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Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

 

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“Te dio a comer el maná”

(Dt 8,3)

Homilía en la solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Catedral de Mar del Plata, 22 de junio de 2014

 

 

Queridos hermanos:

  1. Sacramento de unidad

La solemnidad del Corpus Christi nos reúne como Iglesia diocesana en torno al sacramento de nuestra unidad. La Eucaristía es, en efecto, el sacramento admirable de nuestra comunión con Cristo y entre nosotros. Lo hemos escuchado en la enseñanza del apóstol San Pablo: “Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1Cor 10,17).

El Bautismo, según el mismo apóstol, ya nos ha introducido en el Cuerpo que es la Iglesia: “Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo” (1Cor 12,13). Todos tenemos una vida común por el Espíritu Santo que nos une a Cristo. Pero nuestra unión con Cristo y entre nosotros, iniciada en el Bautismo, alcanza su plenitud en la Eucaristía. Ella es el sacrificio de Cristo ofrecido por toda la Iglesia. Es el alimento que compartimos para unirnos más a Él y para fortalecer nuestra unidad como familia de Dios. Ella es el maná que Dios nos regala y que nos acompaña mientras dura nuestra condición de pueblo peregrino en el desierto de la vida personal y de la historia de la humanidad.

  1. Maná en el desierto de la vida

La Eucaristía es alimento para el camino, donde las fuerzas se desgastan y es preciso reponerlas. Camino de nuestra historia donde la fe es puesta a prueba y el amor corre el riesgo de enfriarse. Camino donde lo mismo que sucedió al pueblo de Israel en el desierto —según el pasaje del libro del Deuteronomio que hemos escuchado— nos sucede también a nosotros, al comprobar que marchamos “por ese inmenso y temible desierto, entre serpientes abrasadoras y escorpiones” (Dt 8,15).

En ese camino de nuestro éxodo hacia nuestra patria verdadera, somos alimentados por un pan que no procede de nuestro esfuerzo sino que viene del cielo, regalado por Dios. Nos lo ofrece Cristo para que tengamos Vida. Y el mismo que nos lo ofrece se identifica con lo ofrecido: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6,51).

La palabra de Dios nos invita a no olvidar: “Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años” (Dt 8,2). También a interpretar las dificultades como purificación del corazón: “Allí él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus mandamientos” (ibid.). Pero junto con la aflicción nos habla de maravillas que Dios sabe obrar en el momento oportuno: “Te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor” (Dt 8,3).

Si no queremos sucumbir ante las tentaciones del camino, debemos alimentarnos con frecuencia con este pan. Con él se nos abrirán los ojos para descubrir otras formas de presencia del Señor en la vida cotidiana. Con él recibimos en mayor abundancia la gracia del Espíritu Santo que nos renueva y nos purifica la vista para interpretar las circunstancias de la vida y de la historia de los hombres como caminos de la Providencia que todo lo conduce para nuestro bien. Así nos volveremos capaces de sobrellevar pruebas y de evitar engaños.

3. Impulso para la misión

La Eucaristía que es alimento de los peregrinos y anticipo de la gloria futura, es también impulso para el testimonio misionero. Al unirnos a Cristo, lejos de replegarnos sobre nosotros mismos, nos abrimos al amor de los demás, y como Pueblo de la nueva Alianza entendemos mejor nuestra vocación de ser “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1).

Es mi deseo como obispo que nuestra diócesis de Mar del Plata muestre más y más su fidelidad al Señor mediante el testimonio de una activa caridad y el compromiso de la misión permanente.

Quiero agradecer a las diversas instituciones dedicadas a la acción caritativa de la Iglesia por su valioso testimonio, y al mismo tiempo deseo alentar a sus miembros a no dejar enfriar el entusiasmo por servir a Cristo en los más humildes de nuestros hermanos. La Eucaristía es el sacramento del amor extremo de Cristo, que nos ha obligado a cambiar los criterios de dominio que suelen regir nuestras relaciones humanas, por el servicio a los demás. Él nos dio el ejemplo en la última cena, abajándose para lavar los pies a sus discípulos.

Se trate de la “noche de la caridad” o de la asistencia a la mujer en riesgo de abortar; del trabajo en la cárcel o de los programas de promoción social; de la ayuda a los que padecen adicciones o a los que carecen de todo, en esta sociedad de contrastes entre el confort y la indigencia; bajo el nombre de Cáritas o de otras instituciones cuya lista sería extensa. El amor traducido en obras hacia el hermano necesitado da a conocer que somos discípulos del Maestro y es el criterio para medir la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas. A todos recuerdo estas palabras del Papa Francisco: “De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad” (EG 186).

Una Iglesia que vive a fondo de la Eucaristía, necesariamente se vuelve misionera. En la Eucaristía se nos revela y comunica el amor redentor de Cristo y se nos manifiesta el sentido de nuestra vida en toda su belleza: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6,51).

Lo que más necesitamos los hombres es recibir la luz de la verdad y vivir en el amor. Y éste es el aporte más propio que la Iglesia debe hacer cada día en la sociedad. En cada celebración eucarística somos iluminados por la palabra divina, nos comprometemos a traducir el amor en nuestras obras y a comunicar a otros la riqueza recibida.

Jesús se presenta como el que comparte la Vida del Padre y es enviado para que entremos en comunión de Vida con Él: “Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí” (Jn 6,57). Pero Él mismo nos afirma: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn 20,21). La pasión por el anuncio misionero deberá, por tanto, acompañarnos siempre. Como nos enseña el Concilio Vaticano II: “la Eucaristía aparece como la fuente y cumbre de toda la evangelización” (PO 5). En ella “se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y pan vivo que, con su Carne, por el Espíritu Santo vivificada y vivificante, da vida a los hombres” (ibidem).

Iluminados por estas palabras, e invocando a María, modelo de “mujer eucarística”, no nos resta sino repetir nuestro lema tomado del Papa Francisco: “Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo”.

 

 

+ Antonio Marino
Obispo de Mar del Plata

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