San Agustin

San Agustín comenta el Evangelio del Domingo – 31 C

 

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Lc 19,1-10: Reprochaban al médico que entrase en casa del enfermo

Vas a decir: « Si voy como Zaqueo no podré ver a Jesús a causa de la muchedumbre». No te entristezcas, sube al árbol del que Jesús estuvo colgado por ti y verás. ¿Y a qué clase de árbol subió Zaqueo? A un sicómoro. En nuestra región o no existe o es muy raro que surja en algún lugar, pero en aquella zona se da mucho este tipo de árbol y fruto. Reciben el nombre de sicómoros ciertos frutos semejantes a los higos, pero que se diferencian bastante, como saben quienes los han visto y gustado. Por lo que indica la etimología del nombre, los sicómoros son higueras necias.

Pon ahora los ojos en mi Zaqueo, mírate, te suplico, queriendo ver a Jesús en medio de la muchedumbre sin conseguirlo. Él era humilde, mientras que la turba era soberbia; y la misma turba, como suele ser frecuente, se convertía en impedimento para ver bien al Señor. Se levantó sobre la muchedumbre y vio a Jesús sin que ella se lo impidiese. En efecto, a los humildes, a los que siguen el camino de la humildad, a los que dejan en manos de Dios las injurias recibidas y no piden venganza para sus enemigos, a ésos los insulta la turba y les dice: «¡Inútil, que eres incapaz de vengarte!». La turba te impide ver a Jesús; la turba, que se gloria y exulta de gozo cuando ha podido vengarse, impide la visión de quien, pendiente de un madero, dijo:Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc 23,34).

Por eso Zaqueo, que quería verle, simbolizando a las personas humildes, no pone su mirada en la turba, que es impedimento, sino que sube a un sicómoro, como al árbol de fruto necio. Pues, nosotros, dice el Apóstol, predicamos a Cristo crucificado, escándalo ciertamente para los judíos -contempla el sicómoro- necedad, en cambio, para los gentiles (1 Cor 1,23). Finalmente, los sabios de este mundo nos insultan a propósito de la cruz de Cristo y dicen: «¿Qué corazón tenéis quienes adoráis a un Dios crucificado?». «¿Qué corazón tenemos?», preguntas. Ciertamente, no el vuestro. La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. No tenemos, pues, un corazón como el vuestro, Decís que nuestro corazón es necio. Decid lo que queráis; nosotros subimos al sicómoro para ver a Jesús. Vosotros no podéis ver a Jesús porque os avergonzáis de subir al sicómoro. Alcance Zaqueo el sicómoro, suba el humilde a la cruz. Poca cosa es subir; para no avergonzarse de la cruz de Cristo, póngala en la frente, donde está el asiento del pudor; allí precisamente, donde antes se nota el rubor; póngala allí para no avergonzarse de ella. Pienso que te ríes del sicómoro, pero también él me hizo ver a Jesús. Tú te ríes del sicómoro porque eres hombre, pero lo necio de Dios es más sabio que la sabiduría de los hombres (1 Cor 1,25).

El Señor, que había recibido a Zaqueo en su corazón se dignó ser recibido en casa de él. Le dice: Zaqueo, apresúrate a bajar, pues conviene que yo me quede en tu casa (Lc 19,5). Gran dicha consideraba él ver a Cristo. Quien tenía por grande e inefable dicha el verle pasar, mereció inmediatamente tenerle en casa. Se infunde la gracia, actúa la fe por medio del amor, se recibe en casa a Cristo, que habitaba ya en el corazón. Zaqueo dice a Cristo: Señor, daré la mitad de mis bienes a los pobres, y si a alguien he defraudado le devolveré el cuádruplo (Lc 19,8). Como si dijera: «Me quedo con la otra mitad, no para poseerla, sino para tener con qué restituir». He aquí, en verdad, en qué consiste recibir a Jesús, recibirle en el corazón. Allí, en efecto, estaba Cristo; estaba en Zaqueo, y por su inspiración se decía a sí mismo lo que escuchaba de su boca. Es lo que dice el Apóstol: Que Cristo habite en vuestros corazones por la fe (Ef 3,17).

Como se trataba de Zaqueo, el jefe de los publicanos y gran pecador, aquella turba, que se creía sana y le impedía que Jesús entrase en casa de un pecador, que equivale a reprochar al médico el que entre en casa del enfermo. Puesto que Zaqueo se convirtió en objeto de burla en cuanto pecador y se mofaban de él, ya sano, los enfermos, respondió el Señor a esos burlones:Hoy ha llegado la salvación a esta casa (Lc 19,9). He aquí el motivo de mi entrada: Hoy ha llegado la salvación. Ciertamente, si el Salvador no hubiese entrado no hubiese llegado la salvación a aquella casa.

¿De qué te extrañas, enfermo? Llama también tú a Jesús, no te creas sano. El enfermo que recibe al médico es un enfermo con esperanza; pero es un caso desesperado quien en su locura da muerte al médico. ¡Qué locura la de aquel que da muerte al médico! En cambio, ¡qué bondad y poder el del médico, que de su sangre preparó la medicina para su demente asesino! No decía sin motivo: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34), quien había venido a buscar y salvar lo que había perecido. «Ellos son dementes, yo soy el médico; se enfurecen, los soporto con paciencia; cuándo me hayan dado muerte, entonces los curaré». Hallémonos entre aquellos a quienes sana. Es palabra humana y digna de todo crédito que Jesucristo vino al mundo a salvar a los pecadores. A salvar a los pecadores (1 Tim 1,15), sean grandes o pequeños. Vino el hijo del hombre a buscar y salvar lo que había perecido (Lc 19,10).

Sermón 174, 3.5-6

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