanas. En su existencia terrena, de hecho, han sido pobres de espíritu; afligidos por los pecados; mansos; han tenido hambre y sed de justicia; misericordiosos; limpios de corazón; han trabajado por la paz y han sido perseguidos por causa de la. Y Dios les ha participado su misma felicidad: la han pregustado en este mundo y, en el más allá, gozan plenamente de. Son ahora consolados, herederos de la tierra; saciados; perdonados; ven a Dios de quien son hijos. En una palabra “de ellos es el Reino de los cielos” (Cf. Mt 5,3.10)” (Benedicto XVI).

Dejemos que nos ilumine la homilía del Papa Francisco del 1º de noviembre de 2013:

“Es muy bella la visión del Cielo que hemos escuchado en la primera lectura: el Señor Dios, la belleza, la bondad, la verdad, la ternura, el amor pleno. Nos espera todo esto. Quienes nos precedieron y están muertos en el Señor están allí. Ellos proclaman que fueron salvados no por sus obras —también hicieron obras buenas— sino que fueron salvados por el Señor: «La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero» (Ap 7, 10). Es Él quien nos salva, es Él quien al final de nuestra vida nos lleva de la mano como un papá, precisamente a ese Cielo donde están nuestros antepasados. Uno de los ancianos hace una pregunta: «Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?» (v. 13). ¿Quiénes son estos justos, estos santos que están en el Cielo? La respuesta: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero» (v. 14).

En el Cielo podemos entrar sólo gracias a la sangre del Cordero, gracias a la sangre de Cristo. Es precisamente la sangre de Cristo la que nos justificó, nos abrió las puertas del Cielo. Y si hoy recordamos a estos hermanos y hermanas nuestros que nos precedieron en la vida y están en el Cielo, es porque ellos fueron lavados por la sangre de Cristo. Esta es nuestra esperanza: la esperanza de la sangre de Cristo. Una esperanza que no defrauda. Si caminamos en la vida con el Señor, Él no decepciona jamás.

Hemos escuchado en la segunda Lectura lo que el apóstol Juan decía a sus discípulos: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce… Somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3, 1-2). Ver a Dios, ser semejantes a Dios: ésta es nuestra esperanza. Y hoy, precisamente en el día de los santos y antes del día de los muertos, es necesario pensar un poco en la esperanza: esta esperanza que nos acompaña en la vida. Los primeros cristianos pintaban la esperanza con un ancla, como si la vida fuese el ancla lanzada a la orilla del Cielo y todos nosotros en camino hacia esa orilla, agarrados a la cuerda del ancla. Es una hermosa imagen de la esperanza: tener el corazón anclado allí donde están nuestros antepasados, donde están los santos, donde está Jesús, donde está Dios. Esta es la esperanza que no decepciona; hoy y mañana son días de esperanza.

La esperanza es un poco como la levadura, que ensancha el alma; hay momentos difíciles en la vida, pero con la esperanza el alma sigue adelante y mira a lo que nos espera. Hoy es un día de esperanza. Nuestros hermanos y hermanas están en la presencia de Dios y también nosotros estaremos allí, por pura gracia del Señor, si caminamos por la senda de Jesús. Concluye el apóstol Juan: «Todo el que tiene esta esperanza en Él se purifica a sí mismo» (v.3). También la esperanza nos purifica, nos aligera; esta purificación en la esperanza en Jesucristo nos hace ir de prisa, con prontitud. En este pre-atarceder de hoy, cada uno de nosotros puede pensar en el ocaso de su vida: «¿Cómo será mi ocaso?». Todos nosotros tendremos un ocaso, todos. ¿Lo miro con esperanza? ¿Lo miro con la alegría de ser acogido por el Señor? Esto es un pensamiento cristiano, que nos da paz. Hoy es un día de alegría, pero de una alegría serena, tranquila, de la alegría de la paz. Pensemos en el ocaso de tantos hermanos y hermanas que nos precedieron, pensemos en nuestro ocaso, cuando llegará. Y pensemos en nuestro corazón y preguntémonos: «¿Dónde está anclado mi corazón?». Si no estuviese bien anclado, anclémoslo allá, en esa orilla, sabiendo que la esperanza no defrauda porque el Señor Jesús no decepciona”.

 

Ahora bien, además de festejar a los santos, estamos llamados también en esta fiesta a imitarlos, a entrar también nosotros en el camino de la santidad propia de la vida cristiana. Con San Pablo podemos afirmar que santo es aquel que vive y obra guiado por el Espíritu Santo (Rom 8,14-16; Gal 5,16-18); y que la santidad es entonces el fruto de la acción del Espíritu en el creyente. Y también, como decía el Papa san Juan Pablo II: “¿Qué es la santidad? Es precisamente la alegría de hacer la Voluntad de Dios” (Hom. 18-1-1981). Por tanto, “santo” es el que cumple la voluntad de Dios movido por el Espíritu Santo; y la voluntad de Dios es que seamos santos (cf. 1Tes 4,3).

La santidad es como una semilla plantada en nosotros por el Bautismo y que debe germinar y dar fruto. Por ello la vocación o llamado a la santidad es inherente a la vida de todo cristiano. Así lo enseñaba con insistencia el Concilio Vaticano II: “Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” (Lumen Gentium n° 11).

Este “don” de la santidad, por así decir “objetiva”, se da a cada bautizado. Pero el don se plasma a su vez en un “compromiso subjetivo” que ha de impregnar toda la vida del cristiano. Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos pues «todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor» (Juan Pablo II, NMI n° 30). También debe impregnar la programación pastoral de la Iglesia que debe hacerse “bajo el signo de la santidad, (lo cual) es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, « ¿quieres recibir el Bautismo? », significa al mismo tiempo preguntarle, « ¿quieres ser santo? » Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: « Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial » (Mt 5,48). Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos «genios» de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia” (Juan Pablo II, NMI n° 31).

Y para terminar, la “definición” de la santidad de Sta. Teresita del Niño Jesús: “La santidad consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre” (Novísima Verba 3.8.5).

 

 

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

 

Uno de la muchedumbre

 

Fuimos sedientos tras tus pasos

Había en tu figura una realeza exquisita

Llenaba ella nuestros vacíos

Nos daba seguridad infinita.

 

Qué más le podemos pedir

A quién a nuestro lado camina?

La soledad no es un secreto

La Vida está en tu compañía.

 

Uno más de esa partida

Peregrinos de un solo rumbo

No es para ti una muchedumbre

Conoces bien a cada uno.

 

Es del Bienaventurado

Los hambrientos, los mansos y los pacíficos,

Pero en especial…

De los perseguidos por tu nombre

Por hacerse otro Cristo.

 

La recompensa es el cielo

Es la alegría y el regocijo!

Concédenos estar entre ellos

Sentirnos tu pueblo elegido. Amén.

 

[1] La Enseñanza de la Montaña. Comentario contextual a Mateo 5-7 (Verbo Divino; Estella 2005) 23-24.

[2] A. Rodríguez Carmona, Evangelio de Mateo (DDB; Bilbao 2006) 60.

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