Advent2010

Comenzamos el Adviento – 1º Domingo

TIEMPO DE ADVIENTO

 

I – ESPIRITUALIDAD PROPIA DEL ADVIENTO

Adviento, del latín adventus, advenimiento o venida. Como nos explicaba Benedicto XVI[1]: “Reflexionemos brevemente sobre el significado de esta palabra, que puede traducirse como “presencia”, “llegada”, “venida”. En el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico utilizado para indicar la llegada de un funcionario, la visita del rey o del emperador a una provincia. Pero podía indicar también la venida de la divinidad, que sale de su ocultación para manifestarse con poder, o que es celebrada presente en el culto. Los cristianos adoptaron la palabra “adviento” para expresar su relación con Jesucristo: Jesús es el Rey, que ha entrado en esta pobre “provincia” llamada tierra para visitarnos a todos; hace participar en la fiesta de su adviento a cuantos creen en Él, a cuantos creen en su presencia en la asamblea litúrgica. Con la palabra adventus se pretendía sustancialmente decir: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no lo podemos ver y tocar como sucede con las realidades sensibles, Él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras. El significado de la expresión “adviento” comprende por tanto también el de visitatio, que quiere decir simple y propiamente “visita”; en este caso se trata de una visita de Dios: Él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí”.

Por tanto, es la venida-visita del Señor el eje organizador de todo este tiempo litúrgico. Lo cual implica considerar las acciones de los protagonistas. En primer lugar de Dios, que viene a nuestro mundo, a nosotros. Luego de parte de los hombres, invitados a prepararse a recibir esta visita de Jesús que viene a nuestro encuentro, en concreto, prepararse para la Navidad saliendo al encuentro del Señor que viene.

Ahora bien, El que viene es, en realidad, el mismo que ya vino. Es la doble venida del Señor que reflejan los prefacios del Adviento. La primera en la humildad de la carne; la segunda y definitiva en la gloria. No se trata de un juego de palabras sino de la misma esencia de la liturgia y del misterio cristiano. Al respecto dice un especialista en liturgia: “Toda celebración litúrgica lleva consigo tres dimensiones: el pasado, en un presente, para un futuro. El adviento nos da ocasión casi material de percibir la superposición, una en otra, de estas tres dimensiones. Es el tiempo ideal para entrar plenamente en la teología viva de la liturgia”[2]. Más concretamente, con Matías Augé[3], podemos decir: “Adviento es el tiempo que, partiendo del hecho ya ocurrido de la 1ª venida, orienta no solo a la venida última y definitiva sino también a la venida sacramental en la liturgia, donde se actualiza la primera y se anticipa la segunda”.

A esta doble venida corresponden las dos dimensiones de la espera que la liturgia del Adviento tiene que proponer juntas, pues es imposible presentar una sin la otra. Pero en la sucesión de los cuatro domingos se va dando un progresivo paso de la acentuación puesta en la Segunda y definitiva venida al fin de los tiempos (más clara en 1er. Domingo y menos en el 2do.) a la Primera venida en la Encarnación (3er. y 4to. Domingos). Como señala J. Castellano[4]: “El evangelio del primer domingo es escatológico. En el segundo y el tercero hacen referencia al Precursor. En el cuarto se proclaman los acontecimientos que han preparado al venida del Señor”.

Ahora bien, importa no olvidar estas acentuaciones para respetar el ritmo propio de este tiempo litúrgico y su intención pedagógica, o mejor, mistagógica. Nos hace comenzar con la espera de lo eterno y definitivo, con el fin, que es lo último en la ejecución y lo primero en la intención. Desde aquí se nos invita a reorientar nuestra vida en función de nuestra situación de tiempo intermedio, del “ya pero todavía no” que supone una comprensión del carácter provisional de nuestro mundo y de nuestra condición de peregrinos (este sería el ‘matiz’ propio de la conversión en Adviento). Luego nos va llevando hacia el fundamento de nuestra esperanza, la venida de Jesús en la plenitud de los tiempos, la Encarnación, cuya manifestación o Natividad celebramos.

En síntesis, nos dice el calendario litúrgico de la CEA: “La espiritualidad del Adviento encamina a los cristianos a profundizar la perspectiva escatológica de la vida, a la vez que prepara a la Iglesia para conmemorar la venida histórica del Redentor, celebrada en la Navidad. El primer aspecto señalado, con su carácter de fuerte llamada a vivir vigilantes y a prepararse siempre, se destaca más claramente en los primeros días del tiempo de Adviento, mientras que la consideración de los acontecimientos históricos que rodearon el nacimiento de Jesús quedan reservados para los últimos días, las llamadas “ferias fuertes” de Adviento. El trasfondo de este tiempo es el de la esperanza y la alegría cristianas”.

 

II – UNA IDEA CENTRAL PARA EL ADVIENTO CICLO A

“Con el nacimiento de Jesús, el Enmanuel, Dios cumple su promesa de venir a nuestro encuentro y confirma nuestra esperanza”.

En este ciclo “A” leeremos el evangelio según San Mateo para quien Jesucristo es “hijo de David, hijo de Abraham” y, por tanto, está inserto plenamente en el pueblo judío y cumple las esperanzas mesiánico-davídicas que anunciaron los profetas.

Domingo 1º: Mt 24,37-44. Estén prevenidos y preparados.

Domingo 2º: Mt 3,1-12. Preparen el camino del Señor.

Domingo 3º: Mt 11,2-11. Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro.

Domingo 4º: Mt 1,18-24. Jesús nacerá de María, comprometida con José, hijo de David.

En Jesús confluyen todas las esperanzas del Antiguo Testamento que en este ciclo A nos vienen presentadas de la mano de la profecía de Isaías de donde se toman las primeras lecturas de los cuatro domingos. Los textos de este profeta nos abren a la esperanza de un futuro de paz, de armonía, de unidad que sólo Dios puede regalar a los hombres. Este futuro deseado irá tomando cuerpo con el anuncio del nacimiento de un descendiente de David, pero cuyos rasgos trascienden los de un simple niño. Por fin, se nos dirá que ese niño es el Enmanuel, Dios con nosotros, que nacerá de una virgen.

Ahora bien, el cumplimiento de esta promesa sorprende enormemente, pues se trata de Dios mismo quien se hace hombre en Jesucristo. Justamente el sentido teológico profundo de la concepción virginal que nos narra Mateo es que Dios actúa más allá de las posibilidades humanas por medio de su Espíritu Santo.

Por tanto, la profecía de Isaías nos ayudará a despertar nuestra esperanza; a desear la venida del Señor en esta Navidad. El Evangelista Mateo nos mostrará que Dios al cumplir su promesa supera ampliamente nuestras expectativas. Dios cumple de modo tal que nos desconcierta y sorprende por lo increíble de su amor por los hombres. La Navidad es el maravilloso encuentro de Dios con los hombres porque creemos que el Enmanuel es verdaderamente “Dios con nosotros”. En este encuentro personal con el Señor está el origen de nuestra fe, como nos lo recuerda el Papa Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”[5] Y esta manifestación del amor de Dios que viene a nuestro encuentro es justamente el alimento y sostén de nuestra esperanza en el caminar por este mundo hasta el Adviento final.

III – PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO CICLO “A”

DESPERTAR EL DESEO DEL ENCUENTRO CON EL SEÑOR

Primera Lectura (Is 2,1-5):

Se trata de una visión que tiene el profeta acerca de Jerusalén, tal como lo afirma 2,1 que aparece como un nuevo título. En 2,2-5 tenemos cuatro motivos teológicos que auguran un futuro mejor y alientan la esperanza para Jerusalén, considerada la “montaña de la Casa del Señor” por cuanto en ella está el Templo, la Morada de Yavé. Todo esto está anunciado para el fin de los tiempos, cuando el Señor Yavé venga definitivamente a residir allí.

  1. La montaña del Señor será exaltada por encima de todas las demás montañas o colinas.
  2. La peregrinación de las naciones, junto con Israel, hacia esta montaña santa.
  3. La palabra del Señor o Ley que se escuchará allí y que enseñará los senderos para que caminen los pueblos.
  4. El Señor vendrá como juez y árbitro en orden a establecer la paz entre las naciones.

Es de resaltar en este texto su apertura universalista: todas las naciones se congregarán en el Templo de Jerusalén. Recordemos que en tiempos de Jesús y de Pablo existía en la entrada del templo una inscripción que prohibía la entrada a los paganos (los no judíos) bajo amenaza de muerte. En el tiempo final, el templo, la presencia de Dios, la salvación, se abre a todas las naciones que al adorar al único Dios vivirán en paz. La paz como don mesiánico para los últimos tiempos es un tema recurrente en Isaías. En el próximo domingo veremos cómo esta paz llega a través del nacimiento de un niño, de un descendiente de David. Esta promesa Divina de paz y unidad nos va preparando ya para la Navidad.

Segunda Lectura (Rom 13,11-14ª):

San Pablo invita a los cristianos de Roma a tomar conciencia de la urgencia del tiempo presente. El mismo viene descrito como una noche avanzada, por lo que el amanecer está pronto. Es hora de despertar, de levantarse. Estas imágenes de la noche y del día; de la luz y las tinieblas son comunes en San Pablo y simbolizan la vida moral del creyente. Las obras propias de la noche son los desórdenes: excesos en comida y bebida; lujuria y libertinaje; peleas y envidias. Las obras del día, de la luz, son una conducta digna del nombre de cristiano.

Evangelio (Mt 24,37-44):

De entrada el evangelio de hoy nos ubica en lo que sucederá al final de los tiempos cuando vendrá el hijo del hombre. Y lo que sucederá se describe comparándolo con el diluvio, narración que encontramos en Génesis 6-8. Este relato se presenta como tipo del juicio de Dios sobre la humanidad pecadora. Las sanciones de Dios son a la vez purificación y salvación porque la destrucción es necesaria para señalar el mal, pero al mismo tiempo es necesario mostrar que Dios es más fuerte que el mal. Su acción es como la de las aguas que destruyen todo y, a la vez, hacen flotar el arca salvándola. Noé y su arca indican que existe para la humanidad una posibilidad de salvarse. El arca la ha construido Noé según las indicaciones de Yavé hasta los mínimos detalles en obediencia a la palabra de Dios. Por tanto lo que salva verdaderamente a la humanidad de la destrucción es que exista un justo, alguien que escuche la palabra de Dios y la obedezca. Este es el sentido propio del término cádiq (justo) en la Biblia, el que tiene una recta relación con Dios (cf. Eclo 44,17-18).

Jesús al comparar el día final con el diluvio pone de relieve su carácter sorpresivo para la mayoría de las personas. Todas llevaban una vida normal, sin sospechar que el juicio de Dios estaba próximo. El aspecto judicial de la venida del hijo del hombre está presente en la distinción entre las parejas: de dos hombres uno llevado, otro dejado; y lo mismo de dos mujeres.

Como siempre, la exhortación de Jesús ante la posibilidad del fin es estar prevenidos, vigilantes. Le sigue algo también repetido en el Nuevo Testamento que es la comparación del día final con la llegada de un ladrón por cuanto nos sorprenderá si no lo esperamos: “vendrá a la hora menos pensada”. La actitud que aconseja Jesús es la misma: velar, estar preparados.

Orientaciones para la homilía:

Como dice A. Nocent: “La orientación de este primer domingo de Adviento es netamente escatológica. Es una ocasión para que nosotros revisemos qué lugar ocupa en nuestra vida concreta el “último día” y el encuentro de todo el Pueblo de Dios con su Señor”[6].

Tanto la primera lectura como el evangelio hacen referencia a la venida de Dios al fin de los tiempos como juez. El texto de Isaías lo presenta como algo esperanzador pues describe la exaltación de Jerusalén como centro del mundo y lugar de peregrinación de todas las naciones. El evangelio nos lo presenta más bien como algo amenazador, dado su carácter imprevisto e inesperado y por la acción judicial de Dios en clave de separación, de tomar uno y dejar otro.

Importa mantener un sano equilibrio entre estos dos aspectos, como bien nota Benedicto XVI: “En la configuración de los edificios sagrados cristianos, que quería hacer visible la amplitud histórica y cósmica de la fe en Cristo, se hizo habitual representar en el lado oriental al Señor que vuelve como rey –imagen de la esperanza–, mientras en el lado occidental estaba el Juicio final como imagen de la responsabilidad respecto a nuestra vida, una representación que miraba y acompañaba a los fieles justamente en su retorno a lo cotidiano. En el desarrollo de la iconografía, sin embargo, se ha dado después cada vez más relieve al aspecto amenazador y lúgubre del Juicio, que obviamente fascinaba a los artistas más que el esplendor de la esperanza, el cual quedaba con frecuencia excesivamente oculto bajo la amenaza”. (Benedicto XVI, Spes Salvi nº 42).

Cada adviento la Iglesia pone al cristiano en situación vital de esperanza: debe esperar, vinculado a todo el Antiguo Testamento, la llegada del día final. “La espera, el esperar es una dimensión que atraviesa toda nuestra existencia personal, familiar y social. La espera está presente en mil situaciones, desde las más pequeñas y banales hasta las más importantes, que nos implican totalmente y en lo profundo. Pensemos, entre estas, en la espera de un hijo por parte de dos esposos; a la de un pariente o de un amigo que viene a visitarnos de lejos; pensemos, para un joven, en la espera del éxito en un examen decisivo, o de una entrevista de trabajo; en las relaciones afectivas, en la espera del encuentro con la persona amada, de la respuesta a una carta, o de la acogida de un perdón… Se podría decir que el hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza. Y al hombre se le reconoce por sus esperas: nuestra “estatura” moral y espiritual se puede medir por lo que esperamos, por aquello en lo que esperamos. Cada uno de nosotros, por tanto, especialmente en este Tiempo que nos prepara a la Navidad, puede preguntarse: yo, ¿qué espero? ¿A qué, en este momento de mi vida, está dirigido mi corazón? Y esta misma pregunta se puede plantear a nivel de familia, de comunidad, de nación. ¿Qué es lo que esperamos, juntos?”[7].

La espera de Israel que nos propone el profeta Isaías es en el fondo la esperanza en un encuentro definitivo con Dios donde todas las naciones vivirán en paz. En este sentido el pueblo de Israel y el pueblo cristiano se encuentran en su esperanza. Por tanto la primera lectura nos invita a desear esta venida, a esperarla con entusiasmo.

El evangelio y la segunda lectura, por su parte, nos advierten del peligro que acecha nuestra vida cristiana si perdemos de vista el fin trascendente de la misma. Se trata de un peligro muy sutil, ya que muchas veces no se trata de hacer algo claramente malo, sino de dejarse atrapar y enceguecer por las múltiples actividades de la vida cotidiana. De este gran peligro nos advierte el Papa Benedicto XVI[8]:

“Todos tenemos experiencia, en la existencia cotidiana, de tener poco tiempo para el Señor y poco tiempo también para nosotros. Se acaba por estar absorbidos por el “hacer”. ¿Acaso no es cierto que a menudo sea la actividad quien nos posee, la sociedad con sus múltiples intereses la que monopoliza nuestra atención? ¿Acaso no es cierto que dediquemos mucho tiempo a la diversión y a ocios de diverso tipo? A veces las cosas nos “atrapan”. El Adviento, este tiempo litúrgico fuerte que estamos empezando, nos invita a detenernos en silencio para captar una presencia. Es una invitación a comprender que cada acontecimiento de la jornada es un gesto que Dios nos dirige, signo de la atención que tiene por cada uno de nosotros. ¡Cuántas veces Dios nos hace percibir algo de su amor! ¡Tener, por así decir, un “diario interior” de este amor sería una tarea bonita y saludable para nuestra vida! El Adviento nos invita y nos estimula a contemplar al Señor presente. La certeza de su presencia ¿no debería ayudarnos a ver el mundo con ojos diversos? ¿No debería ayudarnos a considerar toda nuestra existencia como “visita”, como un modo en que Él puede venir a nosotros y sernos cercano, en cada situación?”.

El tono amenazador del evangelio es un recurso pedagógico para invitarnos a estar siempre vigilantes y preparados para el día final, dado su carácter sorpresivo e inesperado. Podemos decir que el Señor quiere “despertar” nuestra conciencia cristiana al comienzo del adviento ya que inevitablemente el diario trajinar nos hace perder de vista el horizonte de lo definitivo. Este es el sentido de la vigilancia, pues “vigilar implica una relación con el Cristo viviente, que volverá como juez universal y emplazará a todos los humanos ante su tribunal”[9].

Incluso vale la pena profundizar el relato bíblico que el mismo Jesús utiliza como ejemplo, como paradigma del juicio final: el diluvio. En la versión que narra Jesús contrastan la actividad ordinaria, cotidiana de los habitantes de la tierra (comían, bebían y se casaban) con la actitud de Noé, quien obedeciendo a la Palabra de Dios construye el arca. El ejemplo de Noé bien vale para los cristianos de hoy pues en nuestro tiempo la mayoría de las personas seguirá su vida normal, sin enterarse del comienzo del adviento. Sólo un pequeño resto seguirá la invitación del Señor a dedicar más tiempo a la escucha de la Palabra, a llevar una vida más austera, a prepararse para recibir al Señor que viene. Es inevitable sentirse extraño, raro tal vez, en un mundo que sigue su curso habitual o que vive la Navidad desde una perspectiva sólo consumista. Pero al igual que Noé, el justo, los que escuchan la voz del Señor estarán preparados para la Venida del Señor y serán llevados por Él. Y no sólo esto, descubrirán, gracias a la Palabra de Dios, la “realidad” en su sentido más verdadero (cf. Benedicto XVI, Verbum Domini nº 10).

En la misma línea, el texto de San Pablo nos habla explícitamente de la cercanía de la salvación y de la necesidad de estar despiertos. Se trata, en primer lugar, de tener una fe viva y una esperanza activa. Esta actitud se reflejará en nuestra conducta, evitando los excesos que aumentan la oscuridad de nuestra vida y llevando una vida digna, ordenada, sobria, propia de la luz y del día.

Por tanto, la realidad del fin del mundo que nos presentan las lecturas de hoy nos ayudan descubrir y asumir los límites de nuestro mundo y de nuestra vida; de nuestras actividades y ocupaciones. No se trata de desvalorizar todo lo que hacemos; se trata de no absolutizar lo cotidiano, lo presente. Es lo que pedimos en la oración postcomunión de este domingo: “tu nos enseñas a amar y adherirnos a los bienes eternos, mientras peregrinamos en medio de las realidades transitorias de esta vida”.

Despertar esta esperanza trascendente, teologal, es la gran dificultad y por ello el gran desafío al comenzar el adviento. La dificultad está en que el hombre posmoderno vive en lo inmediato y se conforma con ello. Su horizonte muchas veces no va más allá del consumo, y esto se nota cada vez más en la forma de vivir y celebrar la Navidad, sin distinción de clases sociales.

Acerca de este desafío de nuestra cultura nos dice el Papa Francisco en Evangelii Gaudium:

“El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado” (nº 2).

“En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo real cede el lugar a la apariencia (nº 62).

¿Cómo responder a este desafío? Hay que despertar la nostalgia de lo trascendente, de lo eterno que anida en el corazón de hombre. Y en estos tiempos creo que el anhelo de paz es un síntoma claro de esta nostalgia. Puede parecer banal, pero con el cansancio de fin de año se hace más vivo el deseo de las vacaciones, de descansar, de estar tranquilos y en paz. Este deseo de paz podría ser la puerta de entrada para el anuncio de la Paz de Cristo. Una paz con sabor a eternidad, pero que puede ya gustarse en esta vida. Como bien dice R. Cantalamessa[10]: “No es verdad en absoluto que la eternidad aquí abajo sea sólo una promesa y una esperanza. ¡Es también una presencia y una experiencia!”.

Creo que podríamos sacar como consigna para esta primera semana del Adviento el estar más atentos a Dios y a su obra en nosotros cuyo objetivo es despertar el deseo del encuentro con el Señor. Esta es justamente la vigilancia cristiana de que nos habla el evangelio.

 

Pbro. Damián Nannini

 

 

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Se da Gloria a lo Alto

Cuando entraste en mi vida

Y observé tu rostro, tus maneras y tus gestos,

Desapareció el escenario

Se hizo nada el resto.

Cuando Tú mismo te acercaste a mis heridas

Y sin dudar te hiciste cargo,

No quise remedio alguno

Solo esperar tus cuidados.

Más todo tiene sentido

Para verte admirado.

Que si valoras mi fe

Ningún dolor es en vano.

Ten compasión Rey de reyes

De este tu siervo y criado,

Ruego a que seas Tú

Quien venga a guiar mis pasos.

Para llegar a tu Reino

De los bienaventurados

Allí se alaba al Eterno

Y se da Gloria a lo Alto. Amén


[1] Homilía en las primeras vísperas del primer domingo de Adviento de 2009.

[2] A. Nocent, El Año Litúrgico. Celebrar a Jesucristo. I. Introducción y Adviento, Santander 1987, 63.

[3] Citado por Pbro. Lic. Alejandro Bóttoli, Charla sobre el ciclo de Navidad (versión digital).

[4] El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia (CPL; Barcelona 1996) 70.

[5]  “Dios es amor”, nº 1.

[6] A. Nocent, El Año Litúrgico. Celebrar a Jesucristo. I. Introducción y Adviento, Santander 1987, 104.

[7] Benedicto XVI, Ángelus del domingo 28 de Noviembre de 2010.

[8] Homilía en las primeras vísperas del primer domingo de Adviento de 2009.

[9] U. Luz, El Evangelio según San Mateo III (Sígueme; Salamanca 2003) 588.

[10] R. Cantalamessa, Jesucristo el Santo de Dios, Madrid 1991, 100.

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