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Meditación con el Evangelio del Domingo

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p align=centerSÉPTIMO DOMINGO DURANTE EL AÑO CICLO A/p
p align=centerPbro. Damián Nannini/p
p align=centerLa exigencia de la estricta justicia, en el mejor de los casos, podrá conseguir que el agredido reciba una compensación, pero no restablecerá la paz con el agresor. La enseñanza de Jesús abandona el camino del reclamo de la reparación, para proponer algo más perfecto: el restablecimiento de la paz. El discípulo de Jesús, cuando es agredido, debe buscar la forma de transformar la agresión en una ocasión para hacer el bien.a href=http://www.parroquiaasuncion.org/wp-content/uploads/2014/02/sermon-del-monte1.jpgimg class=aligncenter size-full wp-image-398 alt=sermon-del-monte1 src=http://www.parroquiaasuncion.org/wp-content/uploads/2014/02/sermon-del-monte1.jpg width=700 height=352 //a/p
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Primera lectura (Lev 19,1-2.17-18)

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El libro del Éxodo terminaba señalando la presencia de Dios en medio de Israel, su pueblo santo. Esta nueva realidad requiere una reorganización de toda la vida del pueblo en función de las fundamentales exigencias de pureza y santidad. Esta es la finalidad primaria del libro del Levítico que viene a continuar lo narrado en el Éxodo. De aquí se derivan las exigencias jurídicas y cultuales que presenta este libro, en particular en los capítulos 17-26 que contienen la Ley o Código de Santidad. Este nombre deriva del fundamento teológico que se da a todas estas prescripciones en 19,2: “Habla en estos términos a toda la comunidad de Israel: Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” (19,2); “Santifíquense y sean santos, porque yo, el Señor, soy su Dios” (20,7); “Yo soy el Señor, que los santifico” (20,8; 22,16); los sacerdotes “deben ser santos” (21,7).

El capítulo 19 contiene varias normas de índole más bien social, en particular la del amor al prójimo y la del rechazo de la venganza que leemos hoy. Ahora bien, la insistencia en la primacía de la santidad de Dios indica que para el Levítico iel verdadero fundamento del amor al prójimo es el amor de Dios/i. No lo dice tan explícitamente como Jesús en el NT (cf. Mc 12,28-31) pero es claro que la presencia del Dios Santo en medio del pueblo es la que motiva el trato fraterno entre sus miembros. O sea que este mandamiento del amor al prójimo se extiende y entiende exclusivamente en relación a los miembros del pueblo, los compatriotas, pues el prójimo es aquí fundamentalmente el israelita. A la pregunta ¿Quién es mi prójimo?, se responde con toda claridad y sencillez: el que es de mi mismo pueblo y tiene mi misma religióna title= href=#_ftn1[1]/a.

Ahora bien, aunque lamentablemente no lo leemos hoy, en Lev 19,33-34 se habla de los deberes del israelita para con el extranjero que reside en el pueblo, y aquí el Señor manda amarlo como a uno mismo. Aunque no se trata todavía de un amor universal, es importante señalar que el amor al hombre trasciende ya aquí un poco las fronteras étnicas y religiosas.

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Segunda lectura (1Cor 3,16-23)

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San Pablo, cerrando su argumentación, afirma que la comunidad cristiana es iun templo habitado por el Espíritu Santo/i y, por tanto, es algo sagrado, de Dios, y por tanto quien lo dañe no quedará sin castigo. Luego en los vv. 18-20 retoma claramente la contraposición entre la sabiduría humana y la divina ya expuesta en 1,20-25 a modo de advertencia para los corintios que no deben dejarse engañar. En los vv. 21-22 tenemos una inversión gramatical que refleja una inversión teológica en relación a 1,12. En efecto, los corintios se consideraban como pertenecientes a un apóstol (iYo soy de…/i), y se igloriaban en él/i generando divisiones. Pablo los corrige diciéndoles que en verdad los apóstoles les pertenecen a ellos, están en función de ellos. Explicita la idea contenida en las comparaciones de 3,6-17: los apóstoles no están en un lugar o grado más alto sino que según la lógica de la Cruz ocupan el puesto más bajo. El v. 23 termina magistralmente la argumentación mostrando la unidad teleológica (en el fin) de todo y de todos: “ivosotros de Cristo y Cristo de Dios/i”.

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Evangelio (Mt 5, 38-48)

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El evangelio continúa con la presentación de las antítesis o superaciones que leímos el domingo pasado. Recordemos que son seis antítesis o superaciones presentadas en dos grupos de tres (5,21-32 y 5,33-47) y que hemos visto ya las cuatro primeras. La iquinta antítesis/i (Mt 5,38-42) remite a una expresión, posiblemente con carácter proverbial, contenida en Ex 21,22-25: Si, en el curso de una riña, alguien golpea a una mujer encinta, provocándole el aborto, pero sin causarle otros daños, el culpable deberá indemnizar con lo que le pida el marido de la mujer y determinen los jueces. Pero si se produjeran otros daños, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, contusión por contusión. Esta norma, como sus equivalentes en el código de Hammurabi (1800 a.C.) y en la tradición jurídica romana (ilex talionis/i), tenían como intención limitar la venganza para que la reparación sea proporcional al daño recibido. En contraposición Jesús prohíbe la venganza y pide como norma general no oponerse al malvado: no hagan frente al que les hace mal (5,39).

Luego (5,39b-42) pone cuatro ejemplos que van todavía más lejos pues invitan a tener una disposición positiva frente al malvado. U. Luza title= href=#_ftn2[2]/a nos aporta algunos datos de la época que pueden iluminar estos textos. En primer lugar que la bofetada era una expresión de odio y el que la recibía experimentaba más bien una humillación que un dolor. El segundo caso hace referencia a un proceso judicial de embargo y la capa o manto era de más valor que la túnica. Se invitaría entonces a evitar todo proceso judicial y a cumplir con creces la propia deuda. El tercer ejemplo haría referencia a la exigencia de una prestación impuesta u obligada de acompañar en un viaje llevando una carga pesada. De hecho el verbo iaggareú/iió/i lo encontramos de nuevo sólo en Mt 27,32 cuando se iobliga/i a Simón de Cirene a llevar la cruz con Jesús. Entonces lo que Jesús pide es hacer otro tanto de modo voluntario a favor del que impuso la obligación. El cuarto ejemplo, dar al que pide prestado, se lo considera más genérico y sin la carga de violencia presente en los tres anteriores, pero la actitud de corazón es la misma: prestarle, no rechazarlo, hacerle el bien aún a riesgo de que no devuelva.

En síntesis estos ejemplos, que expresan en un lenguaje simbólico la enseñanza de Jesús, indican una orientación general del obrar cristiano más que unas conductas determinadas. Y esta actitud fundamental sería la opuesta a la venganza: ien vez de devolver el mal recibido o de negarse a una demanda injusta, convertir la violencia del otro en una oportunidad para hacer el bien al agresor o demandante; darle una nueva oportunidad, darle lo que nos pide y más aún/i.

Como bien dice Sánchez Navarro: Jesús no pide una resistencia pasiva sino una colaboración  activa con el malvado. Esta paradójica exigencia, que en términos de justicia social sería un contrasentido, manifiesta que la exhortación se mueve en clave de perfección personal, de virtud; su fundamento último será explicitado en la siguiente antítesis. La renuncia a los propios derechos que estos ejemplos ilustran tiene un alcance cordial, no legal. Jesús pide al discípulo que en las situaciones concretas de injusticia elija libremente los comportamientos ensalzados en las Bienaventuranzasa title= href=#_ftn3[3]/a.

También está muy bien lo que dice L. H. Rivasa title= href=#_ftn4[4]/a: La exigencia de la estricta justicia, en el mejor de los casos, podrá conseguir que el agredido reciba una compensación, pero no restablecerá la paz con el agresor. La enseñanza de Jesús abandona el camino del reclamo de la reparación, para proponer algo más perfecto: el restablecimiento de la paz. El discípulo de Jesús, cuando es agredido, debe buscar la forma de transformar la agresión en una ocasión para hacer el bien. Las ilustraciones propuestas (poner la otra mejilla, abandonar la capa, caminar el doble de lo exigido), no son modelos para ser reproducidos tal cual siempre que se presente la oportunidad, sino orientaciones que el discípulo debe recordar siempre, para saber cuál es la actitud con la que debe reaccionar cada vez que es víctima de una agresión o de una injusticia.

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La isexta antítesis/i (5,43-48), al igual que las anteriores, comienza con la referencia al mandamiento dado a los antepasados. La primera parte es una cita textual pero abreviada de Lv 19,18: Amarás a tu prójimo. La segunda no pertenece como tal al Antiguo Testamento pues en ningún lugar del mismo se manda explícitamente odiar a los enemigos. Sí encontramos algunos textos en el Deuteronomio que mandan el rechazo o anatema de los paganos (cf. 7,2; 20,16; 23,4.7; 30,7). En este contexto se pudo haber llegado a interpretar el mandato de amar al prójimo en sentido restrictivo – sólo al israelita – y prolongarlo con el rechazo u odio al extranjero o pagano. Así, según nos informa L. H. Rivasa title= href=#_ftn5[5]/a, en la regla de la comunidad de Qumrán se manda odiar a todos los hijos de las tinieblas; y Flavio Josefo atestigua que los esenios se comprometían a odiar a los impíos.

La enseñanza de Jesús se contrapone justamente a esta segunda parte pues manda amar a los enemigos y rogar por los perseguidores (5,44). Notemos que se habla aquí, a diferencia del mandato antiguo, en plural (los enemigos, los perseguidores), indicando una mayor amplitud del precepto nuevo. Puede que los perseguidores se presenten aquí como una concreción de la categoría de enemigos. Y si recordamos que los perseguidores ya aparecieron en la última bienaventuranza (cf. Mt 5,10-11) como aquellos que insultan, persiguen y calumnias a los cristianos por practicar la justicia (esto es la voluntad de Dios manifestada por Jesús) y por causa de Jesús, entonces la concreción es mayor: ison los enemigos de Cristo y de los cristianos./i

A diferencia de las anteriores antítesis, aquí se da una motivación clara para obrar de este modo, para amar a los enemigos: illegar a ser hijos del Padre celestial, o sea la imitación de Dios que ama a todos, que ama siempre (/i5,45). En efecto, Jesús enseña mediante imágenes que el Padre Dios no hace distinción entre buenos y malos, entre justos e injustos al regalarles el sol y la lluvia, y de este modo manifiesta su amor por todos los hombres. Como en la penúltima bienaventuranza se decía que serán llamados hijos de Dios los que trabajan por la paz, los pacificadores (5,9); podemos deducir que la finalidad de este amor a los enemigos es la pacificación, la vivencia pacífica entre todos los hombres, siendo el Padre celestial quien lo quiere y obra en primer lugar, y a quien hay que imitar. Notemos entonces que la motivación y el fundamento de este amor universal no se encuentran en la igualdad de la naturaleza humana, como sostenían algunos autores griegos, sino en el obrar de Dios. En otras palabras, ila fraternidad universal sólo puede fundamentarse en la Paternidad universal de Dios/i.

Los versículos siguientes (5,46-47) buscan enseñar lo que implica de nuevo y sobrenatural la justicia superior (5,20) que pide Jesús. Así, el cristiano no puede limitarse a amar sólo a los lo aman pues esto es natural, lo hacen todos, incluso los publicanos. Y lo mismo vale para el saludo como expresión del amor, pues el saludar a los que nos saludan lo hacen todos, incluso los paganos. Notemos que en el primer caso se hace referencia a la recompensa del Padre, como quedará más explicito en la siguiente sección (Mt 6,1-6-16-18). En el segundo a la necesidad de un obrar abundante o superior (iperisson/i) que remite al inicio de la sección cuando Jesús se refería a la necesidad de una justicia superior (iperisseuse/i) a la de los escribas y fariseos para entrar en el Reino de Dios. Así, en ambos casos hay alusión a la retribución escatológica por parte de Dios como motivación y consecuencia del obrar del cristiano.

También es interesante lo que señala L. H. Rivasa title= href=#_ftn6[6]/a: En este texto de Mt 5,46-47 no se habla despectivamente de los cobradores de impuestos y de los paganos como en las fuentes judías, sino que se los presenta como personas capaces de hacer cosas naturalmente buenas. A los discípulos de Jesús se les exige algo más.

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El versículo 5,48 cierra el capítulo dedicado a la interpretación cristiana de la segunda tabla del decálogo y constituye un resumen que engloba, da sentido último a todas las antinomias antes expuestas y es su clave de lectura junto con Mt 5,20. Por ello, para entenderlas bien, debemos tener en cuenta la imagen de Dios que aparece en este capítulo pues el Padre es presentado como modelo supremo de perfección.

Ahora bien, la perfección de Dios que debemos imitar no puede ser su omnipotencia, omnipresencia, infinitud y eternidad porque es absolutamente imposible al hombre en cuanto ser creado aspirar a esta perfección. Además en el Antiguo Testamento nunca se habla de la perfección de Dios aplicándole el término itéleiós/i, por tanto esta es una novedad del evangelista Mateo (Lucas habla de imitar la imisericordia/i del Padre, cf. Lc 6,36). Entonces el término perfecto (itéleiós/i) ise refiere al obrar de Dios y no a su naturaleza, e indica un obrar íntegro, completo, perfecto/i. Más concretamente se refiere al amor de Dios que es íntegro, completo, no excluye a nadie. Ésta es la perfección divina que debe imitar el discípulo de Cristo: amar a los hombres, incluso a los enemigos, como los ama el Padrea title= href=#_ftn7[7]/a. Ahora bien, esto también es imposible al hombre en cuanto criatura pues su capacidad de amar es humana y por tanto limitada, a lo que podemos sumar la herida del pecado original que lo repliega sobre sí mismo de forma egoísta. La única salida es no olvidar que el Reino de Dios es un don que se recibe, y aplicado a esta antítesis se trata de recibir el amor perfecto del Padre para poder vivirlo en la relación con los demás. En este sentido compartimos la opinión de W. Marchela title= href=#_ftn8[8]/a: la perfección no consiste, como en la ética griega, en el grado supremo de bondad moral, sino en creer que Dios puede perfeccionar lo que por parte del hombre queda siempre deficiente. Por esto, mirada desde Dios, la perfección dice una relación especial al nombre de Padre. Es la voluntad salvífica de Dios aceptar al hombre, compadecerse de él, reconocerlo como hijo; y solamente de este modo es posible la perfección.

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Algunas reflexiones:

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En las dos últimas antítesis Jesús pide explícitamente la renuncia a la venganza y el amor a los enemigos (5,38-47). Y el discípulo debe obrar así porque así obra el Padre, y obrando así el discípulo revela al Padre comportándose como su hijo. En efecto, así como el Padre en su bondad hace partícipes a todos los hombres, sin distinción entre buenos y malos, de los dones de la creación, como el sol y la lluvia; así el discípulo de Jesús debe manifestar una bondad semejante para con todos los hombres, amigos y enemigos.

La idea que subyace y que motiva el obrar del discípulo es la bondad de Dios Padre que no cambia por la maldad de los hombres. La perfección divina que se nos presenta como modelo consiste en permanecer siempre dueño de sí mismo sin dejarse vencer por el mal. Entonces lo que exige Jesús en el Sermón de la montaña es justamente no dejarse intimidar por el mal e incluso tomar la iniciativa en el bien. San Pablo ha expresado esta exigencia ética exclusivamente cristiana de modo admirable: No devuelvan a nadie mal por mal. Procuren hacer el bien delante de todos los hombres. En cuanto dependa de ustedes, traten de vivir en paz con todos. Queridos míos, no hagan justicia por sus propias manos, antes bien, den lugar a la ira de Dios. Porque está escrito: Yo castigaré. Yo daré la retribución, dice el Señor. Y en otra parte está escrito: Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Haciendo esto, amontonarás carbones encendidos sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien (Rom 12,17-21).

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Al igual que el domingo pasado, la pregunta que surge espontáneamente a todo el que toma en serio el Sermón del Monte es: i¿es posible vivirlo y cómo hacerlo?/i

A la hora de responder a esta pregunta es preciso evitar dos errores de interpretación de estos textos y que la historia del cristianismo nos muestra que no se han evitado siempre. El primero de los mismos es pensar que estas exigencias son sólo para algunos elegidos, no para todos los cristianos. Esta postura se ha sido denominada ética de dos niveles y según la misma los diez mandamientos obligan a todos (primer nivel) mientras que el Sermón el Monte es sólo para los han elegido el camino de la perfección, normalmente en la vida religiosa o consagrada (segundo nivel). Por ejemplo, para algunos sostenedores de esta postura, la renuncia a todo tipo de violencia es exigida sólo a los religiosos, no al resto de los cristianos.

El segundo error es una lectura fundamentalista o literalista de estas exigencias, sin matices ni consideraciones, y suponiendo que son posibles de vivir con la sola fuerza de la voluntad humana.

El camino de salida, como vimos el domingo pasado, está en mantener el valor de exigencia de estas normas para todos los cristianos; pero reconociendo con Sto. Tomás de Aquino y toda la tradición católica que “lo principal en la Ley del Nuevo Testamento y en lo que está toda su virtud es la gracia del Espíritu Santo, que se da por la fe en Cristo” (ST I-II, q. 106, a. 1). En otras palabras, se nos pide amar a los demás como los ama Dios. Esto sólo es posible si recibimos de Dios Padre el don de su Amor, el Amor-Don que es el Espíritu Santo. En efecto, el Espíritu es esa potencia interior que armoniza su corazón con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado(DEA nº 19).

En fin, como decía San Agustín: La Ley ha sido dada para que se implore la gracia; la gracia ha sido dada para que se observe la ley.

A esto debemos sumarle que una correcta interpretación del género literario de estos textos sabe descubrir que se apunta más bien a una iactitud/i que a iacciones/i concretas. En efecto, son ejemplos y de género hiperbólico, por lo cual ilo más importante es la actitud o disposición de ánimo que se nos invita a tener ante situaciones de violencia o persecución/i. Y en cada caso el Espíritu Santo, más el discernimiento del sentido común, nos dirán qué hacer en concreto. En esto comparto la interpretación de San Agustín, seguida por Sto. Tomás de Aquino, para quienes el precepto de no resistir al que nos hace el mal se refiere a la disposición interior del alma. Sus palabras son: “aquellas cosas que acerca del verdadero amor de los enemigos y otras semejantes dice el Señor (Mt 6 y Lc 6), si se refieren a la preparación del ánimo, son de necesidad para la salvación; como el que el hombre esté preparado a hacer el bien a sus enemigos, y otras obras análogas, cuando la necesidad lo requiera. Y por esto se cuentan entre los preceptos. Pero que alguno ponga esto por obra prontamente con sus enemigos, sin haber para ello una necesidad especial, pertenece a los consejos particulares, como se ha dicho” (I-II, q. 108, a.4).

Otra aclaración necesaria es que el amor reside fundamentalmente en la voluntad, que lleva a la acción, no en el sentimiento o los afectos. Esto es capital por cuanto nuestras reacciones afectivas primarias por lo general no irán en la línea de lo exigido por Jesús. Espontáneamente sentiré el impulso a defenderme del agresor o del que me pide algo injustamente, a devolverle el mal que me hizo, a no amar al enemigo ni rogar por el perseguidor; a amar sólo a los que me aman y a saludar a los que me saludan. Ahora bien, en un segundo momento y como una segunda reacción  utilizando ya mi inteligencia iluminada por la fe y mi voluntad fortalecida por la caridad, podré obrar como pide Jesús en el evangelio, en el Sermón del monte.

Sobre este evangelio decía el Papa Francisco en su homilía del 18 de Junio de 2013: Jesús nos dice que debemos amar a los enemigos ¿Cómo se puede amar a aquellos que toman la decisión de bombardear y asesinar a tantas personas? ¿Cómo se puede amar a aquellos que por amor al dinero no dejan que las medicinas lleguen a los ancianos y los dejan morir? ¿O a aquellos que sólo buscan el propio interés, el propio poder y hacen tanto mal? Jesús nos dice dos cosas: primero, mirar al Padre. Nuestro Padre es Dios: hace salir el sol sobre malos y buenos; hace llover sobre justos e injustos. Su amor es para todos. Y Jesús concluye con este consejo: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”. Por lo tanto, la indicación de Jesús consiste en imitar al Padre en la perfección del amor. Él perdona a sus enemigos. Hace todo por perdonarles. Pensemos en la ternura con la que Jesús recibe a Judas en el huerto de los Olivos, cuando entre los discípulos se pensaba en la venganza. Jesús nos pide amar a los enemigos. ¿Cómo se puede hacer? Jesús nos dice: rezad, rezad por vuestros enemigos, para perdonar a nuestros enemigos, es fundamental rezar por ellos, pedir al Señor que les cambie el corazón. La oración hace milagros; y esto vale no sólo cuando tenemos enemigos; sino también cuando percibimos alguna antipatía, alguna pequeña enemistad. Cuando uno reza por aquello que nos hace sufrir es como que el Señor viene con el aceite y prepara nuestros corazones a la paz”.
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a title= href=#_ftnref1[1]/a J. Ratzinger, iLa fraternidad de los cristianos/i (Sígueme; Salamanca 2005) 27.

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a title= href=#_ftnref2[2]/a iEl evangelio según San Mateo. /iiVol. I/i (Sígueme; Salamanca 1993) 409-410.414.

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a title= href=#_ftnref3[3]/a iLa Enseñanza de la Montaña. Comentario contextual a Mateo 5-7/i(Verbo Divino; Estella 2005) 87.

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a title= href=#_ftnref4[4]/a El pacifismo del sermón de la montaña (Mt 5,39-40 y 44-48; Lc 6,27-38), iRevista Bíblica /i64/1-2 (2002) 18.

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a title= href=#_ftnref5[5]/a El pacifismo del sermón de la montaña (Mt 5,39-40 y 44-48; Lc 6,27-38), iRevista Bíblica /i64/1-2 (2002) 21.

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a title= href=#_ftnref6[6]/a El pacifismo del sermón de la montaña (Mt 5,39-40 y 44-48; Lc 6,27-38), iRevista Bíblica /i64/1-2 (2002) 28.

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a title= href=#_ftnref7[7]/a Cf. L. H. Rivas, El pacifismo del sermón de la montaña (Mt 5,39-40 y 44-48; Lc 6,27-38), iRevista Bíblica /i64/1-2 (2002) 31.

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a title= href=#_ftnref8[8]/a iAbba Padre. El Mensaje del Padre en el Nuevo Testamento/i (Barcelona 1967)

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