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Domingo 29º Durante el Año

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Comentario bíblico y reflexiones del P. Damián Nannini

DOMINGO 29 DURANTE EL AÑO CICLO “A”

Primera lectura (Is 45,1.4-6)

En la sección anterior de esta profecía (Is 40,12-44,23) se refutaba la falsedad y vaciedad de los ídolos y su incapacidad para salvar a Israel. Como contrapartida se presentaba a Yavé como el único liberador de su pueblo. En esta nueva sección (Is 44,24-48,22) se referirá concretamente a la actuación de Dios en la historia a favor de su pueblo. Hasta aquí nos mantenemos dentro de la tradición de fe israelita. Pero surge algo inesperado y difícil de aceptar: el instrumente de esta liberación será un pagano, Ciro, rey de medos y persas.

Las referencias a Ciro indican que lo que está pasando a mediados del siglo VI con las victorias del estratega persa es obra de Yavé en vistas a la liberación de los cautivos. En esos contextos aparecen las preguntas retóricas (“¿quién ha suscitado…?”, 41,2ss) o las afirmaciones enfáticas (“yo soy el que dice a Ciro… “, 43,28), que hacen de Yavé el único actor trascendente en la historia. Se excluyen, por tanto, los otros dioses, y se relativiza la acción del propio Ciro.

El profeta expresa así de manera concreta la amplitud de horizontes y el universalismo que le caracterizan. En efecto, los israelitas estaban acostumbrados a considerar al rey de Israel como el «ungido de Yavé», es decir, aquel que el Señor consagraba dándole su Espíritu para hacerlo instrumento de su acción a favor de su pueblo. Pues bien, Isaías II da este título de «ungido» a Ciro, un rey pagano; a quien Yavé mismo ha llamado por su nombre, le ha ceñido la corona, le ha tomado de la diestra y marcha delante de él abriéndole camino en su recorrido victorioso. Lo que más llama la atención es que todo esto ocurre sin que Ciro conozca a Yavé (la expresión se repite dos veces: vv. 4 y 5). Ello no es obstáculo para que el Señor en su dominio soberano se sirva de Ciro para llevar a cabo su plan de salvación a favor de su pueblo.

El texto deja en claro la motivación del obrar de Dios: su amor por Jacob, su siervo, por Israel, su elegido. El título de “mi siervo” sugiere que Israel ya no es esclavo de los caldeos sino de Yavé, por lo que se está sugiriendo que la situación económica, social y política de los exiliados está por cambiar.

En fin, el profeta confiesa abiertamente que Dios es el único Señor de la historia que domina sobre todas las naciones y los reinos, sin que nada escape a su acción, aunque muchas veces sus caminos son misteriosos y ocultos para nosotros.

Evangelio (Mt 22,15-21)
Con el texto de hoy comenzamos una subsección del evangelio de Mateo caracterizada por la oposición creciente de los fariseos hacia Jesús. En efecto, la intención de estos es sorprenderlo en alguna afirmación comprometedora para acusarlo. En este domingo – y en los dos próximos – leeremos escenas del evangelio que testimonian esta controversia.

Justamente la antedicha intención de los fariseos la expone Mateo al comienzo del evangelio de hoy: “Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones” (Mt 22,15). Luego añade que para concretar esto “le envían sus discípulos junto con los herodianos”. Este último dato es importante porque los herodianos eran los partidarios de la dinastía de Herodes Antipas quien gobernaba como aliado de los romanos y, por tanto, defendían el cobro de tributos para ellos.

Primero tienen la palabra los fariseos quienes comienzan con una larga introducción alabando las actitudes de Jesús como maestro; que bien podría obedecer a las normas de la retórica de aquel tiempo (captatio benevolencia), pero conociendo su intención verdadera suena a falsedad o adulación interesada. Luego van al grano de la cuestión: “¿es lícito pagar tributo al César o no?”. Esta pregunta es tramposa porque si Jesús responde afirmativamente estaría dando su apoyo o su reconocimiento a la dominación romana y, con esto, se pondría en contra a la mayoría del pueblo judío que la rechazaba. En efecto, el pago de impuestos era un claro signo de sujeción al poder dominante. Por el contrario, si responde negativamente se lo podría acusar de opositor al gobierno y ser condenado por sedicioso o revolucionario. De hecho en el proceso ante Pilato lo acusan de esto mismo: “Y comenzaron a acusarlo, diciendo: “Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador” (Lc 23,3).

Jesús responde poniendo primero de manifiesto la intención maliciosa de los que preguntan y señalando que se trata de una tentación (se utiliza el verbo griego πειράζων, el mismo que designa las tentaciones diabólicas en Mt 4,1.3). Luego pide que le muestren una moneda de tributo, un denario romano, que llevaba grabada la efigie del emperador Tiberio con la inscripción “Ti(berius) Caesar Divi Aug(usti) F(ilius) Augustus” (Tiberio César Augusto, hijo del Divino Augusto) y, al reverso, “Pontif(ex) Maxim(us)” (Pontífice máximo)[1].

Entonces dice su conocida respuesta taxativa: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mt 22,21).

La primera parte de la respuesta, “den al César lo que es del César”, aparece ante todo como una constatación de hecho: ustedes tienen una moneda que lleva la imagen del César, devuélvansela (éste sería el sentido exacto del verbo ἀπόδοτε), paguen el tributo ya que poseen una moneda del tributo. Por tanto al César le pertenece su “denario” pues era la moneda fiscal y el símbolo del poder político y administrativo. No podemos decir que Jesús con esta frase esté avalando la dominación romana sobre Israel. Tampoco parece que se deba interpretar esta afirmación como una fundamentación teológica del deber ciudadano de pagar los impuestos. Para esto mismo es más claro el texto de Rom 13,6-7. Sí puede verse aquí un reconocimiento de la autoridad civil en su campo propio como es el económico.

El clímax de la narración está en el segundo miembro de la respuesta: “den a Dios lo que es de Dios”. Si bien Jesús no precisa “lo que es de Dios”, la tradición bíblica es clara al reconocer a Dios como Señor de todo el mundo: de las personas, de los reyes y de los reinos. Incluso podríamos vincular este texto con Gn 1,26 donde se afirma que el hombre y la mujer son “imagen” de Dios (en la versión griega se utiliza el mismo término – eikon (imagen) – que aquí). Por tanto si el hombre y la mujer son y tienen la imagen de Dios, a Dios le pertenecen y a Dios se deben. Además, un poco más adelante en el contexto de estas disputas con saduceos y fariseos, Jesús recordará cuál es el mandamiento principal: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu” (Mt 22,37). De este modo Jesús coloca el amor/obediencia a Dios como el deber fundamental de todo hombre y de todo el hombre.

En síntesis, la respuesta final completa de Jesús no avalaría una separación total entre dos órdenes o poderes: el material o civil y el espiritual o religioso. Por el contrario, se trata más bien de la afirmación del Señorío universal y absoluto de Dios, ante lo cual el pago del tributo aparece como algo relativo y accidental[2].

Ante esta respuesta de Jesús, tan profunda y tan inteligente, sus adversarios se retiran admirados, hasta la próxima disputa…

Algunas reflexiones:

Tanto la primera lectura como el evangelio de hoy nos conducen a reflexionar sobre el Señorío de Dios y su primado en nuestras vidas. El profeta Isaías afirma sin tapujos que Dios es el Señor de la historia, más allá de las vicisitudes políticas del momento. Sin duda que su obrar es misterioso, pero la fe sabe reconocer y esperar su paso por la historia y por la vida.

De modo semejante, Jesús les recuerda a los fariseos y herodianos la primacía de Dios en la vida del hombre. La licitud del pago del impuesto a un poder dominante ilegítimo es un tema delicado e intrincado (como lo es el pago de la deuda a los “holdouts” o “fondos buitres”). Jesús no resuelve en profundidad este dilema ya que le fue propuesto con una intención capciosa, maliciosa. Si bien reconoce el derecho del emperador a acuñar sus propias monedas; ante todo afirma el derecho de Dios sobre todo, su Señorío universal. Es lo que le corresponde como Dios, Creador y Señor de todo.

No parece superficial insistir sobre esto en tiempos de secularismo y relativismo. Pero antes de lanzar nuestras críticas a la cultura y al mundo actual, tal vez sea oportuno empezar por casa. Porque hay signos que revelan un solapado olvido de la primacía de Dios en la vida de los cristianos. Basten como muestra la pérdida del sentido del domingo como día del Señor; la pérdida del sentido trascendente de la liturgia; la infravaloración de la contemplación; la sobrevaloración de los medios en detrimento del fin último del hombre. No estamos exentos de la tentación de la autoreferencialidad o narcisismo que pone nuestro yo en el centro de nuestro obrar, incluso ministerial. Es muy real la tentación de caer en la “mundanidad espiritual” de la que hablaba el Cardenal de Lubac en sus Meditaciones sobre la Iglesia. Según él la mundanidad espiritual «constituye el mayor peligro, la tentación más pérfida, la que siempre renace ­- insidiosamente – cuando todas las demás han sido vencidas y cobra nuevo vigor con estas mismas victorias». Y la define así: «Aquello que prácticamente se presenta como un desprendimiento de la otra mundanidad, pero cuyo ideal moral, y aún espiritual, sería, en lugar de la gloria del Señor, el hombre y su perfeccionamiento. La mundanidad espiritual no es otra cosa que una actitud radicalmente antropocéntrica…”[3].

Pienso que a algo parecido se refería el Papa Benedicto XVI en su audaz discurso a los católicos alemanes comprometidos: “La Iglesia debe abrirse una y otra vez a las preocupaciones del mundo y dedicarse a ellas sin reservas, para continuar y hacer presente el intercambio sagrado que comenzó con la Encarnación. En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria, la de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios. Por ello da una mayor importancia a la organización y a la institucionalización que a su vocación a la apertura. Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de lo mundano del mundo. Con esto sigue las palabras de Jesús: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17,16). En un cierto sentido, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior. En efecto, las secularizaciones –sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en cancelación de privilegios o cosas similares– han significado siempre un profundo desarrollo de la Iglesia, en el que se despojaba de su riqueza terrena a la vez que volvía a abrazar plenamente su pobreza terrena”.

El evangelio nos invita a recuperar la actitud que otorga la primacía a la adoración del verdadero y único Dios y el consecuente servicio desinteresado al prójimo, como también lo señalaba el Papa Benedicto XVI en el antedicho discurso: “Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse mejor y verdaderamente cristiana al mundo entero, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio de la adoración a Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera, que va unida a la adoración cristiana y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más claramente visible. La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así a Aquel del que toda persona puede decir, con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11)”. Por su parte el Papa Francisco nos dice que la mundanidad espiritual “hay que evitarla poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el Evangelio!” (EG n° 97)

Volvamos ahora a la frase de Jesús “den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”, la cual ha dado lugar a variadas interpretaciones y a diversas aplicaciones al tema de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Por esto es bueno recordar la interpretación auténtica de esta frase evangélica que hace el Magisterio de la Iglesia y su correcta aplicación a la realidad. Por ejemplo, el mismo Papa Benedicto XVI, y recordando las enseñanzas del Concilio Vaticano II, afirmaba en “Dios es amor” nº 28: “Es propio de la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios (cf. Mt 22, 21), esto es, entre Estado e Iglesia o, como dice el Concilio Vaticano II, el reconocimiento de la autonomía de las realidades temporales. El Estado no puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre los seguidores de las diversas religiones; la Iglesia, como expresión social de la fe cristiana, por su parte, tiene su independencia y vive su forma comunitaria basada en la fe, que el Estado debe respetar. Son dos esferas distintas, pero siempre en relación recíproca”.

Por su parte, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia en su nº 379 dice: “Jesús rechaza el poder opresivo y despótico de los jefes sobre las Naciones (cf. Mc 10,42) y su pretensión de hacerse llamar benefactores(cf. Lc 22,25), pero jamás rechaza directamente las autoridades de su tiempo. En la diatriba sobre el pago del tributo al César (cf. Mc 12,13-17; Mt 22,15-22; Lc 20,20-26), afirma que es necesario dar a Dios lo que es de Dios, condenando implícitamente cualquier intento de divinizar y de absolutizar el poder temporal: sólo Dios puede exigir todo del hombre. Al mismo tiempo, el poder temporal tiene derecho a aquello que le es debido: Jesús no considera injusto el tributo al César”.

Más recientemente, el Papa Francisco ha vuelto a insistir en la “dimensión social de la evangelización” a la que dedica el cuarto capítulo de Evangelii Gaudium. Allí afirma que “nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política», la Iglesia «no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia». Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo.” (183). En esta afirmación general el Papa Francisco reivindica la competencia de la Iglesia en las cuestiones sociales, desde su lugar propio, que es distinto del que corresponde al Estado, al cual le “compete el cuidado y la promoción del bien común de la sociedad. Sobre la base de los principios de subsidiariedad y solidaridad, y con un gran esfuerzo de diálogo político y creación de consensos, desempeña un papel fundamental, que no puede ser delegado, en la búsqueda del desarrollo integral de todos. Este papel, en las circunstancias actuales, exige una profunda humildad social” (240). El camino que propone Francisco es el del diálogo: “En el diálogo con el Estado y con la sociedad, la Iglesia no tiene soluciones para todas las cuestiones particulares. Pero junto con las diversas fuerzas sociales, acompaña las propuestas que mejor respondan a la dignidad de la persona humana y al bien común. Al hacerlo, siempre propone con claridad los valores fundamentales de la existencia humana, para transmitir convicciones que luego puedan traducirse en acciones políticas” (241).

En conclusión, y más allá del tema de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, las lecturas nos invitan a una confesión de fe en el Señorío de Dios en la historia y en nuestras vidas. Creemos que Dios sigue actuando en la historia en favor de su pueblo. Este acto de fe – a veces difícil ante la realidad que se presenta a nuestros ojos – es necesario y liberador. Sí, la adoración de Jesús como nuestro Dios y Señor es lo que nos libera, como Iglesia y como mundo, de las idolatrías del poder, del tener y placer. Y nos permite seguir esperando…

[1] Estos datos los tomamos de U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. III (Sígueme; Salamanca 2003) 339.

[2] Es lo que sostienen varios comentaristas del evangelio de Mateo como W. Trilling; Davis-Allison; A. Levoratti; U. Luz; L. Rivas; Rodríguez Carmona.

[3] Cf. H. de Lubac, Meditaciones sobre la Iglesia (Encuentro; Madrid 1988) 295. Justamente aquí está la fuente inspiradora del Papa Francisco quien desarrolla con agudeza esta intuición sobre la tentación insidiosa de la “mundanidad espiritual” en Evangelii Gaudium 93-97.

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