sagrada familia con pajarillo

Sagrada Familia – Comentario a las lecturas

LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

Pbro. Damián Nannini

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Primera Lectura (Eclo 3,3-7.14-17):

El texto del Eclesiástico que leemos este domingo es una meditación sobre el cuarto mandamiento del decálogo (Ex 20,12): “Honra a tu padre y a tu madre, para que tengas una larga vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te da”.

La intención del autor es explicitar lo que significa “honrar” a los padres y cuál es la recompensa divina que se sigue de ello. La palabra “honrar” en la Biblia significa reconocer la importancia, la autoridad de alguien; y se utiliza en primer lugar para con Dios y luego para con todo lo que entra en su dominio. A la figura paterna y materna se le debe honor, respeto y temor por una relación de analogía o semejanza con Dios. Ellos transmiten la vida, cuya fuente primera es Dios mismo. Incluso más, honrar al padre y a la madre es en cierto modo honrar también a Dios, según lo establece el cuarto mandamiento.

Por esto mismo, quien honra a su padre expía los pecados, encontrará alegría en sus hijos, será escuchado en su oración y tendrá larga vida. Y quien respeta a su madre acumula un tesoro, como nos dice la lectura del Eclesiástico de hoy. Y es también válida la vía descendente, por cuanto “el que teme al Señor honra a su padre y sirve como a sus dueños a quienes le dieron la vida”.

La analogía entre la relación con los padres y con Dios aparece también en el aspecto negativo, por cuanto “quien abandona a su padre es como un blasfemo y el que irrita a su madre es maldecido por el Señor”.

Segunda Lectura (Col 3,12-21):

Este texto forma parte de la sección “parenética” o exhortativa de la carta a los Colosenses. Después de haber desarrollado lo propio del “ser” cristiano, sigue como consecuencia lo propio del “obrar” cristiano. Por tanto, es de resaltar la motivación teológica del obrar de los cristianos que refleja este texto. El primer lugar está la conciencia de ser elegidos por Dios, el Dios santo que invita a la santidad de vida que incluye necesariamente sentimientos y actitudes de benevolencia para con los demás. En segundo lugar el haber sido perdonados por el Señor como motivación para el perdón fraterno. Luego, la recepción del don del amor y de la paz que conlleva vivir en comunión, en unidad. Por último, al ser habitados por la palabra de Cristo, el corazón se llena de sabiduría como para poder practicar la corrección fraterna.

Los últimos versículos de esta perícopa pueden clasificarse dentro de un género literario bien definido llamado ‘código familiar’ o ‘tabla de deberes familiares’. Se trata de un modelo literario en el cual los deberes de los miembros de una familia son enumerados en orden y seguidos de alguna motivación. Aquí se dan indicaciones concretas a cada uno de los miembros del núcleo familiar. A la mujer se le pide respeto-sumisión hacia el marido y al marido que ame a su mujer y no le amargue la vida. Al hijo, obediencia a los padres porque es grato al Señor; y a los padres no exasperar (irritar) a los hijos para que no se desanimen.

Evangelio (Mt 2,13-15.19-23):

En Mt 2,13-15 se nos narra la huída a Egipto de la Sagrada Familia ante la amenaza de muerte por parte de Herodes. El motivo profundo de esta violenta e irracional reacción ante el nacimiento de Jesús es el miedo a perder el poder.

Lo sorprendente es que todo esto ocurre según el plan de Dios consignado en la Escritura, según lo prueba la cita de cumplimiento que aquí es Os 11,1: “De Egipto llamé a mi hijo”. En el profeta este texto se refería al éxodo como gracia salvadora de Yavé-Padre en favor de su pueblo-hijo. Aquí se aplica claramente a Jesús, el Hijo. De este modo Mateo establece un claro paralelo entre el destino del pueblo de Israel y el de Jesús indicando que en la historia de Jesús se repite la historia de Israel, que Jesús comparte la experiencia del éxodo. Al respecto dice U. Luz: “La idea mateana es que la salvación acontece de nuevo. El lector familiarizado con la Biblia siente que la acción de Dios en su Hijo posee un carácter fundamental, conecta con la experiencias básicas de Israel y las realiza de nuevo” [1].

Como bien nos advierte L. H. Rivas[2], la huída a Egipto no tiene nada de romántica. Es una fuga nocturna, dejándolo todo y arriesgándose a los innumerables peligros de viajar en aquellos tiempos. Lo mismo vale de la residencia en Egipto, país extranjero, con otro idioma, otras costumbres y otra religión. Nada de esto tuvo que haberles resultado fácil a la Sagrada Familia. La fe de María y José tiene que haber sido probada en estas circunstancias adversas. Pero no pensaron en sí mismos, sino en la vida de Jesús que tenían que custodiar.

En Mt 2,19-23 se narra que a la muerte de Herodes el ángel del Señor manda a la Sagrada Familia que regrese a Israel. El punto de retorno debería haber sido Belén, en Judea; pero ante un nuevo clima de persecución terminan por establecerse en Nazareth, en Galilea.

La cita de cumplimiento de esta subunidad “será llamado Nazareno” no es identificable con certeza (cf. las opciones en la Biblia de Jerusalén nota a Mt 2,23). Incluso la fórmula de introducción no es la habitual. Lo cierto es que mediante esta referencia Mateo busca dar razón del origen Galileo de Jesús y armonizarlo con el mesianismo davídico vinculado a Belén.

Los desplazamientos de la Sagrada Familia (ida y vuelta de Egipto) coinciden con el itinerario de los patriarcas Abraham y Jacob. De este modo se presenta a Jesús reviviendo las migraciones del pueblo de Israel en su historia.

Nos encontramos con una familia perseguida por un tirano. José y María son plenamente obedientes a la Palabra de Dios. Herodes planea el mal, quiere matar a Jesús, pero Dios como Señor de la historia se anticipa a los crueles designios del tirano y salva la vida del Niño. La Sagrada Familia se salva por su fidelidad a la Palabra de Dios manifestada por el ángel del Señor.

Desde el punto de vista de la cristología se presenta a Jesús como el nuevo Moisés; aunque superior a Moisés. Y desde el punto de vista eclesiológico es también un anticipo del nuevo Israel. El hijo-Israel se ha convertido en el Hijo Jesús.

“Con la huida a Egipto y su regreso a la tierra prometida, Jesús concede el don del éxodo definitivo. Él es verdaderamente el Hijo. Él no se irá para alejarse del Padre. Vuelve a casa y lleva a casa. Él está siempre en camino hacia Dios y con eso conduce del destierro al hogar, a lo que es esencial y propio. Jesús, el verdadero Hijo, ha ido él mismo al «exilio» en un sentido muy profundo para traernos a todos desde la alienación hasta casa”[3].

Algunas reflexiones:          

La Fiesta de la Sagrada Familia se celebra siempre el domingo siguiente a la Navidad y es como una prolongación de este misterio. Con su Encarnación Dios ha santificado al hombre, lo ha redimido. Pero no al hombre considerado individualmente, sino al hombre con sus vínculos más profundos y vitales. Y aquí es donde entra, con pleno derecho, la realidad de la familia, que es iluminada por la Luz de la Fe de modo prioritario, tal como nos dice el Papa Francisco en Lumen Fidei nº 52: “El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia. Pienso sobre todo en el matrimonio, como unión estable de un hombre y una mujer: nace de su amor, signo y presencia del amor de Dios, del reconocimiento y la aceptación de la bondad de la diferenciación sexual, que permite a los cónyuges unirse en una sola carne (cf. Gn 2,24) y ser capaces de engendrar una vida nueva, manifestación de la bondad del Creador, de su sabiduría y de su designio de amor. Fundados en este amor, hombre y mujer pueden prometerse amor mutuo con un gesto que compromete toda la vida y que recuerda tantos rasgos de la fe. Prometer un amor para siempre es posible cuando se descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada. La fe, además, ayuda a captar en toda su profundidad y riqueza la generación de los hijos, porque hace reconocer en ella el amor creador que nos da y nos confía el misterio de una nueva persona. En este sentido, Sara llegó a ser madre por la fe, contando con la fidelidad de Dios a sus promesas (cf. Hb 11,11). ”

Es que “la salvación de la humanidad consiste en la redención de la intimidad de los hombres con Dios, de los hombres entre sí, y del varón y la mujer”[4].

Jesús nació, creció y vivió con su familia; y por ello la llamamos la Sagrada Familia. Y desde ella podemos iluminar la vida de todas las familias.

En los tiempos que vivimos todo lo que se diga en favor de la familia parecerá poco. Sirva de ejemplo los numerosos documentos que sobre este tema han surgido tanto de los Papas como de los dicasterios romanos en los últimos tiempos. Incluso mucho tuvo que ver la situación actual de la familia en la renovación de esta fiesta litúrgica, tal como nos lo recuerda A. Nocent[5].

La familia atraviesa una crisis tanto en los aspectos culturales como legales. Hay que reconocer esta crisis, como claramente hace el Papa Francisco en E G nº 66: “La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros y donde los padres transmiten la fe a sus hijos. El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno. Pero el aporte indispensable del matrimonio a la sociedad supera el nivel de la emotividad y el de las necesidades circunstanciales de la pareja. Como enseñan los Obispos franceses, no procede «del sentimiento amoroso, efímero por definición, sino de la profundidad del compromiso asumido por los esposos que aceptan entrar en una unión de vida total»”.

Pero tal vez sea mejor, tras las huellas de la Sagrada Familia, presentar el ideal del matrimonio y la familia cristiana. Es lo que nos sugiere el mismo Papa Francisco para las homilías: “Otra característica es el lenguaje positivo. No dice tanto lo que no hay que hacer sino que propone lo que podemos hacer mejor. En todo caso, si indica algo negativo, siempre intenta mostrar también un valor positivo que atraiga, para no quedarse en la queja, el lamento, la crítica o el remordimiento. Además, una predicación positiva siempre da esperanza, orienta hacia el futuro, no nos deja encerrados en la negatividad” (EG nº 159).

Es lo que nos propone también el P. Cantalamessa[6]: “Sabemos bien que éste es el ideal y que, como en todas las cosas, la realidad es con frecuencia bastante diferente, más humilde y más compleja, a veces incluso trágica. Pero estamos tan bombardeados de casos de fracasos que a lo mejor, por una vez, no está mal volver a proponer el ideal de la pareja, primero en el plano sencillamente natural y humano, y después en el cristiano. ¡Ay de llegar a avergonzarse de los ideales en nombre de un malentendido realismo! El final de una sociedad, en este caso, estaría marcado. Los jóvenes tienen derecho a que se les transmitan, por parte de los mayores, ideales, y no sólo escepticismo y cinismo. Nada tiene la fuerza de atracción que posee el ideal”.

Por eso es bueno y necesario fijar la mirada en la Sagrada Familia de Nazaret y aprender las muchas lecciones que allí se nos brindan para la vida familiar. Y para esto escuchemos una parte de  la homilía que Benedicto XVI pronunció en Nazaret: “Como dijo el Papa Pablo VI todos necesitamos volver a Nazaret para contemplar siempre de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de toda vida familiar cristiana. Aquí, tras el ejemplo de María, José y Jesús, podemos apreciar aún más la santidad de la familia que, en el plan de Dios, se basa en la fidelidad para toda la vida de un hombre y una mujer, consagrada por el pacto conyugal y abierta al don de Dios de nuevas vidas. ¡Cuánta necesidad tienen los hombres y mujeres de nuestro tiempo de volver a apropiarse de esta verdad fundamental, que constituye la base de la sociedad y qué importante es el testimonio de parejas casadas para la formación de conciencias maduras y la construcción de la civilización del amor! En la primera lectura de hoy, tomada del libro del Eclesiástico (3, 3-7.14-17), la palabra de Dios presenta a la familia como la primera escuela de la sabiduría, una escuela que educa a los propios miembros en la práctica de esas virtudes que conducen a la felicidad auténtica y duradera. En el plan de Dios para la familia, el amor del marido y la mujer produce el fruto de nuevas vidas, y encuentra su expresión cotidiana en los esfuerzos amorosos de los padres para asegurar una formación integral humana y espiritual para sus hijos. En la familia cada persona, ya sea el niño más pequeño o el familiar más anciano, es valorada por lo que es en sí misma, y no es vista meramente como un medio para otros fines. El apóstol Pablo, escribiendo a los Colosenses, habla instintivamente de la familia cuando busca ilustrar las virtudes que edifican “el único cuerpo” que es la Iglesia. Como “elegidos de Dios, santos y amados”, estamos llamados a vivir en armonía y en paz los unos con los otros, mostrando sobre todo magnanimidad y perdón, con el amor como el vínculo más grande de perfección (Cf. Colosenses 3, 12-14). En la alianza conyugal, el amor del hombre y de la mujer es elevado por la gracia hasta convertirse en participación y expresión del amor de Cristo y de la Iglesia (Cf. Efesios 5, 32), de modo que la familia, fundada sobre el amor, esta llamada a ser una “iglesia doméstica”, un lugar de fe, de oración y de preocupación amorosa por el verdadero y duradero bien de cada uno de sus miembros.

También, teniendo en cuenta que el tiempo litúrgico de Navidad insiste fuertemente en el hecho de la manifestación visible de Dios y de su amor por los hombres, bien podríamos recordar el carácter revelador o epifánico del matrimonio. Al respecto decía Juan Pablo II: “El hombre se ha convertido en ‘imagen y semejanza’ de Dios, no sólo a través de la propia humanidad, sino también a través de la comunión de las personas que el varón y la mujer forman desde el principio. Se convierten en imagen de Dios, no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comunión” (Catequesis, 14-XI-1979).

Vale decir que cuando la familia vive en un clima de amor, está revelando a Dios. En la familia se capta o percibe lo que es el amor y cómo el amor es lo que da sentido a la vida. Esta experiencia fundante del amor humano es una escalera necesaria para elevarse a la comprensión de Dios, que es Amor. Podría reflexionarse desde el lado negativo: si no se experimenta el amor en la familia, queda truncado – si bien no absolutamente – un camino privilegiado para la fe, para creer en Dios que es Amor. ¿No estará a la base de tanto descreimiento contemporáneo esta falta de experiencia fundante del amor en familia?

Terminemos con algo breve y muy práctico que les propuso el Papa Francisco en su Discurso a las familias del mundo con ocasión de su peregrinación a Roma en el Año de la Fe:

“Hace unas semanas dije en esta plaza que para sacar adelante una familia es necesario usar tres palabras. Quisiera repetirlo. Tres palabras: permiso, gracias, perdón. ¡Tres palabras clave! Pedimos permiso para ser respetuosos en la familia. “¿Puedo hacer esto? ¿Te gustaría que hiciese eso?”. Con el lenguaje de pedir permiso. ¡Digamos gracias, gracias por el amor! Pero dime, ¿cuántas veces al día dices gracias a tu mujer, y tú a tu marido? ¡Cuántos días pasan sin pronunciar esta palabra: Gracias! Y la última: perdón: Todos nos equivocamos y a veces alguno se ofende en la familia y en el matrimonio, y algunas veces –digo yo- vuelan los platos, se dicen palabras fuertes, pero escuchen este consejo: no acaben la jornada sin hacer las paces. ¡La paz se renueva cada día en la familia! “¡Perdóname!”. Y así se empieza de nuevo. Permiso, gracias, perdón. ¿Lo decimos juntos? (Responden: Sí). ¡Permiso, gracias, perdón! Usemos estas tres palabras en la familia. ¡Perdonarse cada día!”

Oración a la Sagrada Familia

Sagrada Familia de Nazaret, comunión de amor de Jesús, María y José, modelo e ideal de toda familia cristiana, a ti confiamos nuestras familias.

Haz de cada familia un santuario en el que se acoja y se respete la vida: una comunidad de amor abierta a la fe y a la esperanza, un hogar en el que reinen la comprensión, la solidaridad; y en el que se viva la alegría de la reconciliación y de la paz.

Concédenos que todas nuestras familias tengan una vivienda digna en la que nunca falten el pan suficiente y lo necesario para una vida verdaderamente humana.

Abre el corazón de nuestros hogares a la oración, a la acogida de la Palabra de Dios y al testimonio cristiano; que cada una de nuestras familias sea una auténtica Iglesia doméstica en la que se viva y se anuncie el Evangelio de Jesucristo.

Amén


[1] El evangelio según San Mateo, 179.

[2] Jesús habla a su pueblo. Ciclo A (CEA; Buenos Aires 2001) 70-71.

[3] J. Ratzinger, La infancia de Jesús (Planeta; Buenos Aires 2012) 110.

[4] Comisión Episcopal de Laicos y Familia, Aportes para la Pastoral familiar de la Iglesia en la Argentina (CEA; Buenos Aires 2009) nº 62.

[5] “Indudablemente, los tiempos actuales han tenido mucho que ver con la insistencia del Papa Juan XXIII en la renovación de esta fiesta, que engloba a tres personas cuya vida en común sería de desear fuese un ejemplo eficaz para las familias de hoy día. Porque cada uno de los miembros de esta familia vivió para Dios y para el otro, en la sencillez y el heroísmo, siempre sin brillo, con sinceridad”, en “Celebrar a Jesucristo II. Navidad y Epifanía (Sal Térrea; Santander 1979) 66-67.

[6] R. Cantalamessa, Echad las redes. Reflexiones sobre los evangelios. Ciclo A (EDICEP; Valencia 2003) 58-59.

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