DCF 1.0

La corrección fraterna – Domingo 23º Durante el Año

Reflexión del P. Damián Nannini

Alguien ha sugerido que para comprender mejor el texto evangélico de hoy deberíamos comenzar por los últimos dos versículos. Y esto porque aquí tenemos un ideal de comunidad donde sus miembros están en sintonía o con-cordia para pedir a Dios en la oración y gozan de la Presencia del Señor en medio de ellos. Por tanto, se trata de una comunidad que vive profunda y realmente sus vínculos con Dios y entre sí; vive una auténtica fraternidad en el Señor. Se trata de anticipar en la vida comunitaria, en la medida que es posible en esta tierra, el Reino de los cielos.

Ahora bien, en este mundo los hombres, también los cristianos, somos capax peccati, capaces de pecar. Siempre el pecado será una realidad presente en la comunidad cristiana. Y ante esta realidad de un “hermano que peca”, el Señor nos pide practicar la corrección fraterna como expresión de la caridad. Sobre esto hay que insistir mucho: la condición necesaria para hacer una corrección fraterna es tener caridad, estar movido por ella.

Lamentablemente nuestra reacción espontánea – y a veces también nuestras acciones segundas – ante la presencia del “hermano que peca” son la crítica, la maledicencia, la condena, el rechazo, el desprecio… En lugar de esto, la caridad, el amor de Cristo en nosotros, nos moverá a buscar el bien del hermano. Y en este caso su bien es la conversión, el abandono del pecado. Y para esto el evangelio nos ofrece dos medios concretos: la oración y la corrección fraterna. El primero se puede poner en práctica siempre, el segundo depende de algunas condiciones, pues como dice Sto. Tomás de Aquino “la corrección se ordena a corregir al hermano, y por eso cae bajo precepto en la medida en que es necesaria para ese fin; mas esto no quiere decir que haya que corregir al culpable en cualquier lugar y tiempo”[1].

Sobre el proceso de la corrección fraterna el evangelio es claro, por eso más vale escuchar lo que nos dicen los santos sobre su valor y su verdadero espíritu:

“Conviene examinar en primer lugar con sumo cuidado nuestros defectos, antes de pasar a reprender los defectos de los demás” (San Juan Crisóstomo, Catena Aurea, Vol. I).

“Si le dejas estar, peor eres tú; él ha cometido un pecado y con el pecado se ha herido a sí mismo; ¿no te importan las heridas de tu hermano? Le ves perecer o que ha perecido, ¿y te encoges de hombros? Peor eres tú callando que él faltando. Tú debes olvidar la ofensa que has recibido, no la herida de tu hermano” […] Debemos pues, corregir por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda… ¿Por qué le corriges? ¿Por qué te ha molestado ser ofendido por él? No lo quiera Dios. Si lo haces por amor propio, nada haces” (S. Agustín, Sermón 82, 7).

Comentando las lecturas de este domingo decía el Papa Benedicto XVI “En la liturgia de este día, Jesús hace saber a sus discípulos que en la comunidad de hermanos ha de existir ante todo el amor. Amar al hermano no sólo es acogerle en su necesidad; también, a veces, es saber decirle una palabra de corrección. Si algún hermano peca, no dejemos de amarle, invitándolo a volver al buen camino. Exhorto a todos a encomendar a la Santísima Virgen María los propósitos de conformar la auténtica vida fraterna a la que el Señor nos llama.” (Ángelus del domingo 4 de setiembre de 2011).

Concluyamos con el profundo análisis que hace Amedeo Cencini:

“La corrección fraterna parte de lejos, no es algo que se pueda improvisar, casi como si se tratase de una simple técnica opcional para utilizar en casos de emergencia. Es un modo de ser y de crecer juntos, de ligar la propia vida a la de quien es mi prójimo, de concebir la fraternidad como hecho de salvación, lugar teológico en el que se manifiesta concretamente nuestro ser objeto de redención. La corrección fraterna me hace descubrir al “hermano” y una dimensión completamente nueva de la relación interpersonal: el ya no es más simple compañero de viaje o mero colega, “el del cuarto de al lado” o amigo íntimo, presencia interesante o insípida, difícil o fácil de amar…es sobre todo aquel con quien comparto un proyecto que ninguno de los dos podrá jamás realizar solo […] Frente a la Palabra nace la conciencia del pecado, de la fuerza de la Palabra surge el valor para la corrección fraterna. Esto no significa que debo corregir a mi hermano al son de versículos bíblicos, quiere decir sobre todo que el juicio de la Palabra me hace comprender siempre que el mal del hermano es también mío, su caída me interpela y en cierto modo me acusa. Es demasiado poco disgustarse con el mal ajeno, es necesario convencerse de que también me pertenece. La corrección fraterna supone esta honestidad consigo mismo. De otro modo corre el riesgo – si se la hace – de caer en aquellas formas de juicio y reproche que expresan más superioridad que fraternidad”[2].

[1] S.T. II-IIae; q. 33, art. 2.

[2] A. Cencini, Vivir reconciliados (Paulinas; Buenos Aires 1997) 130-131.

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