Domingo 21 Durante el Año – Ciclo B (26/8)

1. «Escoged hoy a quién queréis servir».

En la primera lectura se narra cómo Josué, en la gran asamblea de Siquén, pone a todo el pueblo ante la elección de decidirse seria y definitivamente a servir al Señor o no. Habla de otros dioses a los que se podría también servir, pero él y su casa permanecerán fieles a Yahvé. Josué advierte al pueblo que no tome su decisión a la ligera, añadiendo también que Dios castigará a los apóstatas (de esto ya no se informa en la lectura), pero el pueblo hace caso omiso de tales advertencias: se ha decidido definitivamente por Dios, y esto tendrá consecuencias en la trágica historia de Israel, porque Dios castigará todas las infidelidades del pueblo y El permanecerá siempre fiel a su alianza con Israel. «Los dones y la llamada de Dios son irrevocables» (Rm 11,29). El sí que Israel pronuncia en este momento solemne determina su destino, hasta en los momentos más trágicos de su «ceguera», de su «dureza de corazón», de su diáspora.

2. «¿También vosotros queréis marcharos?».

La decisión ante la que Jesús pone a sus oyentes en el evangelio -incluidos sus discípulos-, a propósito de la promesa de la Eucaristía, es aún más inexorable. Jesús no solamente no retira nada de lo dicho, por lo que a los oyentes les parece «inaceptable» que se les someta a tan dura prueba, sino que confiere aún más peso específico a su declaración cuando se dirige a sus discípulos mediante la predicción de su ascensión al Padre y reivindica para todas sus palabras la cualidad de ser «espíritu y vida», con lo que entre los propios discípulos se establece una línea divisoria que él ya conoce de antemano; aquí se ha decidido ya quién le seguirá en la fe y quién le traicionará. No es posible la neutralidad. En el texto se dice que entonces «muchos discípulos suyos se echaron atrás». Judas no es el único que no cree. Para Jesús no tiene importancia el número, y por eso sitúa especialmente a los doce ante la elección: «¿También vosotros queréis marcharos?». Pedro, en representación de los pocos discípulos que permanecen fieles, pronuncia la palabra del creyente, declarando que Jesús es el «Santo consagrado por Dios». La fe le ha llevado al conocimiento, y el conocimiento ha hecho posible una fe ciega, que es la que se exige en esta decisión.

3. «Como Cristo amó a su Iglesia».

El gran pasaje (segunda lectura) de la carta a los Efesios sobre la unión del hombre y la mujer como imagen de Cristo y su Iglesia, tiene importancia en este contexto en la medida en que en la Eucaristía prometida la entrega de Jesús a su Iglesia, por la cual ésta se convierte en «Esposa sin mancha», es una entrega irrevocable (y en esto el modelo de la entrega conyugal del hombre). Y se comprende que esta entrega eucarística haya podido, más allá de la inconstancia de la Sinagoga, hacer de la Iglesia la «Immaculata», pero también que de la Iglesia como mujer se exija «respeto a Cristo» y «sumisión». Porque con la Eucaristía la Iglesia se convierte en el verdadero «cuerpo de Cristo», y los creyentes en los miembros de su cuerpo. Tal es el cumplimiento final de la promesa del Dios que elige, de aquella promesa que se selló en Siquén y se consuma en la Eucaristía del Hijo.

HANS URS von BALTHASAR
LUZ DE LA PALABRA
Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 187 ss.


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