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Marcha de la Esperanza

“Madre, cuida la fe de tu pueblo que camina”

 

Homilía en la Misa de clausura de la 40ª Marcha de la Esperanza

Catedral de Mar del Plata, sábado 7 de diciembre de 2013

 

(Antes de iniciar esta homilía, quiero felicitar a todos ustedes, caminantes empapados por la intensa lluvia, que supieron perseverar. Los que observaban con atención la marcha, contaron siete cuadras de gente en el momento que arreciaba la lluvia. Como obispo me siento orgulloso de ustedes).

 

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, y fieles laicos de esta diócesis marplatense:

 

Se unen en esta Eucaristía profundos significados y evocaciones entrañables.

 

I. Concluimos el Año de la Fe

 

Ante todo, menciono la conclusión diocesana del Año de la Fe, inaugurado por el papa Benedicto XVI, quien quiso mantener la vigencia de la doctrina y el espíritu del Concilio Vaticano II, a cincuenta años de su inauguración; y también la riqueza doctrinal del Catecismo de la Iglesia Católica, a veinte años de su promulgación. El mismo papa convocó un Sínodo para la nueva evangelización. El programa esencial consistía en revitalizar nuestro encuentro con Cristo, personal y comunitario, conocer más a fondo las verdades de nuestra fe, y transmitir a otros, con nuestro testimonio y nuestras palabras, el gozo de la fe.

 

En esta Iglesia catedral el inicio coincidió con la alegría de incorporar a un grupo de adultos como nuevos miembros de la Iglesia, mediante los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Esto constituía sólo un símbolo de un nuevo impulso que deseábamos imprimir a la tarea evangelizadora en nuestra diócesis de Mar del Plata.

 

Ese día, el tríptico de la asamblea episcopal de Aparecida inició desde este templo una gira, acompañando a las diversas comunidades parroquiales como un signo pedagógico de la comunión en una misma fe y un símbolo de nuestra misión.

 

Como obispo quiero expresar mi satisfacción por las manifestaciones de fe que pude contemplar a lo largo de este año, fruto de fecundas iniciativas pastorales protagonizadas por sacerdotes y laicos, consagrados y consagradas. La lista sería extensa, por lo cual me limito a nombrar sólo algunas, dejando constancia de que se trata de una mención muy incompleta.

 

Deseo mencionar en especial la misión llevada a cabo en la cárcel de Batán, a cargo del equipo de la pastoral penitenciaria. La fecundidad de la misma se mostró en un grupo significativo de internos que recibieron los sacramentos de la iniciación cristiana, Bautismo, Confirmación y Comunión, mientras que otros pudieron revitalizar su fe. Aludo asimismo al trabajo pastoral en diversos barrios de la periferia marplatense, que condujeron al gozo de la incorporación a la Iglesia de numerosos adultos, cuyas vidas quedaban iluminadas por la fe y los sacramentos.

 

Muy significativas también resultaron las experiencias de presencia sacerdotal en el espacio público del centro de esta ciudad, ofreciendo el servicio de la escucha y del sacramento de la Reconciliación. Así como también la experiencia de la carpa misionera itinerante.

 

Los catequistas vivieron una hermosa jornada, donde simbolizaron el camino y la peregrinación de la fe, mediante escalas de oración y reflexión en puntos significativos de la geografía religiosa de la ciudad, y que culminó en la catedral.

 

Los textos del Concilio Vaticano II, así como el Catecismo de la Iglesia Católica fueron honrados con sendos ciclos de conferencias de nivel diocesano y otras iniciativas más modestas en las distintas parroquias.

 

En diversas parroquias se ha prestado mayor atención a la catequesis de niños y adultos que aún no habían recibido el Bautismo y que manifestaban su vivo deseo de incorporarse a la Iglesia. Esto permitió que en esta catedral, en la fiesta de Cristo Rey, volviera yo a sentir el gozo que, al comienzo del Año de la Fe, expresé con palabras de San Agustín: “Me dirijo a ustedes, recién nacidos por el bautismo, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, complacencia del Padre, fecundidad de la Madre, germen puro, grupo recién agregado, motivo el más preciado de nuestro honor (…), mi gozo y mi corona” (Sermón 8).

 

Sólo he trazado un rápido esbozo. Para todos, mi felicitación y aliento; de un modo especial para la Comisión diocesana para el Año de la Fe.

 

II. Abriéndonos a la esperanza

 

En esta parte central de la diócesis, por coincidencia buscada, cerramos el Año de la Fe con la cuadragésima Marcha de la Esperanza. La fe, en efecto, nos brinda certezas inconmovibles que son la base de nuestra esperanza.

 

El iniciador de este acierto pastoral ha sido el siervo de Dios, cardenal Eduardo Pironio, segundo obispo de Mar del Plata. En tiempos difíciles, él ha sido un cantor de la esperanza cristiana. En su inolvidable obra Meditación para tiempos difíciles, surgida de su profundidad contemplativa y de su sensibilidad pastoral, él nos ha confortado con el testimonio de su ejemplo y de sus palabras. Nos ha recordado que, en medio de las dificultades de la cultura actual, el Espíritu engendra la nueva creación en medio de dolores de parto, haciéndonos participar de la fecundidad del misterio pascual de Jesús. Desde la hondura de nuestra fe, debemos aprender a convertir los tiempos difíciles, donde se olvida a Dios y se envilece al hombre, en tiempos de siembra y de esperanza.

 

Su figura de buen pastor nos sigue exhortando hoy a ser hombres y mujeres de esperanza. Por eso, hoy quiero compartir con ustedes un pasaje de su texto: “Los tiempos difíciles exigen hombres fuertes; es decir, que vivan en la firmeza y perseverancia de la esperanza. Para ello hacen falta hombres pobres y contemplativos, totalmente desposeídos de la seguridad personal para confiar solamente en Dios, con una gran capacidad para descubrir cotidianamente el paso del Señor en la historia y para entregarse con alegría al servicio de los hombres en la constitución de un mundo más fraterno y cristiano”.

 

III. Bajo el amparo de María Inmaculada

 

Hemos realizado esta marcha bajo el lema: Madre, cuida la fe de tu pueblo que camina. La Virgen Santísima es la gran figura del Adviento, tiempo marcado por la espiritualidad de la esperanza.

 

La fe que se abre a la esperanza supone camino, cansancio, perseverancia, alegría. Ella ha caminado con nosotros y nos ayuda a entender la fe como camino y la esperanza como fuerza que nos impulsa hacia la meta que es su Hijo.

 

En una oración admirable, que surge como un canto del corazón pastoral del cardenal Pironio, leemos estas palabras de gratitud hacia ella: “Señora de todos los caminos, porque eres Señora del Tránsito, de la Pascua. Escúchanos. Hoy queremos decirte: «muchas gracias». Muchas gracias Señora por tu fiat, por tu completa fidelidad de esclava, por tu pobreza y tu silencio. Por tu gozo de tus siete espadas. Por el dolor de todos los caminos, que fueron dando la paz a tantas almas. Por haberte quedado con nosotros más allá del tiempo y la distancia”.

 

Celebramos esta Eucaristía bendiciendo a Dios en la solemnidad de la Inmaculada. En ella se cumple plenamente el designio benevolente de Dios que en Cristo “nos ha elegido, antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados en su presencia, por el amor” (Ef 1,4). Ella es la mujer elegida por excelencia, la “llena de gracia” (Lc 1,28). El amor misericordioso de Dios la env
uelve desde el primer instante y el Espíritu Santo, Espíritu de Cristo, la convierte en paraíso renovado, como nueva Eva, “Madre de los vivientes” (cf. LG 56).

 

María es bien consciente de que en su vida todo es regalo, todo es gracia. Sabe que con anterioridad a toda obra suya estuvo el beneplácito divino. Por eso, puede enseñarnos a no presumir, a no apoyarnos en nuestras solas fuerzas cuando buscamos la liberación de nuestros males y luchamos por un mundo nuevo y más humano.

 

Pero la Purísima, que hoy celebramos, no nos invita a la pasividad, sino que nos recuerda que Dios quiere salvar contando con nuestra colaboración. La gracia de su Concepción Inmaculada está en estrecha relación con el misterio de su maternidad divina y, por tanto, con su activa cooperación en “la obra de los siglos” (San Pedro Crisólogo, Serm. 143), que es la encarnación redentora, mediante su consentimiento libre y responsable, sostenido a lo largo de toda su vida hasta la hora de la cruz.

 

Como enseñaron los Padres de la Iglesia, “el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe” (San Ireneo, Adv. haer., III,22).

 

Por eso mismo, en ella contemplamos el modelo perfecto de la Iglesia en su camino por la historia.

 

IV. Y la guía del Papa Francisco en la misión permanente

 

El Año de la Fe trajo para la Iglesia y para el mundo la llegada del papa Francisco a la sede de Pedro. Desde el 13 de marzo ha recaído en él la responsabilidad de guiar la nave de la Iglesia universal por el océano de la historia.

 

Desde esta solemne concentración de fieles, aprovecho para renovar en nombre de toda la diócesis, nuestra adhesión a su persona, en quien vemos al vicario de Cristo y sucesor del apóstol Pedro.

 

Gracias, papa Francisco, por la delicadeza de tus palabras grabadas para esta ocasión, y por el saludo personal que hemos escuchado. Gracias por tu aliento y tu invitación a escuchar a la Virgen que nos dice: “Hagan todo lo que él les diga” (Jn 2,5).

 

Con perseverante reiteración, el Santo Padre nos viene recordando nuestro deber de salir a todos los caminos de los hombres y anunciar con gozo el Evangelio de Jesús. Esta es la tarea primera de la Iglesia y el remedio más esperado por el mundo. En la Exhortación apostólica Evangelii gaudium nos lo dice con extensión y con urgencia.

 

Me es grato citar aquí sus propias palabras en la carta que nos dirigió a los obispos de la Conferencia Episcopal Argentina, el 16 de abril de este año: “Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga, se enferma en la atmósfera viciada de su encierro (…). La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar «la dulce y confortadora alegría de evangelizar»”.

 

Queridos hermanos, revitalicemos nuestra fe comunicándola a los demás, saliendo en misión. Como enseña la Iglesia y lo aprendemos en la experiencia, ¡la fe se fortalece dándola! Incorporemos de modo definitivo la conciencia de que si no ardemos en el deseo de una misión permanente, no somos plenamente la Iglesia querida por Cristo.

 

V. Señora de todos los caminos

 

“Señora de todos los caminos”,

al contemplarte como Purísima y espejo inmaculado de la Iglesia,

te pedimos que vengas a caminar con nosotros.

Queremos recorrer el camino de Cristo tu Hijo

y por Él llegar al Padre

 y al encuentro de nuestros hermanos más pobres

para hacerlos participar de la alegría de la casa común.

Queremos brindarles la única riqueza que tenemos: tu Hijo Jesús.

 

Eres la Virgen fiel, de un sí sin retorno que se prolonga en la gloria.

Al mirarte entendemos que si guardamos lo recibido, podemos perderlo.

Virgen de la Visitación, queremos tener tu misma prisa.

El mundo necesita de tu Hijo y lo espera, tantas veces sin saberlo.

Que en este Adviento tu ejemplo nos llene de esperanza y de alegría

y que tu intercesión nos dé mucha audacia en la misión.

No queremos que alguien quede excluido por nuestra culpa.

 

Te encomiendo la diócesis y sus sacerdotes,

sus consagrados y consagradas, sus diáconos y seminaristas,

las obras de apostolado y los amplios campos de la misión.

Te pedimos por el aumento de las vocaciones sacerdotales

y de las vocaciones de especial consagración.

Te rogamos hoy en especial por nuestros jóvenes,

para que se vean libres del flagelo de la droga

y por los responsables del comercio infame del narcotráfico.

 

Madre de la Iglesia y auxilio de los que caminamos,

“ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

 Amén”.

 

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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