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Semana de Oración por las Vocaciones – Mensaje del Obispo

 

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«Ven y sígueme»

(Mt 19,21)

Mensaje para la semana vocacional

Mar del Plata, 8-16 de febrero de 2014

 

Queridos fieles de mi diócesis de Mar del Plata:

I. Don de Dios y tarea de la Iglesia

Ante la proximidad de la semana vocacional, les dirijo mi habitual mensaje a fin de que en las parroquias y comunidades diocesanas se mantenga viva la conciencia de que el cuidado por las vocaciones de especial consagración involucra a toda la Iglesia en su conjunto.

Bajo esta categoría incluyo, en primer lugar, las vocaciones al sacerdocio ministerial, pues bien sabemos que por voluntad divina los presbíteros han sido instituidos para enseñar, santificar y gobernar a las comunidades de los que creen en Cristo. La ausencia o la escasez de sacerdotes, por tanto, resulta ser un problema y también un desafío para toda comunidad cristiana.

Pero también pensamos en las vocaciones a la vida consagrada, pues como enseña la constitución Lumen gentium: “el estado constituido por la profesión de los consejos evangélicos, aunque no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo de manera indiscutible, a su vida y santidad” (LG 44). La vida consagrada, caracterizada por la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, es dentro de la Iglesia como un gran árbol con múltiples ramas (cf. LG 43), cuyos nombres principales son la vida monástica, las vírgenes consagradas, la vida religiosa, los institutos seculares y las sociedades de vida apostólica.

El punto de partida ineludible para nuestra reflexión es la toma de conciencia de que las vocaciones suponen un don de Dios a la Iglesia.  Siempre ha sido así en la historia de la salvación. Cuando Dios elige, sin duda beneficia a alguien con su elección, pero la persona elegida no es el destinatario único y último de esa elección, sino todo el pueblo de Dios, toda la Iglesia y, en definitiva, todos los hombres. Es importante descubrir la dimensión eclesial y comunitaria del regalo de la vocación, antes de reflexionar sobre el aspecto personal e intransferible de la misma.

II. “Rueguen al dueño de los sembrados”

Por eso mismo, Dios que nos ha elegido para formar parte de su Iglesia, nos invita por medio de su Hijo a pedir este don, este regalo precioso y tan necesario para la comunidad de los creyentes: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Lc 10,2).

El Señor nos manda orar por las vocaciones y debemos tomar en serio este deseo. Nadie está más interesado en que no se pierda lo sembrado que el mismo dueño del campo. Lo que Dios desea otorgarnos, nos lo quiere dar en respuesta a nuestra oración.

Por eso les propongo, en primer lugar a los párrocos y también a los superiores y responsables de las casas de vida consagrada masculinas o femeninas, revitalizar la costumbre de organizar los primeros jueves de cada mes diversos actos de piedad, dedicados a orar por el don de abundantes vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada.

La adoración eucarística, especialmente motivada, es una de las formas que mejor pueden contribuir a despertar la conciencia de que las vocaciones son una causa vital y comunitaria, que nos compromete a todos. Por eso, deseo recomendarla a todas las comunidades de la diócesis.

Por cierto, no es la única forma de cumplir con el mandato del Señor.  Ni debemos restringir al primer jueves del mes la petición de esta gracia. Brindo a continuación algunos ejemplos de formas complementarias. Existen grupos de oración que pueden dedicar tiempo de modo específico a esta intención. Tampoco deberíamos olvidar la inclusión de esta petición por las vocaciones en la “oración de los fieles” de la Misa dominical. En las parroquias y capillas se debe dar relieve a la semana vocacional, así como al IV domingo de Pascua, llamado del Buen Pastor.

Cada comunidad debe sentirse interpelada por el Señor: “Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha”. Debemos estar convencidos de que la oración es la primera y principal colaboración en la pastoral vocacional de la Iglesia.

III. Colaboramos con la gracia de Dios

Pero junto con esta afirmación fundamental, debemos recordar que la oración en sus distintas formas no nos exime de otras formas de colaboración con la gracia divina.

Cuando en una familia se detecta una necesidad urgente ¿no nos movilizamos todos tratando de poner remedio? Ante un problema cuya urgencia afecta a todos, surge espontánea la creatividad.

La predicación y enseñanza sobre el tema, el ambiente familiar marcado por la fe, la vida parroquial y los grupos apostólicos, el servicio litúrgico, el compromiso en actividades caritativas, la dirección espiritual, el testimonio de vida sacerdotal o consagrada… son con frecuencia la mediación humana de que se sirve la gracia para despertar una vocación.

IV. Ante las dificultades actuales

Debemos tener la convicción de que hoy como ayer Jesús desea pasar entre los jóvenes para seguir llamando a muchachos y chicas a una intimidad mayor con Él, a una dedicación especial a la causa de su Reino, y confiarles una misión especial dentro de su Iglesia.

La llamada del Señor puede encontrar resistencias personales o ambientales en aquellos a quienes se dirige. “Ven y sígueme” (Mt 19,21) dijo un día Jesús al joven rico. Y en las actuales circunstancias, lo mismo que sucede con la Palabra divina, la semilla de la vocación puede caer al borde del camino, o en tierra poco profunda que impide echar raíz; puede ser sofocada entre las espinas de “las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas”. O bien puede ser recibida en tierra fértil y dar fruto abundante (cf. Mt 13,4-8.18-23).

V. “Ven Espíritu Creador”

La experiencia de las actuales dificultades culturales, no debe paralizarnos. Es verdad que la atmósfera mental que respiran los jóvenes es moralmente tóxica y está contaminada de secularismo. Que el ambiente familiar con mucha frecuencia obstaculiza más que ayuda. La acumulación y complejidad de las tareas parroquiales dejan poco margen para una más esmerada atención a los jóvenes. La paternidad espiritual es un carisma escaso. Y podríamos seguir acumulando dificultades desde una visión de realismo demasiado humano.

Pero este “realismo” no sería tal si no incluyéramos las promesas del Señor como parte de la realidad: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá (…). Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuanto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan” (Lc 11,9.13).

Los desafíos y condicionamientos en las actuales circunstancias son numerosos y serios. Pero los cristianos creemos en el Espíritu Creador y lo invocamos, porque el Espíritu de Cristo desbarata los sombríos pronósticos humanos y la historia de la Iglesia está llena de sus sorpresas. ¡Cuestión de fe!

Me permito dar testimonio de una experiencia prolongada por muchos años en el trabajo parroquial y entre los seminaristas. Es real la incidencia negativa del deterioro familiar y del secularismo ambiental en el surgimiento de vocaciones. Pero puedo dar fe de vocaciones muy sólidas surgidas de ambientes desfavorables y de familias con muchos problemas. También es verdad que los jóvenes demandan más tiempo a sacerdotes muy atareados, y que el entorno es más complejo que antes. Pero he visto surgir excelentes vocaciones en muchachos y chicas llenos de inquietudes y preguntas, y que sin embargo tuvieron un acompañamiento limitado. ¡Dios se vale de instrumentos pobres y el Espíritu abre cauce a la voz divina, allí donde sólo Dios penetra!

VI. “En compañía de María, la madre de Jesús”

Inmaculada Madre de Dios y Madre de la Iglesia,

pastores y fieles levantamos los ojos y miramos los campos

que ya están madurando para la siega.

Pero la cosecha es abundante y los trabajadores pocos.

Por eso te pedimos que nos acompañes,

Como lo hiciste con los apóstoles en la hora primera de la Iglesia.

Sagrario del Espíritu Santo,

implora sobre nosotros la efusión del Espíritu del Padre y del Hijo,

para que con su luz se manifiesten

las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada.

De su poder esperamos maravillas,

y de tu intercesión la experiencia de la bondad de Dios.

Virgen gloriosa y bendita,

con la voz de la Iglesia

­-que en tus labios alcanza su máxima expresión-

pedimos sacerdotes que enseñen, santifiquen y guíen al pueblo de Dios,

consagrados y consagradas que den testimonio radical del Evangelio.

Cuida las vocaciones que vacilan y socorre a tus hijos en sus luchas.

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios.

Amén.

 

 

 

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

 

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